Las crónicas de Cranford – Elizabeth Gaskell
3 de septiembre de 2010 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Las crónicas de Cranford recoge, además de “Cranford” —la colección de historias que da título al volumen—, “Confesiones del señor Harrison” y “Milady Ludlow”; todos ellos son escritos caracterizados por el común denominador de ser colecciones de relatos sobre una localidad o una persona, narrados a modo de crónicas por un narrador que va desgranando acontecimientos que conoció de primera mano en el pasado. Así, mientras “Confesiones del señor Harrison” narra las vicisitudes de un joven médico recién llegado a un pueblo, ”Cranford” recoge las pequeñas aventuras de un grupo de damas; y “Milady Ludlow” da cuenta de la vida de una generosa aristócrata muy apegada a las tradiciones de su clase.
En general, estos conjuntos narrativos se centran en describir la vida de personas de cierta posición en un ambiente rural. Ese ambiente puede resultar un tanto opresivo, como en el caso del señor Harrison, o bien cálidamente familiar, como en “Cranford”, pero es fácil distinguir en él rasgos comunes. Esos rasgos, que definen la tranquila monotonía de la vida en el campo, a pesar de no aparecer especialmente subrayados en el transcurso de las narraciones, son la clave de unos textos que en su día reflejaron un estilo de vida que poco a poco empezaba a cambiar.
Esos cambios sutiles, que se infiltran poco a poco incluso entre los más reacios, quedan patentes precisamente en “Milady Ludlow”, quizá la historia más acabada de las tres que reúne el volumen, y desde luego la más entrañable. La anciana lady Ludlow es una mujer generosa y justa, pero terriblemente chapada a la antigua, respetuosa con las tradiciones y orgullosa de su abolengo. Pero su inamovible visión del mundo se irá modificando con el transcurso de los acontecimientos; precisamente porque su sentido de la justicia la obligará a aceptar aquellos cambios que su código de honor reprueba.
Y es ese cambio gradual que recoge la narración lo que la hace especialmente atractiva. La narradora, Margaret Dawson, quien fuera una joven sin fortuna que milady acogió en su casa, se limitará a rememorar, ya anciana, varias historias que acontecieron mientras fue pupila de la dama. Al consignar los hechos, la señorita Dawson no osa juzgar el comportamiento de lady Ludlow —en parte como reconocimiento a su autoridad, en parte por gratitud hacia una dama adornada de numerosas virtudes—, pero la mera evocación de los acontecimientos deja patente el cambio que poco a poco se opera. Un cambio paulatino y sutil, que consigue que el lector se encariñe con la anciana, a la que ve humanizarse ante sí. Rara vez se encuentra un personaje trabajado con tan conmovedora atención.
Las crónicas de Cranford adolece sin embargo del defecto de una traducción poco cuidadosa, que afea la lectura con un mal castellano, a veces bastante farragoso, y que empeora al avanzar hacia el final del libro. Salvando ese defecto, siempre es agradable dejarse seducir por la mirada sagaz de Elizabeth Gaskell.
Más de Elizabeth Gaskell:
Emma – Jane Austen
23 de julio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Las novelas de Jane Austen son deliciosamente modernas, aunque sus planteamientos y escenarios se anclen en ese universo tan particular que es la Inglaterra aristocrática de comienzos del siglo XIX. Es cierto que en toda su obra aparece un elemento moral que, por otro lado, es casi imposible de evitar en la narrativa decimonónica; pero en sus textos encontramos unos personajes que, pese a cierta planitud, están repletos de cualidades muy contemporáneas: afán de superación, vanidad y un anhelo por comprenderse mejor a sí mismos. Las heroínas de Austen se casan con el hombre correcto, pero consiguen conocerse en el proceso de lograrlo y, de paso, conocer el mundo y la sociedad que les rodea.
Emma encarna estas premisas de manera palmaria. Su protagonista homónima es una joven inteligente y mesurada, pero con una alocada imaginación y una autosuficiencia presuntuosa: acostumbrada a reinar en la casa paterna, donde su progenitor delega en ella cualquier decisión, hace extensible a sus conocidos su “capacidad” de organización y trata de llevar sus vidas por los cauces que ella considera convenientes. Sólo un antiguo amigo de la familia, el señor Knightley, se opone a sus caprichos y trata de imbuir algo de sentido común en el inocente, aunque veleidoso, carácter de la muchacha. Al final todos los personajes alcanzarán, de un modo más o menos feliz, sus propósitos; en concreto, Emma aprenderá que su conducta es injusta e irreflexiva y que su ciega presunción podría causar desgracias irreparables. (Desgracias desde un punto de vista social, claro está. No olvidemos que el universo de las novelas de Jane Austen es reducido e intimista.)
