Los cantos de Maldoror – Conde de Lautréamont

10 de marzo de 2008 por Sr. Molina  

Los cantos de Maldoror - Conde de LautréamontLos sentimientos que despierta una obra tan extraña como es “Los cantos de Maldoror” son complejos y contradictorios. La dificultad del texto, metafórico en extremo y de una personalidad en ocasiones opaca, cuando no de una impenetrabilidad absoluta, hace que su lectura se torne a ratos una verdadera ordalía; en otros momentos, la pujante pasión que su autor supo imprimir en cada una de sus frases vence cualquier objeción e inunda al lector con ferocidad.
Quizá pueda parecer muy poético todo lo dicho, pero “Los cantos de Maldoror” provocan sensaciones líricas, de resonancia casi épicas. La prosa de Lautréamont es exquisita, cargada de imágenes sugerentes y decadentistas, labrada cada palabra como si de un poema en verso se tratase: tal es la importancia del lenguaje que el autor quiso reflejar en estos seis cantos. Esa belleza venenosa y maligna se personifica en el Maldoror del título, una creación fantástica y onírica, depositaria de toda la crueldad del ser humano y de toda su bondad: narrador a veces, personaje otras, siempre protagonista de las escenas que su descabellado creador teje para ilustrar el absurdo de la existencia humana.
Como decía, hay partes del texto sumamente oscuras: la desbordante imaginación de Lautréamont, que muchas veces se confunde con una locura muy perspicaz, traza metáforas e imágenes cuya correspondencia real o imaginaria es muy difícil (si no imposible) de rastrear. Esa incógnita puede malograr la lectura si se pierde la paciencia, pues es lógico que uno busque agarraderos a los que asirse durante su viaje por el libro; sin embargo, y como ocurre en algunas otras obras, la fuerza que recorre todas las páginas de “Los cantos de Maldoror” sobrepuja cualquier desfallecimiento, encierra al lector en una red de asociaciones visuales, oníricas y sensuales, lo seduce con sus ritmos y fraseos (ejemplar, por cierto, la traducción de Manuel Serrat Crespo) y se erige como motor de una invención narrativa hipnótica como pocas.
La figura de ese Maldoror cruel y tímido, asesino de ángeles y vírgenes, pero también misericordioso con el sufrimiento, es una creación hermosa, delirante y grotesca, suma de todos los vicios y virtudes de la especie a la que dice pertenecer. Más allá de las interpretaciones cifradas que Lautréamont ideó, ese protagonista se revela como un nuevo dios, un demiurgo que insufla vida no a hombres, sino a emociones, a pecados, a secretos, a deseos, a vergüenzas… Todo lo censurable del ser humano, todo lo que ocultamos a los demás y a nosotros mismos, sale a la luz gracias a Maldoror, que en ocasiones lo encarna y en ocasiones lo delata. Revelador es lo que le susurra a un pequeño ratero con el que se cruza:

Los medios virtuosos y bonachones no llevan a parte alguna. Hay que poner en obra palancas más enérgicas y más sabias tramas. […] las victorias no se hacen solas. Es preciso derramar sangre, mucha sangre, para engendrarlas y depositarlas a los pies de los conquistadores. Sin los cadáveres y los dispersos miembros que ves en la llanura, donde prudentemente ha tenido lugar la carnicería, no habría guerra y, sin guerra, no habría victoria.

Todas las faltas humanas asoman en estos cantos, aunque maquilladas con decadente belleza por la prosa sin parangón del autor; quizá con un prurito provocador, es cierto, contemporáneo como era de Baudelaire y conocedor del proceso al que había sido sometido. No obstante, la maligna hermosura de los cantos no le resta fuerza de seducción al conjunto, que, oscilando entre la perversidad, la compasión y la sátira, da cuenta de las bajezas del hombre con una poesía embriagadora por su crueldad. Ya digo que, aun cuando haya pasajes completos de una oscuridad casi total, la suma de las partes compensa con creces la dificultad de leer un texto surgido de una mente perturbada, sí, pero lúcida en su comprensión de los defectos de la realidad.
El abismo al que nos lanza la lectura de “Los cantos de Maldoror” está siempre ahí, a nuestra vista, aunque para seguir viviendo como si nada ocurriese prefiramos cerrar los ojos o mirar hacia otro lado, aterrados ante la evidente vesania de nuestra existencia cotidiana. Lautréamont no sólo observó con detenimiento ese lodazal, sino que inventó al señor que lo rige y que se complace en su malignidad. Sin embargo, Maldoror, por aterrador que pueda parecer, no es tan diferente de nosotros como nos gustaría…

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Comentarios

6 comentarios a “Los cantos de Maldoror – Conde de Lautréamont”
  1. el coco dice:

    alguien sabe donde puedo encontrar el libro traducido al español???
    lo agradeceria mucho n.n

  2. beruti dice:

    El poder de Lautreamont reside en intentar con el lenguaje una operación de alquimia. Los surrealistas, que pretendían “cambiar la vida”, vieron en el su mas alto paradigma: el adolecente eterno (bello como el temblor de las manos en el alcoholismo).

  3. Tamara dice:

    Maldoror y su mundo son fascinantes. He leído la misma traducción y me atrapó de principio a fin, aunque algunos pasajes se hacían pesados… a veces no estamos acostumbrados a descripciones tan descarnadas. De todos modos es un escrito apasionante, con imágenes de una fuerza poética incomparable.

  4. mojarro dice:

    He leido varias veces y en varias ediciones este libro sin igual. Recomiendo sin duda la traduccion que tambien Manuel Serrat Crespo realizo en Catedra, o la del poeta Manuel Alvarez Ortega de la Obra Completa. De Los Cantos de Maldoror no sale uno nunca indemne…

  5. Avahal dice:

    Nada me hace más feliz que recomendar ese abismo.
    :)
    A.

  6. Andrés dice:

    hola me me gustan los comentarios de libros, muy buen blog, abrazo

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