Los solteros – Muriel Spark

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Los solteros - Muriel SparkLo verdaderamente interesante que uno encuentra en las novelas de Muriel Spark es lo infinito de su interpretación; más allá de sus tramas, que en la mayoría de ocasiones son sencillas y evidentes, hay siempre un trasfondo que puede pasar desapercibido a simple vista, pero que encierra una visión humana cargada de ironía, perspicacia y crueldad. Los personajes de sus libros son elegantes, sobrios, correctos, muy british; pero dentro de cada uno laten deseos y miedos que se sobrentienden a lo largo de las narraciones y que ponen los pelos de punta. No sólo por lo tenebroso de algunos de esos comportamientos, sino por la cercanía que podemos intuir en todos ellos. La maldad, el egoísmo, la cobardía, la envidia… son pasiones que Spark retrata con sutil maestría, consiguiendo así que el texto vaya mucho más allá de la historia que está contando.

Esto se puede experimentar de manera palmaria en Los solteros, una novela que narra un acontecimiento casi banal, pero que encierra muchísimo más de lo que parece. La trama, como digo, es bien clara: Patrick Seton, un sedicente médium, afronta un juicio por supuesta estafa a una viuda a quien pidió dinero con argucias y que nunca devolvió. Alrededor de este personaje tenemos a una miríada de secundarios con mayor o menor importancia en esa historia: el abogado que ejerce como acusación; el grafólogo encargado de valorar el documento que acredita la falsificación que Seton llevó a cabo para estafar a la mujer; la dama que acoge las reuniones espiritistas donde ejerce el médium; la novia de Seton, embarazada y defensora acérrima de su inocencia; un doctor que proporciona drogas al médium debido a una información que éste posee y que puede acabar con su carrera; un joven y religioso irlandés, enamorado de la novia de Seton, cuyos remordimientos acerca del sexo le inquietan la conciencia… Toda una pléyade de personas que representan a tipos muy diversos y cuyas funciones en el desarrollo de la trama son bien diversas.

La genialidad de Muriel Spark estriba en poner en danza unos protagonistas que, más allá de la peripecia evidente (el juicio a Patrick Seton), actúan motivados por unos sentimientos que van desde el odio hasta la crueldad, pasando por el deseo o la venganza. Esos solteros a los que alude el título, y que en principio parecen ser un grupo con características cómicas, acaban conformando un muestrario de todo lo rastrero que puede esconder el ser humano en su interior. La escritura va mostrando de una forma sutil, morigerada, los rasgos vitales de unos personajes que comienzan provocando la hilaridad, pero que terminan causando una mezcla de pavor, repulsa y lástima.

Seton, por ejemplo, no es sólo un típico embaucador, sino que también acaba por revelarse como un hombre sin escrúpulos, guiado por un afán ególatra que va mucho más allá de la simple fama. Ronald Bridges, el grafólogo (y personaje central en la obra), es quizá un tipo digno de conmiseración debido a su fragilidad —sufre de epilepsia— y al rol de «adversario» frente a Seton. Sin embargo, también él esconde una personalidad egoísta, vanidosa, que sale a la luz cuando trata con personajes más débiles de un modo u otro. Marlene Cooper, la anfitriona de las veladas de espiritismo, parece una mujer crédula y banal, pero, como todos los demás, encierra una idiosincrasia malvada, rencorosa y tenaz. Todos los personajes, sin excepción, podrían ser calificados de «lobos con piel de cordero», si bien sólo a medida que avanza la lectura nos vamos dando cuenta de ello; Spark juega con la idea de mostrar un escenario con trazas de ironía para, poco a poco, cambiar los decorados y revelarnos aquello que se oculta detrás de las máscaras: un horror cotidiano, sutil, pero no por ello menos peligroso.