Mientras que en algunas de sus otras novelas los protagonistas sólo se preocupan de su vida amorosa, en Emma se introducen algunos matices que la convierten en una obra más contemporánea. Aunque la protagonista se emplea a fondo en tejer lazos matrimoniales que se desvelan imposibles, o en definir comportamientos que resultan ser equivocados, lo cierto es que existe una progresión más o menos acusada de su personalidad; por supuesto, no se le pueden pedir peras al olmo y el peso del determinismo realista hace que los personajes no se salgan demasiado del patrón moralizante que Austen reconocía trazar en sus textos. Con todo y con eso, Emma sufre tropiezos dentro de su envidiable y tibia existencia que le abren los ojos a la posibilidad de que no todo sea como ella cree, de que hay un mundo que no está sujeto a sus designios y a su ambición egoísta. La joven pasa por un proceso de aprendizaje (inocente, tal vez, pero importante para ella) que le permite evolucionar, haciendo así que el desenlace de la novela no sea tan sólo una consumación sentimental, sino un logro personal.
Por eso Emma sea quizá uno de los libros más “transgresores” de una Jane Austen que siempre fue fiel a la concepción de una literatura que sermoneaba y pontificaba lo que está fuera de lugar en una sociedad rígida y encorsetada. La joven protagonista va un poco más allá de los amoríos, desencuentros y pasiones elementales para ofrecernos una imagen algo más madura: su comportamiento no deja de ser infantil en muchas ocasiones, pero la vemos evolucionar de manera evidente. Además, no podemos olvidar que el humor siempre está presente en las novela de esta autora, y sus personajes son a menudo caricaturas o arquetipos. La señorita Bates, por ejemplo, o Harriet Smith son caracteres bastante planos, pero su construcción irónica y, a veces, malintencionada, hace que su talla como entes de ficción sea mucho mayor de lo que cabría esperar.
En pocas palabras: Emma es una novela divertida, con un punto de irreverencia muy apreciable y de un desarrollo modélico. No gustará a quien repudie la literatura decimonónica, pero para todos los demás constituirá un placer y a buen seguro disfrutarán de las peripecias de la ingenua protagonista.
Más de Jane Austen:
Marianela – Benito Pérez Galdós
12 de julio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Marianela es una novela quizá menor dentro de la —enorme— producción de Benito Pérez Galdós, si bien se encuentran en ella algunas de las características que hacen de su autor el verdadero genio que fue. En este libro se cuenta la historia de Nela, una huérfana de baja extracción que sirve de lazarillo a Pablo Penáguilas, un joven acomodado que habita en un pequeño pueblo minero del norte de España. La relación entre ellos es más que estrecha, pero la llegada del doctor Golfín, especialista en oftalmología que es requerido por el padre del muchacho para operarle la vista, pondrá fin al estrecho lazo que une a ambos jóvenes. Al hilo de este argumento se podría afirmar que Marianela es una novela casi sentimental; y lo cierto es que, en cierto modo, así es: Galdós narra una historia de amor desgraciado con notables escenas de pasión truncada y de emociones a flor de piel.
Aunque no hay que perder de vista el hecho de que la relación entre la desdichada Nela y el señorito Pablo está cargada de ternura, sí, pero también de una profunda visión del alma humana y del entorno social. No es baladí el hecho de que el escritor ambiente su obra en un territorio rural, dominado por la presencia de las minas y de los ricos terratenientes agricultores: el naturalismo narrativo se hace presente con las descripciones de las duras condiciones de vida de esa zona y, sobre todo, de las innumerables desigualdades sociales que se dan. Las minas son mostradas como una fuente de podredumbre, un trabajo casi bestial que convierte a los pobladores en remedos de animales, bestias de carga que se enfrentan a la todopoderosa Naturaleza. La contraposición entre la carencia de oportunidades de desarrollo del campo (encarnadas en el joven Celipín Centeno, deseoso de marcharse a Madrid para labrarse un futuro mejor) y las posibilidades que ofrece la ciudad es otra constante en el libro; la educación como tabla de salvación para la vida (Pablo intenta formar a Nela; el doctor Golfín pasa de la pobreza al éxito gracias a su esfuerzo como estudiante de medicina…) es un motivo recurrente y Galdós le otorga una importancia fundamental.
