Compañía K – William March

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Compañía K - William MarchEl soldado William Edward Campbell, conocido en el mundo literario como William March, como muchos otros combatientes de la Primera Guerra Mundial, escribió ya en casa sus vivencias durante la contienda.

En Compañía K, March construirá su historia dando voz a cada uno de los integrantes de una compañía (de cualquier compañía, en cualquier guerra): cada uno de ellos  narra en primera persona una anécdota, un suceso, una reflexión acontecida durante la lucha. De esta forma, la unión de cada una de sus narraciones, plena de sentido por sí misma, contribuye a crear un todo que arroja la imagen descorazonadora de la sinrazón de toda guerra.

Pero a través de estas piezas, March no solo logra presentar los horrores del día a día durante la contienda, también señala las distintas maneras (tantas como hombres) de entender la guerra. Mientras unos tienen claro que se lucha por intereses económicos, otros prefieren no saberlo y aferrarse a las hermosos ideales del honor y la patria; y los más cínicos se conforman con aceptar las reglas del juego:

La guerra es un negocio como cualquier otro, es evidente, y para llegar a alguna parte hay que ajustarse a sus peculiaridades y jugar las cartas tal y como te han sido repartidas.

La defensa de la patria, de los valores y de dios forma parte de la cultura popular de los combatientes, que han aprendido en casa a venerar lo que en las trincheras descubrirán que son tan solo palabras huecas. A fin de cuentas el enemigo también lucha por dios y la patria y, como señala un soldado, si la patria es distinta, dios es el mismo. Y eso no impide que ambos ejércitos recen pidiendo la aniquilación del contrario.

Pero la mentira sobre la que se asienta la lucha debe mantenerse, por eso un soldado cuenta como rompe la carta que había escrito a la madre de un hombre caído en combate, describiendo la horrible muerte de su hijo en defensa de las palabras inanes en las que ella le había enseñado a creer.

Vivió como un animal asustado, pasando frío y hambre. Entonces, el día 6 de junio, le alcanzó un pedazo de metralla y sufrió dolores horrorosos mientras agonizaba lentamente. Nadie hubiese creído que pudiera sobrevivir aquellas tres horas, pero así fue. Pasó tres horas enteras entre gritos y maldiciones. Verá, no tenía nada a lo que aferrarse: había aprendido hacía tiempo que lo que usted misma, su madre, que tanto lo quería, le había enseñado a creer mediante unos sustantivos tan inanes como honor, valentía y patriotismo era una enorme mentira…

El miedo, el hambre, las deserciones, las muertes absurdas y en absoluto heroicas tiene su lugar entre los relatos de los combatientes. Pero también hay sitio para anécdotas divertidas, gestos de camaradería y actos de valor, todo ello contado con un estilo llano, sencillo y coloquial.

Y siempre, como en casi todas las novelas sobre la guerra, el descubrimiento (que acaba por convertirse en fuerte convicción) de que el enemigo está formado por seres humanos como uno:

Sin embargo, todos habíamos aprendido algo: si los soldados rasos de cada ejército pudieran reunirse a la orilla de un río para hablar tranquilamente de las cosas, no habría guerra que durara más de una semana.

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