Si te comes un limón sin hacer muecas - Sergi PàmiesPremisa: Sergi Pàmies es un dios del relato corto. A partir de aquí, si alguien discrepa, que tenga en cuenta que la siguiente reseña será elogiosa en extremo; entre otras cosas, porque “Si te comes un limón sin hacer muecas” es un libro como la copa de un pino.

Que Pàmies es un cuentista de primera división lo sabe cualquiera que guste del género breve y que esté un poco al tanto de lo que se cuece en la literatura española. (Bien es verdad que Pàmies escribe en catalán, que no deja de ser literatura española, pero que juega en división aparte. Y por desgracia, pues en ella se engloban los mejores narradores, hoy por hoy, del país. Pero eso es otro tema…) Recopilaciones de relatos como “La gran novela sobre Barcelona”, o “El último libro de Sergi Pàmies” son capitales para entender el discurrir y la evolución del cuento en nuestras tierras, porque este autor ha sentado —y continúa sentando— cátedra en lo que se refiere al relato y su concepción.

En “Si te comes un limón sin hacer muecas” Pàmies alcanza un grado altísimo de refinamiento y concreción en su estilo. Si es evidente cuando uno lee obras suyas que es un escritor que poda todo lo superfluo, en estas piezas esa característica se hace tan evidente que casi choca: algunos de los relatos apenas ocupan una página, todos hacen gala de una economía estilística enorme y el lenguaje, en general, se ha cuidado hasta la extenuación. No hay más que leer “El pozo”, un sobrecogedor cuento (de apenas unas decenas de líneas) sobre la peligrosidad de la fe, para darse cuenta de que el autor ha rizado el rizo, se ha marcado un triple mortal y ha caído de pie, como si nada.

Lejos de las alharacas a que tanto nos tienen acostumbrados las estrellas de nuestro panorama literario, Pàmies opta por la sencillez, la claridad y la precisión. Unas características muy engañosas, porque pueden inducir al lector a creer que no hay nada más allá de las simples líneas del cuento, que el escritor muestra sus cartas antes de empezar el juego, cuando la realidad es bien distinta. Dice Enrique Vila-Matas en el prólogo del libro que, una vez leído, «te preguntas si Pàmies no te ha traicionado y, al igual que el título, que es más bien largo, el libro esconde en realidad tres mil páginas más». Esa es la clave del libro, lo que lo hace tan bueno, tan interesante: que todo lector que se acerque a él descubre algo (algo personal, algo privado) más allá de su lectura; es una obra que despierta la imaginación y la conciencia.
La imaginación, porque Pàmies es un gran observador, y desmenuza la cotidianeidad de nuestros actos en fragmentos terribles: ahí está ‘Monovolumen’, un relato sobre la envidia y lo absurdas —por aleatorias y carentes de lógica— que son las relaciones entre seres humanos; o ‘Escabeche’, un demoledor retrato de nuestro devenir habitual por la rutina: bastan sus primeras líneas para conmoverse: «Me despierto con unas ganas tremendas de llorar, pero como tengo mucho trabajo decido que ya lloraré más tarde».

Y la conciencia, porque aunque Sergi Pàmies no aborde en todos sus relatos temas sociales, o de actualidad (algo que, en cierta medida, es deseable, ya que se echa en falta el compromiso en la literatura actual), sí que deja ver con nitidez su visión de algunos aspectos de la realidad social que son, cuando menos, cuestionables. Eso ocurre, por ejemplo, en ‘Sangre de nuestra sangre’, que muestra con terrorífica llaneza en lo que ha llegado a convertirse una relación entre padres e hijos. Las consecuencias de un mercado laboral cuyas expectativas terminan por influir incluso en las vidas privadas se muestran en ‘El experimento’, donde el protagonista pierde todo referente al ajustarse a lo que los demás demandan de él. También ‘El viaje’ expone con una claridad muy sutil la ambición casi universal por ser feliz, por dejar atrás los problemas a cualquier precio, aun cuando eso signifique unirse a un canto común que sólo acalla el fragor de nuestra humanidad: tal vez por eso el protagonista termina el relato con estas palabras: «Me habría gustado decirles que, del mismo modo que habría resultado injusto avergonzarse de la tristeza y del pánico que sentíamos en la ida, tampoco deberíamos enorgullecernos del entusiasmo y la confianza de ahora. Y ha sido entonces cuando me he agarrado a un pensamiento que me ha reconfortado: si sentirse mejor significa canta así, quizá prefiero seguir como hasta ahora».

Junto a estas piezas más reales conviven un par de relatos muy líricos, cargados de una belleza triste que encierran, no obstante, mucha verdad (y, casi por ende, mucho dolor): ‘El pozo’, ya citado arriba, que en sus apenas treinta líneas forma un mazazo contra la asunción de la realidad sin hacerse preguntas. ‘Como dos gotas de agua’, o cómo escribir una vida en el trayecto que va desde la boca del grifo hasta el frío metal del desagüe. Y, por último, una pequeña mención a ‘Ficción’, que no podría calificar de ninguna manera, o que tendría que calificar de demasiadas, porque es un ejercicio metaliterario tan divertido como irónico, que muestra la vertiente más juguetona de Pàmies y que revela una consideración sobre la mezcla de ficción y realidad en la narrativa.

Podría seguir hablando de estos cuentos durante mucho más espacio, porque dan tanto de sí como uno quiera; o más bien debiera decir «pueda», ya que las lecturas de todos ellos son infinitas (también lo dice Vila-Matas en el prólogo) y de seguro se me escapan muchas interpretaciones válidas y sugerentes. Lo único que me atrevo a afirmar con rotundidad es que Pàmies es un escritor buenísimo, al que merece mucho la pena leer y que consigue transformar el acto de lectura tanto en un placer como en una reflexión; lo cual, pienso, no es poco.