Los solteros, como otras obras de la escritora inglesa, es difícil de resumir o analizar por la cantidad de detalles que encierran sus páginas. Aquellos que gusten de la buena literatura, esa que nos exige un esfuerzo como lectores (pero que nos entrega a cambio suculentas recompensas), no deberían dejar pasar la oportunidad de acercarse a Muriel Spark. Seguro que no se arrepienten.

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1 Comentario

  1. Ignoro qué tipo de animadversión abrigaría Muriel Spark hacia el gremio de los solteros, pero alguna jugarreta importante debió hacerle en vida para merecer el vapuleo que le propina en esta su novela homónima. La trama no tiene piedad de ellos y los convierte, partiendo de esos célibes indolentes del inicio de la novela, que se solazan al reconfortante calor de la cama un matutino sábado, preocupados únicamente por los precios de los artículos de la compra diaria y el chismorreo en el pub, en seres despreciables, ruines, contradictorios e indecisos que se disuelven en una existencia insulsa de la que no son capaces de escapar, o bien no quieren, ya sea por comodidad o cobardía.

    Creo que, después de leer varias novelas de la escritora escocesa, – ésta es ya la tercera -, el rasgo que mejor define su obra es el de la sorpresa permanente. Nada en sus historias es lo que parece, porque, al final, casi todas las plácidas criaturas surgidas de su pluma acaban transformándose en figuras vivas que encarnan lo peor del ser humano. En “Los solteros”, Spark censura la superstición, la ignorancia y otras formas de falsa conciencia, capaces de precipitar por si solas acciones que rayan en lo diabólico, Patrick Seton es el instrumento perfecto de ellas.

    Me atrevería a decir incluso que en sus obras subyacen ciertos matices misantrópicos que podrían justificar la permanente negrura de todos los personajes. La crítica a todo y a todos, incluso a la iglesia católica, que no escapa muy bien en esta novela, podría ser consecuencia de ello, porque de lo contrario tiene difícil explicación la contradicción entre creencia personal, – según ella misma, su conversión al catolicismo en 1954 la salvó de una profunda crisis física y emocional -, y creación artística. A no ser que, como le ocurriera a la escritora norteamericana Flannery O’Connor, diferenciara claramente entre las dos y, aun manteniéndose siempre en permanente duda, se hubiera abocado a la religión como mera tabla de salvación personal: “La iglesia es la única que puede hacer llevadero el terrible mundo al que estamos destinados”, afirmaba la malograda autora nacida en Savannah.

    En cualquiera de los casos, la reseña acierta al hablar de los infinitos matices, que encierran todas las obras de Muriel Spark, y de las múltiples interpretaciones a que se prestan. Sus novelas, “Los solteros” no es excepción, no defraudan nunca, ni tampoco lo hace su estilo claro y acerado, repleto de humor e ironía, de esa ironía que ejercitaba no sólo en sus novelas sino también en su vida cotidiana. Sirva como ejemplo la respuesta dada a una pregunta que se le formuló, durante una entrevista en 1988, sobre cómo su idea de Dios podía justificar el Holocausto, Muriel Spark contestó lo siguiente: “Ello significa que Dios es a) bueno, o b) diabólico, o c) indiferente…”.

    Las tres novelas que he leído hasta ahora bien podrían recibir el calificativo de relatos cortos, – “Las señoritas de escasos medios” y “El asiento del conductor” superan el centenar de páginas por poco, y “Los Solteros”, la más extensa, no llega a las trescientas -, pero esta economía en la extensión no merma lo más mínimo su riqueza literaria. La catadura del muestrario de personajes presentados es tal que llega a asustar por su cercanía y también por la convicción de que detrás de cualquiera, nosotros incluidos, pueden esconderse los peores monstruos.

    Suscribo en su totalidad el consejo del Sr. Molina: “Aquellos que gusten de la buena literatura no deberían dejar de pasar la oportunidad de acercarse a Muriel Spark”.

    Un libro, en resumen, para divertirse y para disfrutar.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

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