La rebelión – Joseph Roth

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La rebelión - Joseph RothEsta novela corta de Joseph Roth me ha parecido tan soberbia que me parece que, en esta ocasión más que nunca, esta reseña no será más que un pobre balbuceo incapaz de transmitir ni por aproximación su excelencia. Vaya por delante la recomendación de su lectura.
«La rebelión» narra con maestría la metamorfosis de un hombre que siempre ha aceptado un destino regido en parte por las reglas que impone la sociedad sin titubeos y hasta con orgullo, hasta convertirse en lo que él mismo denomina como un «infiel»: un ser descreído, un renegado, deseoso de hacer pagar de algún modo la injusticia que se ha cebado en él, pero del todo impotente para hacerlo.

La maravilla de esta pequeña novela reside precisamente en la capacidad de Roth para presentarnos a un hombre honrado, consciente de sus deberes como ciudadano y orgulloso de asumirlos, que despierta brutalmente a la iniquidad de un sistema que él creía perfecto. La rebelión ulterior no es tan impresionante como el doloroso proceso, extraordinariamente narrado, por el cual el protagonista despierta del error en el que ha vivido y que le ha costado todo cuanto poseía.

Andreas Pum se nos presenta como un hombre de bien. Inválido de guerra, sólo obtiene del gobierno que le envió al frente una licencia para tocar el organillo por las calles. A pesar de ello, Andreas está satisfecho: su deber era luchar en la guerra para defender un estado de cosas correcto, en el que cree, y si la compensación es un organillo (él esperaba algo mejor) pronto considera que ése debe ser el justo pago por la pérdida de una pierna, puesto que el gobierno así lo estipula.

El desarrollo de la narración nos demuestra que Andreas tiene una noción difusa del gobierno, al que juzga como un ser superior e infalible que rige con toda justicia las vidas de cuantos están bajo su manto. Con esa idea firmemente asentada en su cabeza, Pum se enfrenta a la vida con optimismo y logra forjarse una vida ordenada, próspera y feliz. Evidentemente, creerá que su fortuna se debe a que, como hombre de bien, una fuerza superior vela por su bienestar y que mientras cumpla respetuosamente con sus obligaciones, nada malo podrá acontecerle.

Aunque el lector juzga a Pum como a un tremendo ingenuo, el personaje logra hacerse entrañable por su bondad, que muestra con la hija de su esposa y con el burro que compra para «ampliar el negocio», o por la inocencia con que admira los dibujos que decoran su organillo. Pum se nos presenta como un hombre sencillo, honrado, trabajador; su único pecado viene a ser la soberbia con la que juzga a cuantos él considera que están fuera de la ley, aquellos que esperan que el estado resuelva sus problemas sin que ellos hagan nada a cambio: los infieles.

Precisamente por el cariño que se toma a Pum nos dolemos con él cuando de manera brutal despierta a la triste realidad del mundo. Un destino aciago hundirá sin culpa a Andreas Pum sirviéndose de un hecho fortuito: la furia de un hombre desconocido (un acaudalado industrial despechado de nombre Arnold) con el que nuestro hombre se cruza y que, a pesar de compartir un mismo punto de vista respecto a muchas cosas, será el instrumento de un sino funesto.

A pesar de la excelente urdimbre del relato un punto parece escaparse: la reacción desmedida de Pum cuando se produce su choque con Arnold. La mansedumbre y bonhomía que el autor nos ha pintado como características del personaje casan mal con su reacción desaforada a las provocaciones de Arnold, puesto que siempre se ha mostrado respetuoso con el orden, aún impuesto por seres de la dudosa catadura de su casero. Pero el narrador nos apunta «Un odio inexplicable violentaba a Andreas. Quizás había dormido en él, bajo una capa de humildad y devoción» y el lector comprende que es perfectamente posible que la callada aceptación ocultase la ira de saberse un infeliz, un ciudadano de segunda categoría al que la pérdida de una pierna a su gobierno sólo le vale una licencia para pedir limosna sirviéndose de un organillo.

La manera en la que el incidente acaecido con Arnold desemboca en el encarcelamiento de Pum genera en el lector la sensación de presenciar la puesta en marcha de una maquinaria (así lo describe Roth) que atrapa implacable a la gente sin recursos, midiéndola con el mismo rasero que emplea para los delincuentes. Y las reflexiones de Andreas Pum mientras está en presidio, su comprensión súbita del error en el que ha vivido durante toda su existencia, la certeza de que todo hubiera sido distinto si perteneciese a la clase de gente que aparece en los ecos de sociedad de los periódicos, logran abrumarnos junto a él.

