Vida del ahorcado – Pablo Palacio

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Vida del ahorcado es una novela breve que forma parte de la escasa producción literaria del ecuatoriano Pablo Palacio, un escritor adelantado a su tiempo, cuya narrativa se salió de la norma de su época y fue denostada en consecuencia. Frente al costumbrismo indígena, corriente literaria predominante, sus textos vanguardistas, en los que retrata la soledad del individuo frente a la masa, no fueron comprendidos por sus coetáneos.

Publicada en 1932, Vida del ahorcado está formada por lo que parecen textos desordenados, sin una relación aparente entre sí, pero que, insensiblemente, van tejiendo la historia de Andrés Farinango: su enamoramiento y matrimonio con la joven Ana, el deterioro de su relación y el posterior asesinato del hijo de ambos.

Andrés, extraño y extrañado narrador de la historia, describe a retazos un mundo que se ajusta al ritmo marcado por el orden establecido. Sin embargo, las narraciones de Andrés nos demuestran que ese orden, aceptado por puro convencionalismo, no tiene más sentido que cualquier otro que pudiera haberse aceptado. En el universo reina el caos, y el barniz de normalidad y equilibro que parece gobernar a las sociedades humanas no es, en el fondo, sino otro aspecto del desorden primigenio en el que el ser humano tiene que vivir. Las narraciones de Andrés ponen de manifiesto la arbitrariedad de lo que consideramos normal, bueno u honesto.

Como una de esas arbitrariedades se esbozan las perturbaciones producidas por el matrimonio, una institución santificada por la sociedad y que sin embargo es una máquina de deshacer vidas. La individualidad, la libertad, el gobierno de la propia persona se disuelve en el insano vínculo del matrimonio, ejemplo perfecto de ese falso orden con el que camuflamos el caos. Mientras públicamente se encomian las bondades de la felicidad doméstica, en lo recóndito del pensamiento se desea la aniquilación de quien nos roba a nosotros mismos.

No, no pases por encima de mi. No me toques. ¿Qué derecho tienes para tocarme? Mi piel es mía. Somos extraños el uno al otro y de repente estás tú aquí, atisbándome, violando mi intimidad, turbándome.
Tus ojos los tengo en todas partes. Sobre mis espaldas, sobre mis manos, sobre mis cabellos, en mi pensamiento. ¿Qué quieres aquí? Ya sabes todo lo mío; conoces mis calzoncillos, Ana.
[…] Sí, yo te amo, Ana. Yo te amo entrañablemente; pero no encuentro comodidad en este cubo; es muy estrecho de mi lado y muy ancho del otro, y también es demasiado ancho de mi lado y demasiado estrecho del otro, y está sucio, oscuro, podrido.
¡PO-DRII-DOO!

Así, Andrés mata a su hijo recién nacido para concederle una gracia: librarle de la vida en un mundo incomprensible, absurdo, violento. Andrés trata de explicarle el mundo de los hombres a su pequeño, pero se sabe incapaz y opta por evitarle el sufrimiento de vivir hipócritamente en un mundo que, mediante arbitrariedades, trata de disfrazar la conveniencia de unos pocos en la ley que rige las vidas de la mayoría.

Pero Andrés pagará caro su acto de insumisión. La mayoría, bien enseñada, pondrá en marcha los mecanismos que deben preservar su continuidad. Ante un crimen que la escandaliza, que no comprende, que achaca a la maldad de un hombre y no a la perversidad de la sociedad, se permite a sí misma infringir sus propias leyes (las mismas que un sólo individuo jamas debe desobedecer), para darle el castigo que merece por el desacato patente del orden establecido.

Pero Andrés ya estaba muerto antes de que la turba clamase por su ajusticiamiento. Y tal vez todo no haya sido más que el sueño de un ahorcado, de quien se excluye a sí mismo de vivir el sueño de los demás.

3 Comentarios

  1. Yo descubrí a Pablo Palacio por casualidad. Encontré un volumen de sus obras completas en una librería de segunda mano. Un vistazo rápido me bastó para ver que allí no había lo que, como comentas, era de esperar. Fue todo un descubrimiento para mí. Mi instinto de primeras páginas no me falló en esta ocasión.

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