El filósofo ignorante – Voltaire

7 de julio de 2010 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

El filósofo ignorante, aun cuando contenga pasajes de profunda raigambre reflexiva, no es un tratado de filosofía al uso. Voltaire utiliza sus (vastos) conocimientos para satirizar los ensayos filosóficos y para probar que es inútil abordar cuestiones que no tienen una aplicación práctica en la vida cotidiana: «Para un animal tan endeble como el hombre», afirma, «es hermoso haberse elevado al conocimiento del amo de la naturaleza; pero esto no me servirá más que la ciencia del álgebra si no saco de ello alguna regla par la conducta de mi vida.»

Así pues, lo que el ilustrado francés busca con este breve ensayo es encontrar la guía de la razón para dirigir su existencia. Lejos de enquistarse en una posición concreta, Voltaire hace del diálogo (y también de la duda y de la controversia) un elemento conciliador, que permite a los hombre hallar la verdad; al menos, una verdad personal que les permita vivir de forma más libre, más crítica y más social. Es por ello que las grandes cuestiones de la filosofía no le interesan, ni alcanzar una certeza absoluta sobre todas las cosas: lo que pretende es hacer del día a día un trabajo menos costoso y más próspero, tanto para uno mismo como para los demás. En la Cuestión XXIV así lo expone: «…ningún filósofo ha influido ni siquiera en las costumbres de la calle en que vivía. ¿Por qué? Porque los hombres se rigen por la costumbre y no por la metafísica.»

Pero, sobre todo, Voltaire arremete contra la intransigencia y la sinrazón. A pesar de que a lo largo del opúsculo disiente de muchos pensadores, tanto contemporáneos como antiguos, el francés mantiene una actitud abierta ante las ideas de los demás: o bien se aprovecha de ellas para construir sus propias tesis, o bien las utiliza como ejemplo para elaborar una refutación; pero jamás se permite atacar de manera furibunda a alguien sólo por mantener conceptos diferentes. Especial hincapié hace en las disputas teológicas que tanto se prodigaban en su tiempo: las últimas cuestiones del ensayo se dedican casi por entero a desacreditar la persecución de ideas que la Iglesia mantenía desde hacía décadas, y que llevó a numerosos pensadores a enfrentarse a diversas condenas. «Los romanos nunca fueron tan absurdos como para imaginar que pudiera perseguirse a un hombre porque creía en lo vacío o en lo lleno, [...] porque explicaba en un sentido un pasaje de un autor que otro entendía en un sentido contrario», dice Voltaire añorando los modos de la antigüedad. Y es que en el respeto que los griegos y los romanos profesaban por las opiniones diversas y la pluralidad de criterios ve el autor francés un ejemplo a tener muy en cuenta: «Cosa admirable en la Antigüedad», dice, «es que la teogonía no haya turbado nunca la paz de las naciones.»

La conclusión es clara: el monstruo de la intransigencia que ha resurgido (si acaso alguna vez fue derrotado) debe ser enfrentado con la razón y la verdad. De ahí que las grandes preguntas de la filosofía pasen a un plano secundario cuando de lo que se trata es de alcanzar una vida plena y ponderada. «Todo el que busque la verdad correrá el riesgo de ser persguido», dice Voltaire al final de la obra, dando a entender así que lo que realmente tiene importancia es la claridad de pensamiento, el apego por la razón. Su autodeclarada ignorancia, si es que es tal, sólo se aplica a lo supremo, a lo ignoto; cuando se trata de apelar a nuestros sentimientos más accesibles, el francés es el más sabio entre los hombres. Sólo tienen que leer este librito para saberlo.

Roxana, o la cortesana afortunada – Daniel Defoe

21 de abril de 2010 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

En Roxana, o la cortesana afortunada, narra Daniel Defoe las aventuras y desventuras de una mujer que, abandonada por su esposo en precaria situación y amenazada por el hambre y la pobreza, se ve abocada a dedicarse al oficio más viejo del mundo. De esta manera amasará una considerable fortuna, de modo que el oprobio mediante el que escapó a una situación sin salida, dejará de ser considerado una deshonra para pasar a contemplarse como un lucrativo negocio.

Defoe convierte a Roxana en narradora y ésta, al comenzar a desgranar sus peripecias, advierte claramente que su intención no es moralizar, sino describir los hechos tal como acontecieron, de manera que sean las buenas gentes que conozcan su historia quienes juzguen y aprendan la manera insidiosa en que el pecado puede gobernar una vida.