Pero no se limita a mostrar al lector las duras condiciones de vida de sus personajes, ya que va más allá de las estrecheces que impone el naturalismo como forma narrativa. Nela es fruto de ciertas circunstancias, es cierto (y así se explicita en el libro al comentar sus humildes orígenes y los trágicos destinos de sus padres), pero su albedrío está más allá de toda duda y no es la Naturaleza la que guía sus pasos, sino su propio carácter. El peso de la jerarquía social es tremendo, desde luego, y el final de la muchacha tiene mucho que ver con ello: la fealdad que se le atribuye durante toda la novela, más allá de lo físico (y que podría ser consecuencia de sus desgraciadas condiciones de existencia), es sobre todo una fealdad “social”; Nela no es hermosa porque no posee nada, porque no es rica y no tiene nada material que ofrecer. Florentina, la prima de Pablo y a la cual su padre elige como esposa ideal para el joven, no sólo es bella como mujer, sino que representa la plenitud de la riqueza, el potencial de la comodidad para suscitar fascinación. Marianela la identifica al principio con la Virgen por su apariencia y después por sus palabras, aunque Galdós se encarga sutilmente de mostrar la vanidad insulsa de su comportamiento. De hecho, todos los que de un modo u otro tratan de favorecer a la huérfana son dibujados como caricaturas: personas que se preocupan más por la repercusión social de sus actos que por el bienestar de la muchacha. Sólo Teodoro Golfín, el médico que devuelve la vista a Pablo, se apenará en conciencia por la pequeña y la tratará como a un ser humano.
Marianela es una novelita deliciosa y delicada, con muchos de los elementos del mejor Galdós y también, por qué no decirlo, con alguna carencia, como el pobre desarrollo de algunos de los personajes, quizá debido al intento del autor por tocar demasiados palos. Con todo, es un libro excelente y, como todos los del genio canario, un verdadero placer para el paladar literario.
Más de Benito Pérez Gadós:
Eugene Pickering – Henry James
5 de julio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Eugene Pickering es un relato corto que Henry James publicó en 1874 en la revista Atlantic Monthly y que incluyó más tarde en la primera de sus recopilaciones de historias breves. Como en casi todas sus primeras obras (aunque son motivos recurrentes en toda su literatura) el relato se sitúa en un marco extranjero —Alemania— y muestra las diferencias casi antagónicas entre norteamericanos y europeos, si bien muy matizadas y, en algunas ocasiones, caricaturizadas.
El protagonista que da nombre al cuento es un joven inteligente y apocado que ha vivido toda su vida bajo la severa vigilancia de su padre, que le ha educado para convertirse en un perfecto caballero y ha evitado que se sumerja en el “gran mundo” para evitar que se contamine de vicios o ideas malsanas. Su control llega hasta el punto de concertar el matrimonio del muchacho con la hija de un comerciante amigo suyo, por lo que, a la muerte de su progenitor, Eugene se ve obligado a mantener ese acuerdo y viajar hasta Esmirna, lugar de residencia de la chica. En Homburgo, donde se detiene unas semanas antes de arribar a su destino, se reencuentra con el narrador del relato, un antiguo amigo de la infancia que asiste al desarrollo de esta peculiar historia. Eugene se ve seducido por los encantos de una viuda excéntrica, la señora Blumenthal, y empieza a considerar la posibilidad de contradecir los deseos de su difunto padre para contraer matrimonio con ella, pero, como en casi todas las obras de James, nada es lo que parece y la trama se complicará hasta una resolución con cierta sorpresa.
Fiel a su estilo, el autor construye una historia donde lo que importa es el carácter de los personajes y su forma de actuar: de hecho, y como es habitual en otros de sus textos, el narrador que James utiliza no es demasiado confiable y proporciona su personal punto de vista. Así, Eugene se dibuja como un hombre culto e inteligente, pero bobalicón e inocente, lo cual (al menos a ojos del narrador) constituye un peligro para su educación social. Los cambios que irá sufriendo a lo largo de la narración, pasando de la inopia casi pueril («Estoy lleno de impulsos», afirma cuando se encuentra con el narrador, «pero, no sé por qué, no estoy lleno de fuerza.») hasta la comprensión cabal de su entorno y de la sociedad en la que se desenvuelve, harán que su entidad como personaje aumente hasta dotarle de complejidad. Eugene será el ejemplo de que el universo social en el que se mueven los protagonistas del texto es tan estricto como voraz, inclemente con aquellos que se convierten en depredadores.
La libertad que ansía Pickering es necesaria (al menos para hacerle madurar), pero también ilusoria, ya que en realidad no le permite apartarse de los caminos que otros marcan para él, ya sea su padre o la señora Blumenthal; la posibilidad de actuar sin constricciones es —parece insinuar James— casi imposible, ya que de un modo u otro estamos obligados a claudicar antes normas, imposiciones, costumbres o tópicos. La ironía del asunto, como ocurre en muchas obras del autor, es que Eugene cree alcanzar una sabiduría especial, aunque no deja de ser una marioneta dentro de ese inmenso teatro que es la sociedad: el hecho de contemplar su peripecia a través de los ojos del sagaz narrador hace que nos demos cuenta de los dobleces de toda la situación, ya que su ironía nos permite entender lo que se oculta tras la apacible apariencia de normalidad.
