Cruces – Miguel Albero

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Cruces - Miguel AlberoLos cruces, dice Gabriel Lumeo en su intrálogo (un prólogo situado en la mitad del libro, en lugar de al comienzo), son «dos relatos en uno, dos historias mínimas que se cruzan para trazarnos un pequeño mundo, un mundo que a veces es uno sólo y a veces son dos, o muchos mundos contenidos en dos mundos». Aunque la definición, como casi todas esas cosas que se dicen en las presentaciones de las obras, sea un tanto pretenciosa y rocambolesca, lo cierto es que la primera parte de la misma hace honor a la verdad; la segunda, no tanto.

Miguel Albero ha reunido en este libro docenas de esos cruces que (recurro de nuevo a la información del intrálogo) inventara Ramón Gómez de la Serna, practicaran Borges y Bioy Casares y, por último, perfeccionara hasta la extenuación George Pérec. Algunos son simples divertimentos, otros resultan más elaborados y los más son simples historias enlazadas con mejor o peor fortuna.

El humor que destila la escritura de Albero es lo que dota a estos cruces de una mayor calidad, ya que las historias, en gran parte de las ocasiones, no dan para mucho. Ignoro si las tramas que el autor enlaza son fruto de un azar absoluto o están ideadas para cruzarse de forma intencionada, pero muchas veces la lectura hace que la impresión se incline más por la primera opción que por la segunda. El ingenio y el humor son unas buenas bazas para evitar que esas historias se queden en anécdotas, y es por ello que algunas piezas del libro son dignas de elogio. El estilo del escritor es irónico y juguetón, idóneo para jugar con esas tramas y elaborar un todo con sólo unas deslavazadas partes. En algunas ocasiones esa urdimbre resulta cómica, en otras cáustica y en otras agridulce, pero la sonrisa asoma cuando se termina la lectura; la comparación con unos ingeniosos aforismos es, muchas veces, inevitable.

No obstante, y como ocurre cuando hablamos de dichos o sentencias, las más de las veces la ocurrencia y el azar al que se la somete no logran componer un texto de calidad. Hay algunos cruces en los que las dos tramas apenas alcanzan a tener puntos en común: no ya en cuestión de forma o tema, sino en lo que atañe al fondo del asunto. Suele ocurrir en muchas de las piezas que sólo una de las historias atesora cierto interés, cierta profundidad, y la otra ejerce como una comparsa que nadie hubiera invitado al baile. El estilo desenfadado de Albero consigue salir airoso de algunos de estos textos, pero otros permanecen como reflejo de lo difícil que resulta forzar mucho el lenguaje para lograr un resultado. El juego, el retruécano, funcionan de manera aislada cuando existe algo (un tema, un personaje, un motivo) a lo que hacer referencia; sin eso, la escritura queda desvalida, mostrando la inexistencia de un andamiaje que la sustente.

Quizá “Cruces” hubiera sido mejor con unos cuantos textos menos, una criba que hubiera seleccionado aquellos que tienen un fondo sustancioso, o al menos ingenioso; y, como dije, hay unos cuantos que cumplen esas condiciones con acierto. Si no se es demasiado exigente, una lectura esporádica de este libro puede deparar momentos de inteligente diversión; en pequeñas dosis, “Cruces” es una obra ocurrente y a ratos mordaz, con destellos de buena literatura.

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