Su pasatiempo favorito – William Gaddis

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Su pasatiempo favorito - William GaddisQuizá algunos de los seguidores de esta web hayan leído las elogiosas reseñas que hemos publicado de otros libros de William Gaddis (por el momento, Jota Erre y Los reconocimientos). Si ha sido así, sabrán que la escritura del autor estadounidense es ardua, profunda y muy exigente; en absoluto estas características constituyen un obstáculo, sino que, por el contrario, espolean al lector a bucear en un estilo cuyos vericuetos sirven para conformar por sí mismos una base para la historia o los temas que se tratan. Si en Jota Erre la trama giraba en torno a la educación, la ambición y el «sueño americano», y en Los reconocimientos se centraba en el mundo del arte y la cultura, en Su pasatiempo favorito tenemos al derecho y la justicia como ejes de la novela.

Aunque, como siempre ocurre en el caso de Gaddis, es difícil resumir el texto, podemos simplificar diciendo que el libro gira en torno al personaje de Oscar Crease, un profesor de historia cuyo padre es un prominente juez estatal. Después de ver que una obra teatral que escribió hace años se ha convertido en una exitosa película, interpone una demanda contra el director y la productora. Alrededor de este protagonista y de esta trama central orbitan unos cuantos secundarios, con sus propias historias alocadas: la hermanastra de Oscar, Christina, fiel esposa y abnegada hasta el extremo; su marido, Harry, abogado de un bufete prestigioso y tenaz trabajador; Lily, la novia de Oscar cuya ascendencia rural la ha marcado con unos padres extremistas y un exnovio maltratador… La lista de personajes curiosos y de vidas increíbles es larga. Todos ellos, de un modo u otro, se ven relacionados con el mundo de los juicios, los pleitos y los abogados, con consecuencias dispares, aunque en general desastrosas.

Gaddis aborda esa obsesión típicamente estadounidense por resolver disputas a base de demandas con una mirada irónica y casi cruel. Como afirma Oscar discutiendo con Christina:

Ésa es la cuestión Christina, si no fuera porque todo está cargado de desconfianza no habría un abogado por cada quinientos habitantes que además casi nadie puede permitirse, este país está construido sobre la competición la rivalidad el putear al prójimo, la sociedad entera se basa en la cultura del enfrentamiento, así funcionan los Estados Unidos […].

A lo largo del libro se presentan los textos de algunas sentencias (uno de los casos que lleva el juez Crease, por ejemplo, hilarante en grado sumo) que presentan, mediante un elaborado argot técnico, los resultados de las deliberaciones judiciales. El autor se sirve de ellos para retorcer ese lenguaje —ya proceloso de por sí— y mostrar la disparatada pretensión de algunos personajes de servirse de la justicia como herramienta para sus fines particulares. Y otro tanto sucede con algunas escenas que muestran interrogatorios, en este caso escritas en un formato teatral, y cuyo desarrollo es tan desopilante como sardónico.

Gaddis se sirve en esta ocasión de su elaborado uso del lenguaje para ofrecer al lector una visión descarnada del universo judicial. De hecho, en un momento de la obra el secretario del juez Crease sostiene que «la ley no es más que lenguaje», lo cual ilustra esa idea constante de que la predilección por los pleitos y las demandas no es más que una enrevesada maniobra que tergiversa los hechos gracias a las palabras. El juicio de Oscar contra los responsables de la película muestra a las claras que el arte, incluso la vida, provoca y genera dilemas que no son sencillos; tratar de darles solución con decisiones simplistas, mediante un enfrentamiento que no es más que dialéctico, no llega en absoluto a la raíz del problema. La ironía despiadada que destila la novela no es sino un reflejo cruel de esa aspiración absurda por el dinero y la salida fácil a problemas complejos.

William Gaddis vuelve a presentar en Su pasatiempo favorito una faceta de la sociedad (estadounidense en particular, aunque muchos aspectos sean válidos para cualquier persona o cultura) que preferimos pasar por alto, tomándola como inherente o aceptándola sin cuestionarnos qué es lo que se esconde bajo ella. Su estilo vitriólico y delirante, su narrativa incisiva y caótica, son las armas perfectas para poner de relieve esos aspectos oscuros que, sin embargo, conforman el mundo en el que vivimos. Una vez más, este libro confirma la idea de que Gaddis es uno de los mejores escritores del siglo XX, y que su obra, exigente y tenaz, debería contarse como lectura obligada para cualquier buen lector. Si no lo han descubierto aún, resuelvan esa carencia cuanto antes.

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1 Comentario

  1. Nunca, Sr. Molina, creo que estaremos tan en desacuerdo sobre un libro como en este caso. Tan profunda fue la herida que su lectura dejó en mí que, quizás, llevado por una vena de repentino masoquismo, plasmé mis impresiones por escrito para no olvidar el mal trago vivido.

