Claus y Lucas – Agota Kristof

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Claus y Lucas - Agota KristofAgota Kristof es una escritora de renombre mundial y su obra, no muy extensa, cuenta con el reconocimiento del público lector. Claus y Lucas reúne sus novelas más relevantes: El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira. Estás novelas componen una trilogía que pretende dibujar el rostro de la Europa dividida en dos bloques tras la Segunda Guerra Mundial, el comunista y el capitalista.

El gran cuaderno cuenta la historia de dos hermanos gemelos, Claus y Lucas, que son recogidos por su abuela durante la guerra. Los hermanos, niños muy peculiares, comprenden enseguida que deben adaptarse a un mundo hostil y empiezan un entrenamiento para estar preparados para el sufrimiento en cualquiera de sus formas. Esa preparación, junto con sus vivencias, es recogidas en un cuaderno escolar.

Escrito en primera persona del plural, como si Claus y Lucas fueran una única persona que piensa, habla y actúa al unísono, El gran cuaderno es sin duda una obra muy interesante. De hecho, tiene un final que es más que sorprendente, es sobrecogedor.

Al volver la última página, una se alegra de que todavía le aguarden dos novelas más y se adentra en la historia de La gran prueba con expectación. Pero ya en las primeras páginas comprende que el tenor de la historia ha cambiado.

En La prueba, Claus y Lucas se han separado y la novela se centra en Lucas y en su vida durante la posguerra. La guerra ha terminado y el país ha quedado tras el telón de acero. El nombre del país nunca se nombra de forma específica, pero resulta fácil colegir que se trata de Hungría, la patria de la autora, aunque precisamente ese país innominado actúa como representación de tantos países que fueron atraídos, por fuerza o de grado, a la órbita soviética.

La prueba, como novela, resulta algo floja. El trasfondo político y social del país comunista queda como un telón de fondo poco preciso, un tanto desdibujado. El dolor y la extrañeza de Lucas, separado ahora de Claus, no tiene el suficiente recorrido. Y los ires y venires de Lucas, sus amores y amistades y su vida cotidiana tienen un interés relativo. Pero antes de que el tedio llegue a invadir al lector, Agota Kristof introduce hábilmente una vuelta de tuerca que vuelve a dar un vuelco a la novela en el último capítulo.

Y así llegamos a La tercera mentira, cuyo protagonista es Claus. Un Claus adulto que regresa a la ciudad en la que pasó su niñez con la intención de encontrar a su hermano. La última novela presenta por tanto la llegada de Claus a la ciudad y su deambular por la misma, en busca de las calles y rincones en los que transcurrió su infancia. Pero a lo largo de La tercera mentira empieza a vislumbrarse una realidad que modifica por completo todo lo que el lector sabe hasta el momento de la historia de Claus y Lucas.

El conjunto de las tres novelas puede entenderse por tanto como un divertimento literario, pensado para sorprender al lector. Solo la primera novela podría leerse de una manera independiente, y hace falta leer la trilogía completa para comprender el rompecabezas que Agota Kristof concibió. En ese caso, pretender que Claus y Lucas es una alegoría de la Europa separada por dos ideologías antagónicas es desatinado. El trasfondo de la guerra y de una Europa dividida es sólo una herramienta de la que la autora se vale para poder dar cuerpo a su historia. Lo que sucede en Claus y Lucas solo podría suceder en ese mundo convulso de separaciones forzosas, cuando el ser humano es, más que nunca, incapaz de ser dueño de su propio destino.

Ahora bien, ¿puede una novela no tener otro mérito que jugar con el lector? No lo creo. Si el autor pretende jugar con el lector, lo correcto sería que hiciera partícipe al lector desde el principio. Reservarse información e ir asestando con ella golpes a un lector por completo desprevenido no deja de ser juego sucio. Cambiar de golpe la fisonomía de la historia a base de sacarse conejos de la manga es una treta, cuando no una burla descarada, pero no literatura. Un buen escritor es el que trata al lector de igual a igual; el que pretende engañarle con juegos de manos puede ser un trilero, pero no un escritor.

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