Tom Jones – Henry Fielding
13 de Noviembre de 2009 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Quizá suene un poco exagerado, pero hay que reconocer que Tom Jones es a la literatura inglesa lo que el Quijote a la española: un hito. Aunque hayan pasado más de dos siglos y medio desde su publicación, lo cierto es que hay que reconocer que su lectura divierte y seduce como si ese abismo temporal fuera inexistente. (Si es que la distancia en el tiempo puede enturbiar el buen hacer de un gran escritor y de una obra maestra, asunto poco menos que cuestionable.) No hay duda de que Henry Fielding logró con esta creación perdurar por siempre en el Olimpo de los autores.
Tom Jones es una obra de una magnitud casi inabarcable. Al estilo de las mejores novelas, en ella se puede encontrar de todo, desde las (inevitables) reflexiones del autor hasta las aventuras más desquiciantes, pasando por parlamentos llenos de humor, peleas, persecuciones y, por supuesto, amores y desamores. Todo ello, claro está, narrado con la parsimonia y prosodia de un autor del siglo XVIII, características que no constituyen un peso para la lectura, sino todo lo contrario. Fielding fue uno de los primeros escritores en darse cuenta del inmenso campo de pruebas que era la novela y, al estilo de lo que haría poco después Laurence Sterne en su Tristram Shandy, explotó muchas de las posibilidades que se le ofrecían. Él mismo lo enuncia en uno de los capítulos-prólogo que componen la obra: «Como soy el fundador de un nuevo género de escritura, soy libre de dictar las leyes por las que se ha de regir.»
Así, el libro es un prodigioso artefacto narrativo, con una historia central (los amores desventurados entre Sophia Western y Tom Jones) que se desarrolla con una continuidad exquisita y que, sin embargo, da lugar a multitud de subtramas que complementan a aquélla y que enriquecen el todo. Cada elemento añadido aporta algo sustancial a la aventura sin que el lector tenga la sensación de perderse (algo meritorio en un libro de más de setecientas páginas) y sirve al autor para presentar nuevas tesis. Fielding configuró el texto con un esquema muy estricto que funciona a la perfección, construyendo así una novela total —que sería una manera de decir «novela perfecta», creo— que evoluciona con precisión de relojero y embelesa casi desde la primera línea.
Por supuesto, el humor está presente a lo largo de todo el libro y es uno de los pilares del mismo. Hay personajes realmente hilarantes, como Partridge, el criado de Jones (una suerte de Sancho Panza británico), que se dedica a quebrar la paciencia de su compañero con su verborrea desbordante y sus inagotables citas en latín; o el señor Western, padre de la inocente Sophia, un compendio de malos modos, borrachín y aficionado a la caza, que protagoniza algunas de las escenas más desopilantes de la obra. La capacidad para la sátira de Fielding es inagotables: todas las clases sociales salen malparadas de su aparición y apenas hay personaje al que en un momento u otro no se ponga en la picota.
De hecho, las imperfecciones de los personajes (sobre todo de los protagonistas, y más en concreto de los masculinos) constituyen uno de los elementos que convierten a Tom Jones en una novela realmente moderna. El autor supo sacar mucho jugo de la doble moral del ser humano, de la inevitable tendencia a la contradicción y de la debilidad ante la tentación; los héroes de esta historia ceden a impulsos censurables (al menos desde el punto de vista moral de la época) y no siempre actúan como cabría suponer. Fielding pone de relieve la inconstancia del alma a través de unas aventuras cómicas, sí, pero con un fondo de sátira inteligente nada desdeñable. Es relevante, además, el hecho de que sean las mujeres de esta historia las que aparezcan como modelo de conducta y que se las juzgue con una mirada muy adelantada. El tutor de Tom, el señor Allworthy (su apellido indica ya muchas cosas), pondera sabiamente la conducta de la madre del joven, a la que se acusa de concebir un hijo de soltera; asimismo, convence al padre de Sophia para que le permita casarse con quien crea conveniente; la propia tía de Sophia se enfrenta a su hermano para defender la posición social de la mujer como un miembro más de la sociedad, con los mismos derechos y deberes que los hombres.
