Como un ladrón – André Thérive

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Como un ladrón - André ThériveÉste ha sido mi primer acercamiento a la obra de André Thérive, uno de los creadores del populismo; y creo que no ha podido resultar más afortunado porque “Como un ladrón” me ha parecido una novela completa, equilibrada, perfecta.

“Como un ladrón” son las memorias de un sexagenario, Hippolyte Messay, hombre de letras y misántropo, quien comienza a escribir sus confesiones aun sabiendo que el destino de éstas será probablemente acabar en el cesto de los papeles. Pero es ése un último golpe que le resulta divertido asestar a su orgullo, del que ha tratado de librarse a lo largo de su vida.

Messay es un nihilista, un hombre dolorosamente consciente de que la vida es un parpadeo, una corriente que fluye hacia un sumidero que se lo ha de tragar todo. Al avanzar los años, ese pensamiento ha fraguado en su cabeza de tal manera que su única pretensión ha sido no aferrarse a nada, despreciar los así llamados dones de la vida, renunciar a cualquier intento fútil de tratar de dejar una huella, sabedor de lo vano de un esfuerzo destinado a ser borrado por completo por el paso del tiempo.

Para Messay somos apenas mientras existimos, y todos nuestros afanes no pueden ocultarnos que somos poco más que una sombra que enseguida habrá pasado; y esa consciencia, para él meridiana, rige su vida pero, a su vez, es causa de una tremenda exasperación al contemplar la despreocupación con que sus congéneres buscan la gloria o el dinero, se reproducen y persiguen quimeras vacuas.

La vida para Messay es poco más que la espera de la nada que se tragará todo, y aunque lleva la vida retirada de un solterón, inevitablemente ha establecido relaciones que le acercan al mundanal ruido: un anodino compañero de trabajo, un sobrino dedicado a turbios negocios o una interesante dama de pintoresco pasado.

Y la narración de esas relaciones, junto con diversos recuerdos de su vida que Messay va desgranando, suponen el contrapunto necesario para una obra que, de otra manera, tal vez destilase demasiada amargura y nos recordase demasiado nítidamente lo fugaz y contingente de nuestra estancia en el mundo. Pero esas historias, que se mezclan en la medida justa con la visión escéptica de Messay, confieren atractivo a la narración.

En esos recuerdos vemos el germen de la cosmogonía de Messay, y en el relato de su vida cotidiana, su intento de poner ésta en práctica. Aunque parece que, precisamente cuando el tiempo comienza a agotarse y más que nunca es necesario mirar a la nada que se aproxima de frente, la vida tiende mil lazos a Hippolyte Messay.

Uno de esos lazos es la historia chusca pero trascendente de que le tomen por un cura que se ha apartado de la Iglesia, por un renegado. Es decir, por alguien que, en algún momento, ha defendido la idea contraria: que al final no nos aguarda la nada, sino precisamente la plenitud.

Y, aunque confusamente, Messay comprende que se ha negado a la vida precisamente por temor a ese momento final, el momento de caer en la nada y renunciar a todo. Ha vivido permanentemente bajo la sombra del temor a la muerte. Pero la muerte tal vez no sea el vació que él pensaba, sino que, de alguna manera, es únicamente el momento de retornar a la esencia de la vida, regresar al pensamiento primigenio que engendró el mundo y donde confluyen todos los seres que han sido y esperan todos los que serán.

Y así, la muerte es como un ladrón, que llega en mitad de la noche, de manera inesperada. Pero la esencia de la vida permanece y, antes o después, todos acabamos por reconocernos parte de ella.

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