De esta manera, el autor se asegura la libertad suficiente para no hacer de Roxana, o la cortesana afortunada una novela moralizante, sino que la convierte en un cautivador testimonio vital, donde no hay espacio para el arrepentimiento hipócrita; Roxana, nombre de guerra de la protagonista, se muestra como es: demasiado amante del dinero y la adulación como para sacrificar el placer de poseerlos a meros convencionalismos sociales o a la fantasía del infierno.

A pesar de la narración un tanto rudimentaria, en la que hay continuos adelantos de los derroteros que tomará la historia y continuas vueltas atrás para ampliar determinados aspectos, Daniel Defoe logra retratar la evolución psicológica de su protagonista con una maestría notable. Roxana puede parecer un personaje plano en algunos aspectos, pero al avanzar en su relato se va desvelando su desarrollo: no es una víctima, sino alguien que ha sabido sacar partido de sus circunstancias y, cuando habla de su maldad, consigue trasmitir la sensación de que lo hace con la boca pequeña, satisfecha en el fondo de la vida que ha llevado.

De alguna manera, la actitud de Roxana es un canto a la independencia de la mujer y una invitación a conseguirla al precio que sea. En una época en que la conducta femenina debía seguir estrictos patrones sociales y morales, la afortunada cortesana propone saltarse a la torera los prejuicios y tomar las riendas de la propia vida. Roxana se rebela contra la sumisión que la esposa debe al marido, quien será desde el matrimonio el encargado de manejar sus intereses. Desde la experiencia que le brinda el que su primer esposo desapareciera tras dilapidar la fortuna familiar, señala la injusticia de que se le quite a la esposa toda posibilidad de gestionar sus asuntos, de modo que se vea obligada a hundirse con su marido si este no administra bien los suyos.

La filosofía de Roxana se resume en una sentencia lapidaria: «una esposa es una especie de criada de rango superior, mientras que una amante es soberana.» Porque la novela de Defoe nos presenta a una mujer que aprendió a ser soberana, no tanto de los amantes que se rindieron a sus encantos, sino de sí misma. Roxana no escapa por completo a los prejuicios de su época, pero parece asumir sus yerros como algo deseable si a cambio se obtiene la libertad.

Tom Jones – Henry Fielding

13 de noviembre de 2009 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

Tom Jones - Henry FieldingQuizá suene un poco exagerado, pero hay que reconocer que Tom Jones es a la literatura inglesa lo que el Quijote a la española: un hito. Aunque hayan pasado más de dos siglos y medio desde su publicación, lo cierto es que hay que reconocer que su lectura divierte y seduce como si ese abismo temporal fuera inexistente. (Si es que la distancia en el tiempo puede enturbiar el buen hacer de un gran escritor y de una obra maestra, asunto poco menos que cuestionable.) No hay duda de que Henry Fielding logró con esta creación perdurar por siempre en el Olimpo de los autores.

Tom Jones es una obra de una magnitud casi inabarcable. Al estilo de las mejores novelas, en ella se puede encontrar de todo, desde las (inevitables) reflexiones del autor hasta las aventuras más desquiciantes, pasando por parlamentos llenos de humor, peleas, persecuciones y, por supuesto, amores y desamores. Todo ello, claro está, narrado con la parsimonia y prosodia de un autor del siglo XVIII, características que no constituyen un peso para la lectura, sino todo lo contrario. Fielding fue uno de los primeros escritores en darse cuenta del inmenso campo de pruebas que era la novela y, al estilo de lo que haría poco después Laurence Sterne en su Tristram Shandy, explotó muchas de las posibilidades que se le ofrecían. Él mismo lo enuncia en uno de los capítulos-prólogo que componen la obra: «Como soy el fundador de un nuevo género de escritura, soy libre de dictar las leyes por las que se ha de regir.»

Así, el libro es un prodigioso artefacto narrativo, con una historia central (los amores desventurados entre Sophia Western y Tom Jones) que se desarrolla con una continuidad exquisita y que, sin embargo, da lugar a multitud de subtramas que complementan a aquélla y que enriquecen el todo. Cada elemento añadido aporta algo sustancial a la aventura sin que el lector tenga la sensación de perderse (algo meritorio en un libro de más de setecientas páginas) y sirve al autor para presentar nuevas tesis. Fielding configuró el texto con un esquema muy estricto que funciona a la perfección, construyendo así una novela total —que sería una manera de decir «novela perfecta», creo— que evoluciona con precisión de relojero y embelesa casi desde la primera línea.