Eugene Pickering no deja de ser una obra menor dentro de la producción de Henry James; un relato en el que se prefiguran varias características que más adelante explotará con maestría (la visión sesgada, el narrador poco confiable, los escenarios cosmopolitas…), pero que aquí se perfilan con inseguridad y poca maña. Con todo y con eso, el texto es delicioso a ratos y la historia no deja de ser interesante: James es un maestro de la prosa y eso es algo que enaltece cualquiera de sus obras. La cuidada edición de Contraseña hace el resto. Un pequeño placer.
Más de Henry James:
- Cuatro encuentros
- La figura de la alfombra
- El mentiroso
- Los papeles de Aspern
- Retrato de una dama
- Washington Square
El fauno de mármol – Nathaniel Hawthorne
14 de junio de 2010 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Nathaniel Hawthorne será siempre recordado por la que es sin duda su obra cumbre, La letra escarlata; con todo, escribió otros muchos textos de interés diverso que no siempre han estado disponibles en castellano. El fauno de mármol fue escrito después de un periodo muy prolongado, de casi diez años, en el que su autor estuvo viajando como diplomático por Europa; puede que esto no tenga una importancia capital en el desarrollo del texto, pero lo cierto es que la novela empieza con un planteamiento muy sugerente que, poco a poco, queda en nada.
La historia se inicia con la presentación de cuatro personajes que pululan por una Roma magníficamente construida: Miriam, Hilda y Kenyon son artistas extranjeros, mientras que el cuarto, Donatello, es un noble italiano que se enamora de la primera y se convierte en habitual del grupo. La intriga se pone en marcha cuando Miriam, durante una visita a unas catacumbas, tropieza con un misterioso personaje que parece conocerla muy bien y frente al cual pierde toda su compostura; el terror que le causa no pasa desapercibido para sus amigos, en especial para Donatello, que adoptará una decisión extrema para tratar de aliviar el conflicto de su amada.
Los problemas que enseguida se presentan al lector de El fauno de mármol son dos: por una parte, Hawthorne se demora en exceso en sus descripciones y excursos (más de lo que habitualmente nos tiene acostumbrados cualquier obra decimonónica); por otra, el desenlace que se va dando a esa trama tan prometedora es, dicho sin ambages, chapucero. El primero de estos elementos no empaña la lectura de forma importante, pero sí provoca que la historia adolezca de una carencia de ritmo perceptible; la narración se va conformando a base de escenas casi teatrales que se extienden durante varios capítulos y en las cuales, por lo general, sólo intervienen algunos de los personajes. Esto afecta a la fluidez del relato, ya que la inconexa estructura no facilita la cohesión. Además, las continuas disertaciones del narrador ponen aún más difícil la tarea de seguir la progresión de la trama y de los protagonistas, que quedan muy desdibujados bajo tanta información accesoria y tanto tropiezo narrativo.
Por su parte, el desarrollo y desenlace de la desventura de Miriam es completamente caótico… por no decir otra cosa. Lo que se presenta como una historia de venganza y redención termina con un secuestro inverosímil, un secreto apenas insinuado y unos personajes carentes de atractivo y, sobre todo, de pasado. Porque Hawthorne juega de continuo con la antigua vida de Miriam, de la que se desconoce casi todo y cuya existencia suscita muchos interrogantes (al lector, por supuesto, pero también a los otros personajes), pero cuando la trama debería alcanzar su clímax y resolver los conflictos planteados, la realidad es que el autor no tiene ni idea de cómo hacerlo y termina por contar (en forma de excurso, una vez más) una serie de hechos inconexos que casi suscitan más dudas de las que resuelven. Es lícito escribir obras con finales abiertos, por supuesto, pero la manera en que termina El fauno de mármol tiene más de precipitación e incoherencia que de decisión meditada.
Lo mejor, sin duda, de esta novela es la ambientación majestuosa que ofrece Roma para el grueso de la historia. Las descripciones de Hawthorne, si bien en ocasiones algo extensas, tienen unas resonancias sutiles y muy trabajadas, trasladando al lector hasta la capital italiana tal y como era a mediados del siglo XIX. Un elemento no poco importante, ya que el hecho de que los personajes sean artistas hace de las disertaciones sobre el tema un complemento exquisito para degustar en semejante escenario. A pesar de ello, está claro que El fauno de mármol es una novela morosa y deslucida, que trastabilla demasiado y que no tiene claro su desarrollo narrativo; un libro cuyas virtudes quedan sepultadas bajo el inconmensurable peso de sus fallos.