    Aquí va por tanto el resumen de mi opinión sobre “Su pasatiempo favorito”:

    “Lo original queda separado de lo estrafalario por una línea indefinida que cada uno materializa de acuerdo a sus particulares gustos. Incluso estoy por decir que para determinadas personas ese espacio fronterizo no existe y por lo tanto cualquier extravagancia, sea del tipo que sea, es objeto de admiración: el culto a lo novedoso, a la permanente estridencia que arraiga tan bien en nuestras sociedades modernas.

    A qué vienen estas sentenciosas reflexiones, pues a que la literatura no escapa de modas y “Su pasatiempo favorito”, aunque escrita hace algo más de veinte años, no iba a ser una excepción a ello. Una novela extravagante surgida al amparo del descubrimiento de un nuevo autor del que poco o nada se sabía, un auténtico boom editorial, pero, ¿qué más?: nada, pura y llanamente nada.

    Puede que, como se publicita en la contraportada, el libro sea una denuncia descarnada del sistema judicial y de la sociedad americana, siempre ávida de dinero, pero el regusto final que queda tras la lectura de Gaddis es el de haber perdido el tiempo en una novela insustancial. Creo, y casi me atrevo a generalizar con el riesgo que ello entraña, que la característica definitoria más representativa de la llamada narrativa moderna norteamericana ( Pulitzers, National Book Awards y demás zarandajas a la cabeza) no es otra que la de la banalidad: una estructura ruidosa y llamativa para dar esqueleto a argumentos vulgares, unas cuántas diatribas, – fáciles, pues en el fondo lo expresado es extrapolable a cualquier tiempo antiguo o moderno -, unos diálogos ágiles e ingeniosos, – aquí, si se debe reconocer que Gaddis da muestras de cierta habilidad en ello -,… Pero al final, y a pesar de tantas pretensiones, la misma vacuidad desesperante de siempre. Pasas la última página y las huellas dejadas por la lectura son tan poco profundas que con el acto de cerrar el libro, se inicia el proceso de olvidarlo, y en este caso, más que en ningún otro, es cosa de agradecer.

    Aunque el ritmo febril de sus diálogos y su retranca humorística animan en un inicio la novela, el invento de William Gaddis acaba por hacerse insufrible, tanto que solo echando mano de mucha voluntad se consigue llegar al final del libro. Y es que el autor somete al lector a demasiadas pruebas difíciles de superar.

    El tema central de la novela, la demanda por usurpación de la propiedad intelectual de una obra de teatro, es presentado inmisericordemente desde todos los ángulos de vista posibles, tantos, y tan reiterativos son, que al final terminamos odiando cualquier cosa relacionada con ella, su elenco, su autor y hasta la Guerra de Secesión Americana donde se halla ambientada. Verse sometido a la tortura de la lectura del guion de “Una vez en Antietam”, con las consiguientes réplicas y contrarréplicas de los protagonistas de la novela, asistir a su estreno cinematográfico, a su representación televisiva, en fin, encontrarse con la dichosa obra hasta en la sopa resulta de una crueldad merecedora de castigo.

    Creo que ni la codicia humana, ni el egotismo de la sociedad americana, ni la iniquidad de su sistema judicial, por muy graves que sean, merecen bromas tan macabras como “Una vez en Antietam” o “Ciclón Siete” porque al final, no sólo Spot, todos salimos dañados.

    Del estilo de Gaddis nada destaco como no sea su pericia para los diálogos, a pesar del abuso de malentendidos que emplea en ellos, tantos que ocasiones algún protagonista parece rayar la frontera del “borderline”. Las licencias gramaticales, sobre las que advierte la traductora al inicio del libro, no las anoto ni en su debe ni en su haber ya que, en mi opinión, no refuerzan el mensaje transmitido; a fin de cuentas, para saber las bondades de la industria americana de defensa o la estafa de Wall Street no se necesita leer a Gaddis, basta con ojear las noticias diarias, y en la mayoría de ocasiones ni tan siquiera ello hace falta.

    Una ridícula obra maestra, fruto de los tiempos literarios cuasi baldíos que nos tocan vivir, que no hace sino reafirmarme en otras lecturas y otros autores más interesantes que Gaddis.”

    Yo, al contrario que la reseña, aconsejo que, si alguna vez alguien pasa por una librería y ve la portada de una señora blandiendo balanza y espada, huya despavorido. Si no lo hace se arrepentirá de ello como a mí me ha ocurrido.

    Un fuerte abrazo, Sr. Molina, y no tome a mal mi franqueza de lector chasqueado.

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