Ciudadano romano – Antonio Portela

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Ciudadano romano - Antonio PortelaDe la mano de una pequeña editorial almeriense, El Gaviero (con un buen hacer meritorio), llega este librito de Antonio Portela. Y lo primero que cabe decir es que “Ciudadano romano” es un libro entrañable. No es un gran libro, ni siquiera me parece que pueda ser perdurable (si es que los libros de recuerdos —que no de memorias— pueden serlo), pero tiene una cualidad sentimental que hace que su lectura sea agradable y ensoñadora. Y puede que todo esto sea imposible de entender si el lector no ha estado en Roma. Me explico.

Portela recibió una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores para la ampliación de estudios artísticos, por la cual se envían a la capital italiana a unos cuantos jóvenes artistas para que desarrollen diferentes proyectos en sus respectivas especialidades. Algo similar a una Erasmus, pero mejor pagada y, sobre todo, con mejores vistas. El autor relata en el libro, a través de unas entradas que semejan un diario de bitácora, las experiencias de ese año gastado en absorber la atmósfera de una ciudad que, por encima de otras muchas cosas, es subyugante hasta la extenuación.

Libros que hablan sobre ciudades los hay por doquier; aquí, sin ir más lejos, hemos comentado el París de Julien Green y la propia Roma de Gógol. Quizá como literatura, como auténticos artefactos narrativos, muchos de ellos no valgan la pena. Pero es posible que a algunos haya que acercarse no tanto con la pretensión de conocer, sino con la de sentir. Por ese motivo este libro de Antonio Portela merece un rinconcito en el corazón de uno, porque su visión de poeta ha sabido captar esas imágenes sutiles que hacen de Roma una ciudad bella y prodigiosa, con sus contrastes y sus miserias.

Roma es una realidad que debe leerse. No basta con ver y conformarse. Padezco ‘avaritia Romae’. Se desea saber exactamente por qué hay esa grieta en la pared de este palacio, porque esta grieta no puede tener la misma contemplación en otra ciudad. Esta calle, por qué está aquí. Este templo que es ahora apenas un dibujo, por qué. Se percibe la radiación primigenia de Roma, como si describiese ella misma el origen de cada visitante occidental que pone un pie en sus calles. Todos, todos, somos romanos. Sus ruinas universales. […] Parece que llevara aquí dos milenios. Puedo ir a cualquier parte, pero sólo en la capital del mundo. Todo lo alcanzo. La hermosura, la melancolía. La vida. El miedo.

Lo cierto es que, más allá de esos momentos que tan bien observa (y plasma) el autor, este “Ciudadano romano” es poco más que una frivolidad de extranjero, un ancla de Portela para no zarpar de esa estancia que disfrutó y que, como no puede ser de otra manera, le marcó profundamente. De ahí algunos extractos dedicados a sus compañeros becarios, llenos de cariño y de añoranza. Y es que, como afirma Juan Bonilla en el prólogo: «El privilegio de esa vida regalada en un lugar tan bien situado, tan inolvidable, a unos doscientos peldaños del vívido barrio del Trastevere, a un paseo del centro de Roma, marca la personalidad, no sé si imprime carácter, pero a cambio estoy convencido de que te condena a la melancolía». (Y bien lo sabe Bonilla, que también fue, en su día, becario de la Academia.)

Por eso este dietario es sentimental, soñador, evocador, pero no tiene mayor sustancia. El que quiera extraer de él algo más que unos recuerdos personales se perderá en el vacío de contenido que encierra. Quizá sólo acercándose sin trabas exegéticas puede uno saborear esa ciudad escondida, que Portela ofrece a retazos, sabedor de que lo que tiene entre manos es una ilusión, un sueño pasajero que se esfumará en cualquier momento y al que se aferra con su mirada de poeta.

Los que hayan tenido la fortuna de estar o habitar en Roma, encontrarán en estas páginas muchas ilusiones veladas; los que no, puede que se formen una idea de la belleza de la ciudad eterna.

4 Comentarios

  1. He tenido el privilegio de compartir con Antonio Portela la estancia en Roma, una experiencia inolvidable por la propia ciudad que, cuando además se produce en un contexto de armonía y afecto como el que supimos crear los becarios de ese año, se convierte en única. Su libro me parece,sencillamente delicioso, transmite muchas emociones y tiene pasajes de gran altura poética, en mi opinión. Es, además, un texto honesto y limpio. Creo que El Gaviero ha acertado al publicarlo. Saludos cordiales.

  2. Perdonad que irrumpa de este modo en la conversación, pero me ha llamado la atención la frase de M. que dice: “A mí me parece que algunas veces le pedís a los libros cosas que no tienen que ser”.
    Creo que es un rasgo propio del acto íntimo que es la lectura el acercarse al libro con ideas propias, incluso preconcebidas, fruto, naturalmente, del bagaje cultural y personal que cada uno tenemos como lector. Luego, el libro desmiente o no esas ideas previas. Pero no me parece malo, al contrario, me parece natural, pedir algo al libro que leemos. ¿Qué significa pedir ‘lo que no tiene que ser’? ¿qué es ‘lo que tiene que ser’?
    Saludos.

  3. Hola M.:
    Lo que pretendía con el comentario era dejar claro que el libro no vale tanto por sus virtudes ‘literarias’ como por las emociones que despierta. Y esto quizá le sirva a alguien que quiera leerlo, en tanto irá advertido de que no es una novela, ni una ficción sobre Roma, sino una sencilla acumulación de anécdotas que pueden dejarle a uno frío si no sabe de antemano qué clase de libro es.
    Precisamente porque no le pedí nada al libro dado que sabía lo que tenía entre manos, quería aclararlo ante los ojos de los posibles lectores. Por supuesto, como tú insinúas, no todo va a ser grandísima literatura. A veces, un pasatiempo es suficiente; siempre, como digo, que uno sepa dónde se mete.
    Gracias por la visita y el comentario. Un saludo.

  4. Sr. Molina, ¿no crees que esas sentencias son un poco peligrosas?
    Va con cariño.

    Quiero decir: destacas varios aspectos que, a priori, parecen atractivos, para luego -a mi entender y sin haberlo leído, insisto- desvirtuarlo con comentarios tipo “esto no va a perdurar”, “es un pasatiempo”, “no tiene mayor sustancia”.

    A mí me parece que algunas veces le pedís a los libros cosas que no tienen que ser (y no me refiero a ser literatura, que podrá o no, tendría que echarle un ojo).

    Pues abrazos y a ver si lo pillo.

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