Mil cretinos – Quim Monzó

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Mil cretinos - Quim MonzóUno ha leído mucho a Quim Monzó, y siempre con admiración y deleite. Como muchos otros, considero que es uno de los cuentistas más insignes de la literatura actual (en cualquier lengua), por no decir, sin ambages, que es uno de los mejores escritores. «Mil cretinos» tiene relatos que lo reafirman como tal, pero también tiene piezas que revelan un agotamiento de sus fórmulas, una especie de cansancio narrativo que conduce a la reiteración de tópicos y esquemas. Lo cual, confieso, es una lástima.

El libro se divide en dos partes: la primera contiene siete cuentos y la segunda doce, más breves. Es precisamente en éstos últimos donde se aprecia más la redundancia del escritor en ciertos procedimientos literarios, su abuso de un estilo que domina —es indudable—, pero que también agota. Así ocurre en ‘Treinta líneas’, que puede considerarse más como un ejercicio de estilo algo naif que una burla de los tópicos sobre el cuento. O en ‘Muchas felicidades’, donde el autor explora de nuevo los lugares comunes de las relaciones de pareja, pero con una perspectiva previsible y que roza lo trivial; y lo mismo sucede en ‘Shiatsu’ o en ‘El tenedor’. Parece como si Monzó, alcanzado ya el dominio total de su estilo (y repito que eso es un hecho incontrovertible), se limita a aplicarlo a diferentes temas, sin reparar en la variedad de enfoques que éstos necesitan o en la necesidad de visiones distintas que requieren. Hay algunos de estos relatos cortos que escapan a estas limitaciones: ‘El reborde desusado’, por ejemplo, aborda con humor el flirteo entre dos personas que pergeñan argucias intelectualoides como excusas para su acercamiento; sin ser nada especial, la sencillez del texto y la socarrona verdad que lo sostiene lo convierten en un buen relato. Otro tanto ocurre con ‘Otra noche’, una nueva vuelto de tuerca al matrimonio y a las rutinas amorosas, pero desde una visión curiosa y elegante, que rehúye el lugar común y evidencia nuestros hábitos más insospechados.

Si bien Monzó parece perder fuelle en esas piezas breves, lo cierto es que en la primera parte del libro tenemos algunos cuentos verdaderamente brillantes. ‘La alabanza’ es un relato con un tema más o menos manido (el escritor reconocido que se ve amenazado por el literato joven y audaz), pero tratado con una malicia sagaz, una mirada traviesa que revela tanto la desidia y el miedo de Broto —el narrador de éxito— como la impertinencia disfrazada de admiración de Guillot —el autor novel; la (involuntaria) relación que se establece entre ellos y su progresivo cambio de roles conforma una historia cínica, pero real, que imagino guardará muchas similitudes con la vida literaria de nuestros días.

‘La llegada de la primavera’ es el mejor relato del libro: por su belleza contenida, por su trasfondo devastador de puro triste y verdadero. La magistral habilidad de Quim Monzó para teñir de simpatía las historias más terribles se observa aquí sin trabas, en todo su esplendor. La relación entre un hijo y sus padres ya ancianos es ofrecida al lector con una amargura brutal, una sinceridad sin un ápice de delicadeza, pero con una pátina de ternura que sólo Monzó es capaz de dar. La combinación entre lo angustioso de la vida cotidiana y la ironía que siempre encierra encuentra en este relato un equilibrio soberbio.

Ese sufrimiento que ocultan nuestras vidas en apariencia normales sale a relucir en otros cuentos, como en ‘Sábado’ o en ‘El señor Beneset’, quizá más socarrón el primero y más sombrío el segundo, pero con un fondo casi idéntico. El autor se sabe capaz de ofrecer al lector unos instantes escogidos como al azar en las existencias de seres mundanos, sin rasgos distintivos, pero que atesoran sentimientos reconocibles; quizá por eso resultan tan turbadores algunos de estos relatos, por las similitudes que todos podemos hallar en ellos con nuestras vidas, por los secretos que todos callamos, pero que todos compartimos.

Aunque «Mil cretinos» no es, ni de lejos, el mejor libro de Quim Monzó, sí tiene dos o tres piezas dignas de contarse entre sus mejores creaciones. Por la brillantez del estilo, que alcanza en ocasiones una perfección deslumbrante, y por la mirada penetrante y cáustica del autor, que consigue desnudar la naturaleza humana mediante la sátira más dolorosa. Esa naturaleza oculta es revelada con sencillez, pero en profundidad: el escritor no oculta su perplejidad ante determinados actos o comportamientos (véase ‘El tenedor’, por ejemplo), ni pretende ofrecer revelaciones que mitiguen la angustia. Se limita a poner delante de nuestros ojos lo peor y lo mejor de nosotros mismos; algo, por cierto, no tan sencillo de hacer como parece. Y en ese gesto se descubre la magistral mano de Monzó para llamarnos la atención con su prosa directa y contundente. Esperemos que su mirada no pierda (no esté ya perdiendo) ese mordiente que la hace tan especial.

2 Comentarios

  1. No es su mejor libro de cuentos, pero como dices tiene piezas de altura. En cada uno de sus libros hay un par de cuentos que, en mi modesta opinión, son de lo mejor de la literatura actual.

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