Por supuesto, el humor está presente a lo largo de todo el libro y es uno de los pilares del mismo. Hay personajes realmente hilarantes, como Partridge, el criado de Jones (una suerte de Sancho Panza británico), que se dedica a quebrar la paciencia de su compañero con su verborrea desbordante y sus inagotables citas en latín; o el señor Western, padre de la inocente Sophia, un compendio de malos modos, borrachín y aficionado a la caza, que protagoniza algunas de las escenas más desopilantes de la obra. La capacidad para la sátira de Fielding es inagotables: todas las clases sociales salen malparadas de su aparición y apenas hay personaje al que en un momento u otro no se ponga en la picota.

De hecho, las imperfecciones de los personajes (sobre todo de los protagonistas, y más en concreto de los masculinos) constituyen uno de los elementos que convierten a Tom Jones en una novela realmente moderna. El autor supo sacar mucho jugo de la doble moral del ser humano, de la inevitable tendencia a la contradicción y de la debilidad ante la tentación; los héroes de esta historia ceden a impulsos censurables (al menos desde el punto de vista moral de la época) y no siempre actúan como cabría suponer. Fielding pone de relieve la inconstancia del alma a través de unas aventuras cómicas, sí, pero con un fondo de sátira inteligente nada desdeñable. Es relevante, además, el hecho de que sean las mujeres de esta historia las que aparezcan como modelo de conducta y que se las juzgue con una mirada muy adelantada. El tutor de Tom, el señor Allworthy (su apellido indica ya muchas cosas), pondera sabiamente la conducta de la madre del joven, a la que se acusa de concebir un hijo de soltera; asimismo, convence al padre de Sophia para que le permita casarse con quien crea conveniente; la propia tía de Sophia se enfrenta a su hermano para defender la posición social de la mujer como un miembro más de la sociedad, con los mismos derechos y deberes que los hombres.

Sería imposible comentar aquí todas las virtudes de una novela como Tom Jones. Valga como resumen el hecho de que es un libro divertidísimo, que no ha perdido ni un ápice de su frescura y que deparará muchos ratos de diversión a cualquiera que se acerque a él. Toda una obra maestra.

Las noches revolucionarias – Rétif de la Bretonne

29 de mayo de 2009 por Sra. Castro  
Categoría: Reseñas

Las noches revolucionarias - Rétif de la BretonneLas noches de París, de Rétif de la Bretonne, componen una extensa crónica que toma el pulso de la sociedad parisina entre 1788 y 1794. De ellas extracta ahora El Olivo Azul “Las noches revolucionarias”, en las que el autor recoge por las calles de Paris las impresiones de los turbulentos días de la Revolución Francesa.
En esta edición se han suprimido aquellas partes de “Las noches revolucionarias” que no trataban exclusivamente de los hechos revolucionarios, como cuadros de tipo costumbrista o criticas teatrales; además, las notas a pie de página ayudan al lector a ubicar acontecimientos y personas, facilitándole la comprensión de lo narrado. La lectura de este libro se presenta así como una forma inmejorable de acercarse a los hechos que, hace doscientos años, cambiaron el orden social en occidente.
Rétif de la Bretonne recorre las calles de París como un reportero: indaga, observa, pregunta, escucha en los corrillos y pone por escrito todas sus impresiones. Y de ellas trasciende, viva y palpitante, la agitación que reinaba en la capital francesa. Por un lado, el viento de la libertad agitaba a los ciudadanos cansados de la opresión; por otro, los hampones pretendían hacer su agosto en el río revuelto.
De esta manera las convulsas sesiones de la Asamblea Nacional, la instauración de la Comuna, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, o los intentos de Luis XVI, la nobleza y el clero por recuperar su poder y privilegios, desfilan por estas páginas junto con el relato de robos, asesinatos, delaciones y asaltos. Unas veces el tono de De la Bretonne es jocoso, otras terrible, muchas moralizante, pero siempre parece trasmitir el sentir popular.
Un sentir popular que, evidentemente, no siguió un camino recto: los parisinos un día, hartos de los abusos del Antiguo Régimen, toman la Bastilla para mostrar su disconformidad, pero otro reciben al rey con alborozo cuando acude a París desde Versalles. Un día triunfa la moderación, al siguiente se impone la exaltación, y esos flujos y reflujos se plasman en “Las noches revolucionarias” con viveza.
¿Era Rétif de la Bretonne un revolucionario? Pese a que al final de “Las noches revolucionarias” incluye una Profesión de fe política del autor en la que se declara conforme con lo acontecido, incluidas las violentas purgas de los contra-revolucionarios, sus observaciones a lo largo de la narración permiten adivinar un carácter moderado. A pesar de tener un talante progresista, de haber defendido en sus obras numerosas reformas sociales y de reconocer que un nuevo orden estaba emergiendo ante sus ojos, De la Bretonne no deja de horrorizarse por la violencia desatada, muchas veces gratuita e innecesaria.
Por otra parte, que nadie busque en estas crónicas exhaustividad. De la Bretonne omite en sus narraciones hechos capitales de la Revolución, centrado como está en lo que acontece en las calles, en las plazas, por las esquinas. Y de esta forma, consciente o inconscientemente, el autor logra dar una imagen nueva y apasionante de los días revolucionarios. Es la Historia vista, no desde la perspectiva de los grandes hombres que la forjan en los salones, sino desde el punto de vista del pueblo en la calle: hombres no menos grandes en busca de la libertad.