Sería imposible comentar aquí todas las virtudes de una novela como Tom Jones. Valga como resumen el hecho de que es un libro divertidísimo, que no ha perdido ni un ápice de su frescura y que deparará muchos ratos de diversión a cualquiera que se acerque a él. Toda una obra maestra.
Las noches revolucionarias – Rétif de la Bretonne
29 de Mayo de 2009 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
Las noches de París, de Rétif de la Bretonne, componen una extensa crónica que toma el pulso de la sociedad parisina entre 1788 y 1794. De ellas extracta ahora El Olivo Azul “Las noches revolucionarias”, en las que el autor recoge por las calles de Paris las impresiones de los turbulentos días de la Revolución Francesa.
En esta edición se han suprimido aquellas partes de “Las noches revolucionarias” que no trataban exclusivamente de los hechos revolucionarios, como cuadros de tipo costumbrista o criticas teatrales; además, las notas a pie de página ayudan al lector a ubicar acontecimientos y personas, facilitándole la comprensión de lo narrado. La lectura de este libro se presenta así como una forma inmejorable de acercarse a los hechos que, hace doscientos años, cambiaron el orden social en occidente.
Rétif de la Bretonne recorre las calles de París como un reportero: indaga, observa, pregunta, escucha en los corrillos y pone por escrito todas sus impresiones. Y de ellas trasciende, viva y palpitante, la agitación que reinaba en la capital francesa. Por un lado, el viento de la libertad agitaba a los ciudadanos cansados de la opresión; por otro, los hampones pretendían hacer su agosto en el río revuelto.
De esta manera las convulsas sesiones de la Asamblea Nacional, la instauración de la Comuna, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, o los intentos de Luis XVI, la nobleza y el clero por recuperar su poder y privilegios, desfilan por estas páginas junto con el relato de robos, asesinatos, delaciones y asaltos. Unas veces el tono de De la Bretonne es jocoso, otras terrible, muchas moralizante, pero siempre parece trasmitir el sentir popular.
Un sentir popular que, evidentemente, no siguió un camino recto: los parisinos un día, hartos de los abusos del Antiguo Régimen, toman la Bastilla para mostrar su disconformidad, pero otro reciben al rey con alborozo cuando acude a París desde Versalles. Un día triunfa la moderación, al siguiente se impone la exaltación, y esos flujos y reflujos se plasman en “Las noches revolucionarias” con viveza.
¿Era Rétif de la Bretonne un revolucionario? Pese a que al final de “Las noches revolucionarias” incluye una Profesión de fe política del autor en la que se declara conforme con lo acontecido, incluidas las violentas purgas de los contra-revolucionarios, sus observaciones a lo largo de la narración permiten adivinar un carácter moderado. A pesar de tener un talante progresista, de haber defendido en sus obras numerosas reformas sociales y de reconocer que un nuevo orden estaba emergiendo ante sus ojos, De la Bretonne no deja de horrorizarse por la violencia desatada, muchas veces gratuita e innecesaria.
Por otra parte, que nadie busque en estas crónicas exhaustividad. De la Bretonne omite en sus narraciones hechos capitales de la Revolución, centrado como está en lo que acontece en las calles, en las plazas, por las esquinas. Y de esta forma, consciente o inconscientemente, el autor logra dar una imagen nueva y apasionante de los días revolucionarios. Es la Historia vista, no desde la perspectiva de los grandes hombres que la forjan en los salones, sino desde el punto de vista del pueblo en la calle: hombres no menos grandes en busca de la libertad.
El castillo de Otranto – Horace Walpole
23 de Mayo de 2008 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
“El castillo de Otranto” inauguró con su publicación, allá por el año 1764, el género conocido como «novela gótica»; gracias a ella y a otras obras similares, el imaginario tenebrista, repleto de castillos en ruinas, abadías tétricas, caballeros misteriosos y apariciones fantasmales, cuajó como movimiento literario y encandiló a los primeros románticos.