El final de la narración es tan acertado como el resto. Andreas intenta rebelarse, pero no sabe y no le queda más remedio que conformarse con la idea de que algún día se le dará la oportunidad de resarcirse o, al menos, de explicar el error que se ha cometido con él. Y la vida pasa…

Merece la pena todo en esta novela llevada con inigualable destreza, con personajes construidos de una pieza (tanto Andreas como aquellos que desarrollan alguna acción de importancia en la trama) y con una historia que logra implicar al lector, que pasa de mirar a Andreas Pum como a un pobre infeliz en las primeras páginas, a sentir después con él la impotencia de quien no puede revolverse contra una injusticia y más tarde compasión ante quien ve rota en mil pedazos su vida y, sobre todo, las creencias en las que había asentado esta.

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2 Comentarios

  1. Leer esta obra es la mejor manera de reafirmar la opinión que, desde hace ya algunos años, mantengo sobre su autor: Joseph Roth es uno de los escritores esenciales en la literatura del siglo XX.

    Llegué a él desde la lectura de «La marcha Radetzky». Ese fue mi punto de partida y aún no he parado de fagocitar todo lo publicado sobre su obra y su persona, hasta el extremo de convertirse en uno de los primeros autores de mi pequeña biblioteca; he leído quince de sus libros,(tengo pendiente «Escenas de la vida burguesa»), y una monografía escrita por su amigo Soma Morgenstern, titulada «Huída y fin de Joseph Roth». ¡Se puede adivinar mi opinión sobre «La rebelión»!, me parece un pequeña obra de arte.
    Este libro nos muestra la mejor cara de Roth, su clásica prosa, expresiva, potente, que rehúye de circunloquios y va «derecha al grano», repleta de metáforas y poesía: («Aprendió a conocer la voz de la tiniebla y el canto de los objetos silenciosos, cuyo mutismo empieza a sonar cuando se extinguen los días ruidosos»). Una prosa pulida por sus años de reportero y siempre fiel a una máxima: «Ser capaz de decir siempre cosas interesantes en el menor número de líneas posibles».

    Los personajes de sus obras nos muestran casi siempre a gente sencilla y humilde expuesta a la injusticia divina o a la maldad de los hombres, ante una sociedad indiferente y ajena a sus desgracias. No importa como se llamen los actores, el organillero Andreas Pum en «La rebelión», el comerciante de corales Nissen Piczenik en «El Leviatán», el piadoso Mendel Singer en «Job», siempre se ven irremediablemente aplastados por la losa de un destino arbitrario y cruel.

    Querría apuntar, si la Sra. Castro me lo permite, otra característica del ideario de Roth que se pone de manifiesto en «La rebelión», su marcado rechazo al concepto patriotero de «nacionalidad».

    En la obra reseñada surge de manera casual y hasta extravagante: «Conocía la misteriosa relación existente entre los urinarios y el patriotismo y sabía apreciar los ornamentales afectos de un inválido condecorado en el retrete» o «Si sonaba una que no le era simpática, se le erizaban las plumas, se le henchía el aterciopelado gorrito rojo y empezaba a agitar las alas con tanta furia, que sus coloreadas plumas volaban y la pirámide de pastillas de jabón temblaba ligeramente. Esto ocurría de manera sorprendente al sonar el himno nacional y algunas marchas militares. Parecía que Ignatz era pacifista y antipatriota hasta un extremo delictivo. Andreas se alegraba de ello en silencio». En el micro-relato «El busto del Emperador», la idea estalla de forma brutal: «(De la humanidad a la bestialidad por el camino de la nacionalidad) había dicho el dramaturgo austríaco Grillparzer. Justo por entonces empezó eso de la nacionalidad, la fase previa a esa bestialidad que estamos viviendo ahora».

    No debemos olvidar el tremendo drama personal que supuso para Roth el desmembramiento del Imperio Austro-Húngaro, perdió su repudiado concepto de nacionalidad y vivió durante años con la condición de apátrida. Éste hecho, su origen judío aceptado a medias y su salvaje alcoholismo fueron causas principales de sus sinsabores y de su muerte.

    Créanme, merece la pena aproximarse a la obra de Joseph Roth. El mejor inicio para ello es leer este pequeño pero gran relato titulado “La rebelión”. No es propaganda, no se arrepentirán.

    Un cordial saludo para los seguidores de solodelibros.

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