El castillo de Otranto – Horace Walpole

23 de mayo de 2008 por Sr. Molina  
Categoría: Reseñas

El castillo de Otranto - Horace Walpole“El castillo de Otranto” inauguró con su publicación, allá por el año 1764, el género conocido como «novela gótica»; gracias a ella y a otras obras similares, el imaginario tenebrista, repleto de castillos en ruinas, abadías tétricas, caballeros misteriosos y apariciones fantasmales, cuajó como movimiento literario y encandiló a los primeros románticos.
Hoy, siglos después, los elementos que contribuyeron a que novelas como ésta triunfaran y sentaran precedentes no causan el mismo efecto sobre el lector. De hecho, los recursos góticos han sido tan sobreexplotados por la literatura —y, ya en el siglo xx, por el cine— que sus entresijos y resultados han devenido demasiado cotidianos. Las intrigas misteriosas y sobrecogedoras de Walpole, o de Matthew Lewis, han perdido su frescura, debido sobre todo al auge que tuvieron en su momento (y en periodos sucesivos) y a ese posterior (re)utilización.
Leyendo ahora “El castillo de Otranto”, uno no puede menos que admirar la inocencia de los lectores de antaño, que se identificaban emocionalmente con la historia sin exigir de ella más que unos cuantos momentos de tensión y romanticismo. Las heroínas abnegadas, como la protagonista, Matilda, resultan de una candidez apabullante; los héroes, como Theodore, hacen gala de una nobleza de carácter inhumana. Todos los personajes se encuadran en unos patrones rígidos y arquetípicos, tan obvios que casi es posible intuir el desarrollo del libro con muchas páginas de antelación. Como es lógico, no se puede echar en cara al autor este abuso de los estereotipos, puesto que el estilo literario de la época (incluso los recursos a su alcance) marcaba la senda a seguir y era difícil apartarse de ella.
Sí se le puede achacar, no obstante, el utilizar a los fantasmas y a los aparecidos para llevar la historia hasta su desenlace, sin reparar en las incongruencias en las que incurre. La trama de profecías y herederos desconocidos no es complicada, pero el recurso del deux ex machina empaña la buena labor de Walpole a la hora de plantear los prolegómenos de la historia. El autor domina a la perfección el arte de situar la trama en el espacio y en el tiempo, recreando una atmósfera muy vívida (o varias, como ocurría en “Cuentos jeroglíficos“) que sumerge al lector con rapidez y efectividad en los acontecimientos. Ese detalle, que en una obra de las características de “El castillo de Otranto” es muy importante, se ve socavado por la inocente y vana utilización de apariciones misteriosas para encauzar los hechos o las acciones de los protagonistas. Sin apenas explicación, Walpole se vale de enormes piezas de armadura o de figuras que surgen de los lienzos para introducir algunos giros en la trama que, de otra manera, serían inconcebibles. Lo malo, claro está, no es el empleo de este recurso en sí, sino la evidente espontaneidad que sugiere, la falta de trabazón entre los elementos de la historia. Parece claro, después de terminar la lectura, que el autor no había tenido en cuenta muchos detalles mientras redactaba la obra, y que la única forma de unir cabos sueltos era echar mano de la fantasía como herramienta narrativa.
Para bien o para mal, este tropiezo (para otros podrá ser considerado un acierto) definió unas directrices que muchas novelas siguieron después, con mejor o peor fortuna. “El castillo de Otranto” no pasa, hoy por hoy, de ser un entretenimiento cándido y ligero, una obrita para pasar un buen rato sin mayores pretensiones; posiblemente eso es lo que era también en su momento, en realidad. No creo que el libro tenga muchas más virtudes, amén de su novedad relativa y la buena mano de Walpole para las narraciones de época, aunque tampoco creo que haga falta empeñarse en buscarlas.

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