Corazones cicatrizados - Max BlecherCon esta novela Max Blecher puso de manifiesto las radicales pero sutiles diferencias que existen entre el mundo del enfermo y del sano: diferencias que están presentes en las relaciones de unos con otros, pero que pueden pasar desapercibidas ante la actitud que la sociedad moderna toma ante la enfermedad y sus secuelas. Pero Corazones cicatrizados es también un canto a la vida (aunque sea un cliché manoseado), un texto que invita a la reflexión acerca del papel que juega la salud en nuestra forma de ver el mundo.

El libro cuenta la historia de Emanuel, un joven al que le diagnostican una extraña afección en la espalda (mal de Pott, o tuberculosis de la columna vertebral) que le obliga a ingresar en un sanatorio de reposo en la costa francesa, en Berck, cerca del canal de la Mancha. Allí conocerá a otros pacientes con similares dolencias y entablará amistad con algunos de ellos. En sí, la trama es vaporosa y se centra más bien en mostrar los pequeños cambios que la personalidad del protagonista va sufriendo a medida que pasa tiempo en el centro; unos cambios de los que apenas es consciente él mismo, pero que marcan su relación con otros internos y que le provocan una mudanza en su forma de ver la vida.

Blecher juega con la relación entre lo onírico y lo real a la hora de mostrar la forma de encarar la enfermedad. Emanuel se pregunta varias veces si puede estar soñando, si lo que le acontece no es más que una figuración («Lo que discurriera en adelante sólo podría ser inconsistente, falto de vigor, como en un mundo construido de trapo y algodón.»). Su comparación, de hecho, no sólo llega hasta ahí; cuando descubre que deberá permanecer tumbado en una camilla (aunque podrá desplazarse en unos ingeniosos carricoches) y aprisionado por un corsé de yeso, el protagonista advierte que su situación es similar a la de un cadáver. La rigidez de la escayola, su posición horizontal y la actitud de aquellos con los que trata (enfermeros, doctores, visitantes) hacen que se encuentre en un estado muy particular, más cercano a la muerte que a la vida: «Emanuel notó que una parte de su vida, libre y esencial, había desaparecido de él, quizá para siempre. En su lugar, se había instalado una amargura tranquila y dolorosa, como una nueva luz interior llena de tristezas.»

Esa amargura que siente el protagonista es agridulce: por una parte, las relaciones que surgen de su estancia en Berck le proporcionan amistad y amor, una suerte de libertad dentro del corsé físico y también del metafórico; por otro lado, sin embargo, Emanuel sabe que es imposible “escapar” del sanatorio. Los enfermos aceptan su nueva condición con una resignada alegría, y de hecho muchos regresan al centro aunque se hayan curado o puedan llevar una vida más normal, como en el caso de la señora Wandeska o de Solange, la fugaz amante del protagonista. La enfermedad se convierte así no en un estado transitorio, sino en una manera de relacionarse, de comprender y de ser; el sanatorio de Berck no es un simple lugar de paso y curación, sino un microcosmos en el que tienen cabida multitud de tipos humanos, desde el apocado Emanuel hasta el vitalista Ernest, pasando por el desesperanzado Zeta o el valiente Quitonce.

Todos ellos, empero, comparten una pasión por la vida insólita y desemesurada. Sus dolencias les hacen mirarlo todo con una mirada inquieta y pura, y el paso por Berck (con las relaciones que entablan allí) acentúa esa condición de “visionarios”; incluso los más desesperados se aferran con ansiedad a las pequeñas alegrías que les depara su estancia: los paseos en carricoche, las pequeñas fiestas privadas del sanatorio, la llegada de la primavera… Sólo Emanuel intentará huir de esa pasión, que cree fugaz y simulada, alquilando una habitación fuera del centro: así es como buscará alejarse de su enfermedad, aunque el tiempo constatará, como él mismo sospechaba, que Berck devora a sus habitantes y todos terminan por volver de un modo u otro. Su corazón cicatrizado merced a las desgracias le torna un ser desapasionado e insensible, que podrá buscar la recuperación de su cuerpo, pero tal vez no la de su alma.

Corazones cicatrizados es una novela de bella factura y de lectura conmovedora. Blecher no hace concesiones sentimentales, pero todos los personajes que pueblan ese sanatorio consiguen hacerse, al final de la lectura, tan cercanos como cualquier ser humano de carne y hueso. La fidelidad y precisión con la que el autor muestra los estados de ánimo, los deseos y los sueños de todos ellos hacen de esta novela una experiencia deliciosa y enriquecedora. Un libro que constituye una de esas pequeñas obras maestras que pasarán desapercibidas, por desgracia, para un mayoría de lectores desatentos.

Corazones cicatrizados | Pre-Textos | 2009