Hoy, siglos después, los elementos que contribuyeron a que novelas como ésta triunfaran y sentaran precedentes no causan el mismo efecto sobre el lector. De hecho, los recursos góticos han sido tan sobreexplotados por la literatura —y, ya en el siglo xx, por el cine— que sus entresijos y resultados han devenido demasiado cotidianos. Las intrigas misteriosas y sobrecogedoras de Walpole, o de Matthew Lewis, han perdido su frescura, debido sobre todo al auge que tuvieron en su momento (y en periodos sucesivos) y a ese posterior (re)utilización.
Leyendo ahora “El castillo de Otranto”, uno no puede menos que admirar la inocencia de los lectores de antaño, que se identificaban emocionalmente con la historia sin exigir de ella más que unos cuantos momentos de tensión y romanticismo. Las heroínas abnegadas, como la protagonista, Matilda, resultan de una candidez apabullante; los héroes, como Theodore, hacen gala de una nobleza de carácter inhumana. Todos los personajes se encuadran en unos patrones rígidos y arquetípicos, tan obvios que casi es posible intuir el desarrollo del libro con muchas páginas de antelación. Como es lógico, no se puede echar en cara al autor este abuso de los estereotipos, puesto que el estilo literario de la época (incluso los recursos a su alcance) marcaba la senda a seguir y era difícil apartarse de ella.
Sí se le puede achacar, no obstante, el utilizar a los fantasmas y a los aparecidos para llevar la historia hasta su desenlace, sin reparar en las incongruencias en las que incurre. La trama de profecías y herederos desconocidos no es complicada, pero el recurso del deux ex machina empaña la buena labor de Walpole a la hora de plantear los prolegómenos de la historia. El autor domina a la perfección el arte de situar la trama en el espacio y en el tiempo, recreando una atmósfera muy vívida (o varias, como ocurría en “Cuentos jeroglíficos“) que sumerge al lector con rapidez y efectividad en los acontecimientos. Ese detalle, que en una obra de las características de “El castillo de Otranto” es muy importante, se ve socavado por la inocente y vana utilización de apariciones misteriosas para encauzar los hechos o las acciones de los protagonistas. Sin apenas explicación, Walpole se vale de enormes piezas de armadura o de figuras que surgen de los lienzos para introducir algunos giros en la trama que, de otra manera, serían inconcebibles. Lo malo, claro está, no es el empleo de este recurso en sí, sino la evidente espontaneidad que sugiere, la falta de trabazón entre los elementos de la historia. Parece claro, después de terminar la lectura, que el autor no había tenido en cuenta muchos detalles mientras redactaba la obra, y que la única forma de unir cabos sueltos era echar mano de la fantasía como herramienta narrativa.
Para bien o para mal, este tropiezo (para otros podrá ser considerado un acierto) definió unas directrices que muchas novelas siguieron después, con mejor o peor fortuna. “El castillo de Otranto” no pasa, hoy por hoy, de ser un entretenimiento cándido y ligero, una obrita para pasar un buen rato sin mayores pretensiones; posiblemente eso es lo que era también en su momento, en realidad. No creo que el libro tenga muchas más virtudes, amén de su novedad relativa y la buena mano de Walpole para las narraciones de época, aunque tampoco creo que haga falta empeñarse en buscarlas.
Más de Horace Walpole:
Los mandarines – Wu Jingzi
21 de Noviembre de 2007 por Sra. Castro
Categoría: Reseñas
En el siglo XVIII Wu Jingzi escribió una novela que, salvando las distancias, puede compararse por su intención a la Comedia Humana de Balzac. Una novela que, siendo claramente local, se vuelve universal por la profundidad con la que aborda la psicología del ser humano, su moral, dejando constancia de la grandeza o vileza del mismo según los casos.
“Historia del Bosque de los Letrados”, como también se conoce a “Los mandarines”, viene a ser un retablo de las costumbres de la China de la dinastía Qing, pero especialmente de las vidas de los intelectuales que, más o menos dedicados al estudio, empleaban su vida en prepararse para los distintos exámenes que otorgaban el acceso a los puestos oficiales.
