Después de leer por segunda vez Anna Karénina uno llega a la conclusión de que el calificativo “novela total” queda empequeñecido ante la magnificencia de una obra que llega a tocar tantos y tantos temas desde una perspectiva tan humana. Quedarse en la independencia de la mujer o la valentía de romper con las convenciones sociales sería quedarse muy corto.

Creo, después de este nuevo adentramiento, que Tolstói se preocupó sobre todo por representar la búsqueda de la felicidad: todos los personajes, desde la propia Anna, pasando por el infeliz Nikolái o Stepán, hasta —sobre todo— Konstantín Levin, sólo tratan de encontrar una forma de acomodarse a la vida sin sufrir demasiado. Y en casi todos los casos sus tentativas terminan en fracaso: bien de modo abrupto, como en el caso de la protagonista homónima, bien de manera atemperada, como ocurre con Levin.

Aunque buena parte de la novela se centra en la relación entre la adúltera Anna y el noble Vronski, lo cierto es que el inocente Levin es el personaje que mejor encarna el objetivo del que hablaba. Konstantín duda continuamente de cualquier cosa: de su papel como propietario y administrador de su hacienda, como marido o como humilde ser humano. Sus preguntas y su desesperación son mostradas por Tolstói con crudeza, pero sin severidad: no hay juicios sobre el personaje (sobre ningún personaje, en realidad), ya que el autor se limita a mostrar su flujo de pensamiento sin cortapisas.

En ese sentido, Anna Karénina es una novela realmente moderna, ya que anticipa en buena medida los elementos técnicos que unos años después explotarían los Joyce, Proust, Woolf, etc. Pero en manos del maestro ruso el flujo de conciencia de sus protagonistas cobra un valor ético: las ideas, las dudas, los deseos y los miedos de Levin, de Kitty o de Anna no sólo se describen con minuciosidad con un propósito literario, sino con un marcado interés antropológico. La obra no es tanto una novela de ideas, de tesis, sino una continua profundización en la moral de los personajes, una serie de preguntas que casi nunca tendrán respuesta, pero cuya formulación ya constituye un proceso de autoconocimiento (también para el lector).

De ahí que el final trágico de Anna, por ejemplo, no sea explicado con claridad meridiana. ¿No era bastante el amor de Vronski?; ¿fue demasiado fuerte la presión social?; ¿sintió la heroína que su amante no renunciaba a tanto como ella?; ¿los acontecimientos acaban por vencer su fortaleza? Puede haber distintas interpretaciones, como es lógico, pero lo importante es la cantidad de dudas que se plantean y que pueden conducir a reflexiones harto diversas. El comportamiento humano, parece insinuar Tolstói, no es susceptible de verse reflejado —y limitado— de manera evidente. Las reflexiones de Levin que dan término al libro son una buena muestra de todo ello. Su duda va más allá de sí mismo; ni siquiera está seguro de que su comportamiento bondadoso sea la respuesta a sus preguntas éticas y metafísicas. Sin embargo, intuye que debe seguir dudando para cobrar conciencia plena de sí y actuar como un auténtico ser humano.

Y es que la imposibilidad de alcanzar la certeza, ya sea en forma de felicidad o de armonía, planea sobre toda la novela. No cabe duda de que Tolstói quiere mostrar que la lucha del ser humano por conseguir la estabilidad está perdida de antemano. Aunque… ¿para todos? Curiosamente, los personajes que no tienen ninguna duda acerca de su comportamiento y que terminan tan desenfadados como al comienzo son los más censurables desde el punto de vista moral o bien, por el contrario, los más desgraciados: Stepán, que engaña a su mujer y que se ahoga en deudas para mantener su disoluto tren de vida; Seriozha, el hijo de Anna, cuyo destino parece estar sometido a los caprichos de otras personas y nunca de él mismo; Dolly, abnegada esposa y madre, incapaz de rebelarse o siquiera llegar a pensar en la posibilidad de plantar cara… Sólo en el dolor o en la despreocupación parece encontrarse el equilibrio. Y, sin embargo, los esfuerzos de Levin por comprender su lugar en el mundo o los desvelos de Anna por alcanzar la felicidad se nos antojan mucho más meritorios, a pesar de ser fallidos. Quizá por eso no arriesgue mucho al decir que Anna Karénina nos hace mejores: el libro corrobora nuestra necesidad de cuestionarlo todo, nuestra constante lucha con nosotros mismos por comprender cuál es nuestro sitio, qué hacemos aquí: las certezas son casi siempre cuestionables y fruto de la ceguera, la mentira o la obnubilación, mientras que en la duda nos hacemos más humanos.

No cerraré la reseña sin dedicar un par de líneas a elogiar el espléndido trabajo que Víctor Gallego ha llevado a cabo con la traducción de la novela (con motivo del centenario de la muerte de Tolstói). Aun sin tener conocimientos de ruso, es evidente que su esfuerzo nos sirve una novela brillante, ejemplarmente volcada al castellano y con una prosa serena. Una auténtica joya literaria que nadie debería echar en falta.

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Anna Karénina | Alba | 2010