Chavales del arroyo – Pier Paolo Pasolini

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Chavales del arroyo - Pier Paolo PasoliniEscrita en un lenguaje que supera en ocasiones lo coloquial para situarse en lo arrabalero, “Chavales del arroyo” es una novela de desgarradora hermosura. Como una ventana que se abriera sobre los barrios bajos de la Roma de posguerra, permite ver un paisaje de chabolas, de descampados, de precariedad y miseria, que nos presenta una realidad bastante alejada de la dolce vita.

Y es que realidad es la palabra clave de esta novela de Pier Paolo Pasolini, que se centra en la vida de un grupo de muchachos romanos que, prácticamente indigentes, se ven obligados a buscarse la vida por las calles bulliciosas de la ciudad. Descuideros, camorristas, ladrones de poca monta y hasta prostitutos, Riccetto y su pandilla queman las etapas de un camino que conduce necesariamente desde la marginalidad hasta la ilegalidad.

La calle es el verdadero hogar de estos jóvenes que en casa no tienen ni comida, ni cariño, pero sí gritos y palizas. Su desprotección es total, la justicia sólo sabe de ellos para llevarles al correccional o a la cárcel. Librados a su suerte, sólo les resta emprender la lucha por la existencia en un entorno hostil que rara vez se muestra magnánimo para con ellos y donde su único consuelo es conseguir unas liras para pagar un vino o comprarse unos mocasines de puntera afilada con los que fardar.

A pesar de todo, un resto de inocencia pervive en ellos. Las actitudes de chicos duros camuflan deseos pueriles, enternecimientos de cachorros, ansias de jugar despreocupadamente. La habilidad de Pasolini para captar ese candor infantil que pervive débil en sus personajes, como una planta en un suelo árido, es tal vez el rasgo más logrado de la novela. A pesar de lo descarnado de la historia, el autor logra hacer ver por ese medio que es necesaria una reflexión sobre quiénes son los responsables últimos de que esa inocencia muera pisoteada.

Pero en las calles de Roma que pueblan estos muchachos esa reflexión está fuera de lugar. Las exigencias del día a día aconsejan que esas debilidades no sean jamás mostradas. Porque más allá del temor a pasar por blando ante los colegas del barrio, la menor muestra de fragilidad o flaqueza es un punto débil que se descubre a la vida, un flanco que se presenta al descubierto a su zarpazo mortal. Porque la muerte es la compañera inseparable de Riccetto y sus amigos. Por diversos medios se abre camino hasta ellos: son su cosecha, contradiciendo cualquier ley de vida. Los jóvenes harapientos que pululan por la ciudad van cayendo en un lento goteo y, aunque ellos se aferran a la vida con uñas y dientes, desde fuera es fácil opinar que la muerte puede ser una bendición en según qué circunstancias.

El mensaje pesimista que subyace en “Chavales del arroyo” no le resta sin embargo viveza a una obra de un realismo duro que se entrevera con acierto con un raro lirismo. Un realismo expresado a través de un lenguaje coloquial trabajado con preciosismo. Un lirismo que tiene su origen en la contemplación de los descampados quemados por el sol, de las infraviviendas y de las almas depauperadas de los chavales del arroyo.

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