“Los mandarines” es una obra extensa en la que aparecen representadas con acierto todas las ambiciones y algunas de las virtudes humanas a través de un sinnúmero de personajes que convierten la obra en una inmensa novela coral cuyos protagonistas aparecen y reaparecen a lo largo de las páginas construyendo un tapiz densísimo pero muy bien urdido.
En ese tapiz Wu Jingzi entrelaza cada hilo de una manera que no puede sino sorprender al lector: la novela está compuesta por innumerables historias, cada una de las cuales tiene un protagonista sin embargo, en un determinado momento, se introduce un nuevo personaje que aparece como secundario de la historia que se narra pero que, al concluirse la misma, se erige en protagonista de una nueva que comienza. Así el personaje que hasta el momento protagonizaba la acción es dado de lado y sustituido por otro que toma el relevo, consiguiéndose de esta forma que la obra se conciba como una unidad perfecta, a pesar de la multiplicidad de hilos que la forman.
Y esa multiplicidad de hilos es consecuencia del intento del autor de retratar en su obra el mundo intelectual de la época que le tocó vivir. Sirviéndose de experiencias de su propia vida, usando como modelo de los personajes de sus historias a personas conocidas por él, Wu Jingzi plasmó en “Los mandarines” la vida de quienes, con mayor o menos fortuna, con honestidad o sirviéndose de estratagemas, se dedicaban a la erudición. Pero en general es una denuncia del abandono por los letrados de la época del estudio como camino de perfección moral para convertirse únicamente en una búsqueda de honores y riquezas, por lo general inmerecidos.
Cada personaje es una historia de abnegación filial, de ambición, de traición, de virtud, de entrega al estudio, de caída en el vicio, cuyo relato se desenvuelve sin embargo con credibilidad puesto que existe en cada uno de ellos una evolución psicológica plausible. Así un hombre irreprochable, tentado por el oro, acepta sustituir al hijo de un rico comerciante en un examen; o un hombre de excelente familia pero algo indolente, decide abandonar todo intento de alcanzar honores y fortuna para dedicarse a vivir la vida junto a su esposa bebiendo vivo y componiendo poesía; o un docto anciano, convencido de que todo es vanidad, renuncia a un puesto en la corte imperial para proseguir con sus estudios en el retiro. Siempre existe en el personaje un rasgo, un motivo, una cualidad que convierte en lógica cada acción que emprende y así la obra se convierte en un perfecto compendio de las razones que mueven al hombre, desvelando su autor con ironía no exenta de tristeza, que virtud existe poca y que, por lo general, todos estamos dispuestos a vendernos o a comprar aquello que deseamos para obtenerlo sin esfuerzo.
La historia de Rasselas, príncipe de Abisinia – Samuel Johnson
26 de Octubre de 2007 por Sr. Molina
Categoría: Reseñas
Hay un punto incontestable a la hora de disfrutar de las narraciones de los siglos XVIII y XIX, que no es otro sino su grado de inocencia retrospectiva; la manera de afrontar los problemas del ser humano, la forma en que los escritores cavilaban (por boca de sus personajes) sobre ellos, que se traducía en ingeniosas soluciones, aunque muy a menudo (visto todo ello desde nuestra perspectiva contemporánea) ingenuas en extremo. No obstante, hubo autores que se adelantaron al pensamiento de su época, quizá no en lo referente a soluciones concretas, pero sí en lo que a claridad de pensamiento toca. Samuel Johnson (como Jonathan Swift, del que hablamos hace poco) fue uno de esos autores, y aunque “La historia de Rasselas, príncipe de Abisinia” no sea más que una frivolidad exquisita, se trasluce en sus páginas la inquietud del inglés por los acontecimientos de su tiempo y por las preocupaciones de sus contemporáneos.
