El retrato de Dorian Gray – Oscar Wilde
25 de diciembre de 2006 por Sr. Molina
¿Qué decir de una obra incomparable como “El retrato de Dorian Gray”? ¿Qué decir de su también incomparable autor? A estas alturas, una y otro son inseparables: cuando se cita “El retrato”, forzosamente hay que detenerse a decir unas palabras sobre Wilde y el personaje que fue. Veremos qué puede hacerse.
Se esgrime siempre en contra de esta única novela de Oscar Wilde el hecho de que la pulsión epigramática del inglés fuera demasiado fuerte como para obviarla y construir una narración normal; y no me refiero a la concepción clásica de novela de finales del siglo XIX, que el dublinés respetó hasta cierto punto, sino a su afán por el dicho ingenioso, la frase lapidaria y el comentario afilado. Todo ello, claro está, le funcionó a la perfección en su producción teatral, que basa su éxito (el de entonces y el actual; vean si no sus adaptaciones cinematográficas) en unos diálogos frescos, agudos, repletos de ‘duelos’ verbales entre oponentes a cual más perspicaz e irónico. Esta metodología —por denominarla de alguna manera, aunque más bien sería la propia forma de ser de Wilde—, como decía, ha sido el blanco de muchas de las críticas lanzadas contra “El retrato de Dorian Gray”, a la que se acusa de ser una novela sólo en apariencia, puesto que buena parte de la narración se sustenta gracias a esos diálogos, esas réplicas y esas agudezas oratorias.
Negar este punto es vano. En efecto, Wilde basó esta novela en la relación entre tres personajes, de los cuales uno es una creación a la altura de sus mejores logros teatrales: Lord Henry Wotton. La historia está por entero supeditada a los diálogos que entablan los protagonistas entre sí, pues son el verdadero motor de la acción y los desencadenantes de los sucesos trágicos que culminarán con la muerte de Dorian. En realidad, la trama de suspense y asesinato que debería ser el eje de la novela no es más que una anécdota, un guiño al lector victoriano que sabía leer entre líneas, pues la fantástica peripecia del joven Gray es una excusa para que Wilde hable sobre muchas cosas.
Y ése es el auténtico motivo que hace de este libro una obra maravillosa. Al igual que hay que ver “Rayuela” como un divertimento y no como una novela (pues se basa en la sucesión de escenas), hay que enfrentarse con “El retrato…” como si de una pieza pseudo-teatral se tratase. Intentar cuadrar un experimento como éste en un género es restarle valor y, sobre todo, privarle placer a su lectura. Que Wilde no era un escritor genial, puede ser; sin embargo, supo manejar las herramientas a su alcance (lo dicho: su facilidad para el epigrama, su talento para el diálogo) para crear una novela fantástica, repleta de escenas adorables y con personajes que, si bien pueden resultar un tanto planos, son memorables por sus actuaciones y discursos.
Además, no es baladí el que un libro de la condición de “El retrato…” soporte el paso del tiempo sin menoscabo de su genialidad. Y es que Wilde, pese a su pasión por el ingenio y la frase punzante, era un agudo observador del alma humana, y muchas de sus afirmaciones a lo largo de la novela llegan al lector tan frescas como debieron parecer en su época (aunque menos malévolas, pudiera ser). El tratar de adscribir esta obra en un movimiento tan fatuo y fugaz como fue el esteticismo de finales del XIX sólo cierra las puertas a su libre interpretación, que puede ser mucho más intensa. La motivación puramente hedonista de Dorian para llevar a cabo sus acciones es evidente, pero el libro tiene más intensidad —entre líneas— si se advierte que la pasión del protagonista es la misma vida, no sólo la belleza que encierra. El movimiento esteticista al que se sumó el escritor fue importante para reivindicar la importancia del arte en tanto arte, su papel ‘educador’ para las personas; sin embargo, el mismo Wilde otorgaba más importancia a las personas que al arte, lo cual es palmariamente claro en cuanto uno se acerca a su obra.
De ahí que “El retrato de Dorian Gray” sea (entre otras cosas) un apasionado canto a la vida, un alegato a favor de la libertad y de la autorrealización; también, mostrando un lado menos amable, una exposición de la vanidad y los funestos efectos que puede llegar a tener sobre el alma humana. Y en último extremo, echando mano de uno de los puntos de ese esteticismo al que estaba ligado el escritor, la novela es una defensa de lo excepcional, de lo diferente frente a lo vulgar, a lo acomodado. Quizá hoy por hoy ése sea el motivo más importante para tenerla en cuenta. Wilde, como lord Henry (que es más protagonista, si cabe, que el mismo Dorian Gary), se enfrentó a una sociedad que enjuiciaba —y condenaba— la diferencia con severidad; el hecho de no atenerse a la norma, a distanciarse del pensamiento único, era considerado un delito social muy grave. Y a estas alturas sigue siendo un peligro ‘ir a la contra’, pensar de modo distinto, interpretar la realidad sin atenerse a dictado alguno.
Oscar Wilde plasmó ese enfrentamiento de forma sutil y divertida en sus obras, incluida “El retrato de Dorian Gray”. Tal vez habría que leerlo de nuevo para encontrar ciertas verdades que se ocultan bajo muchas capas de crítica. Y reflexionar.
Más de Oscar Wilde:

El retrato de Dorian Gray es uno de los mejores libros q he leido en mi vida
y en mi opinion dice cosas demasiado ciertas
MUY.PERO,MUY
BUENO…
Hace dos años viajé a París y pude estar delante de su tumba. Estaba recubierta debesos y yo estampé el mío también.
Me abracé a su tumba y estuve contemplándola un buena rato.