“Rasselas” está concebido como una fábula iniciática, una bildungsroman clásica con rasgos de evidente corte empírico (propio del siglo XVIII): diálogos de los protagonistas acerca de la condición humana, propósito ejemplarizante, consideraciones morales, etc. Johnson recrea un escenario idílico, el Valle de la Dicha, un paraje en el que el emperador de Abisinia recluye a sus vástagos y los aísla del mundo exterior; un paraíso terrenal concebido exclusivamente para el disfrute y el placer, con el fin de que la realeza no sufra con las desgracias que asolan el mundo. Rasselas, el cuarto hijo del soberano, aguijoneada su curiosidad por las historias que le cuentan acerca del mundo que hay más allá de las fronteras de su reducto, decide escapar junto a Imlac, un poeta venido del exterior, y su hermana Nekayah para ver por sí mismo las maravillas y las maldades de las que tanto ha oído hablar. Como se puede suponer, su periplo por el Egipto fantástico de Johnson le deparará muchas sorpresas y la acumulación de muchos conocimientos, no todos tan deseables como pudiera esperar.
El autor es consciente del carácter edificante de la obra que construye; no en vano es difícil clasificar a “Rasselas” como una novela tal y como la entendemos en la actualidad, ya que se encuadraría más en un género moralizante, al estilo de Rousseau o Voltaire. Sin embargo, la inteligencia de Samuel Johnson consigue, por un lado, transformar un apólogo iniciático en un relato coherente, intenso y lúcido, y por otro, subvertir esa tradición ejemplarizante para ofrecer una historia cargada de escepticismo.
El viaje de Rasselas en pos de la felicidad que no encuentra en su «aburrido» paraíso es, en realidad, un recorrido por las pasiones humanas, un vistazo del autor sobre los deseos y los sentimientos tan contradictorios que atesoramos los seres humanos. Las visitas de los protagonistas a ermitaños, poetas o astrónomos para inquirir acerca de la consecución de la felicidad sólo les depararán testimonios contrapuestos, que sirven al lector para entender el carácter inasible del bienestar y el equilibrio. Y digo «al lector» con intención, ya que Rasselas y su séquito parecen no comprender la moraleja que sus desventuras les ofrecen, permaneciendo en un estado de perplejidad inocente.
No obstante, ése es precisamente el detalle que dota de interés al libro: Johnson se aleja de cualquier propósito doctrinario —o, al menos, de un propósito férreo— y afronta la incógnita que es la existencia humana con humildad, con lucidez y, quizá también, con un punto de resignación. Frente al empirismo reinante en el siglo XVIII y su optimismo acerca de la evolución del ser humano y los logros que puede llegar a alcanzar, el autor nos muestra, de forma muy sutil, el desencanto que le provocan (y es de justicia afirmar que no es algo que sólo le ocurra a Johnson) los fútiles instintos del hombre. No hay más que leer un pequeño extracto de la controversia que se establece entre Rasselas y Nekayah a cuenta del matrimonio:
Un joven y una doncella se conocen por accidente, o se les reúne bajo algún pretexto, intercambian miradas, se corresponden con cumplidos corteses, vuelven a casa y sueñan el uno con el otro. Al tener apenas asuntos en los que entretenerse, o divertir su pensamiento, se hallan inquietos cuando están separados, y concluyen así que han de ser felices unidos. Contraen matrimonio y descubren lo que nada, excepto una ceguera voluntaria, podía antes ocultar; desperdician sus vidas en trifulcas e increpan a la naturaleza por su crueldad.
Esa «ceguera voluntaria» a la que alude el autor conduce al hombre hacia todas sus desgracias (no sólo hacia el matrimonio); la falta de sentido común, de honradez y de respeto parecen ser la causa del escepticismo casi nihilista de Johnson, que no se permite el lujo de ofrecer a Rasselas, y por ende al lector, un asidero en su búsqueda de la felicidad.
En pocas palabras, podríamos decir que “La historia de Rasselas, príncipe de Abisinia” es una vuelta de tuerca a la novela moralizante, si bien casi marca por sí misma una pauta dada la temprana fecha de su publicación. Aunque no sea un monumento literario, la obra tiene un poso entre irónico y desencantado que resulta muy interesante, máxime teniendo en cuenta su antigüedad.
