Cuando el diablo salió del baño – Sophie Divry

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Cuando el diablo salió del baño - Sophie DivryHay novelas cuya forma, cuyo estilo, hace sombra inevitablemente a lo que se cuenta. En algunas ocasiones esta característica es premeditada por parte del autor, que prioriza la experimentación formal por encima del fondo; en otras es fruto de una concepción fallida del conjunto narrativo, o de un descuido del escritor. Creo que este es el caso de Cuando el diablo salió del baño, una obra interesante de la francesa Sophie Divry que, sin embargo, naufraga debido a la gratuita acumulación de artificios narrativos que ocultan cualquier atisbo de trama.

El demérito viene provocado por la intención de confrontar la ligereza de la narración —trufada de juegos tipográficos, excursos, apelaciones al lector, enumeraciones, etc.— con la seriedad de la historia. Una joven aspirante a escritora en paro ve cómo sus ingresos desaparecen mientras se ve incapaz de conseguir un trabajo. Lo que en principio se narra como una situación complicada deviene en una desesperación creciente… que no se llega a concretar.

Sophie Divry parece estructurar el libro en torno a una idea atractiva, pero el énfasis recae en la forma. Al más puro estilo surrealista, la narración es un constante juego con el lector: se alternan momentos de una seriedad terrible (los menos) con escenas desopilantes, estrambóticas o directamente absurdas. Se puede inferir que el propósito de la escritora es el de restar seriedad a unos hechos que, de otra forma, podrían llegar a ser dramáticos; no obstante, en opinión del que suscribe ese intento es fallido y lastra la novela de manera irrevocable.

Quizá el problema estriba en que la obra se arma a partir de la experiencia de la protagonista. Su vivencia, aunque edulcorada mediante un estilo lúdico y chispeante, no deja de resultar cercana, importante; es difícil volcarse en el aspecto desenfadado de una narración alocada cuando los primeros compases del texto nos han involucrado en una historia conmovedora (por humana y cotidiana). De ahí que Divry no termine de acertar con un tono que introduce de forma abrupta excursos irónicos en los momentos más duros de la trama; así, la pérdida del subsidio de desempleo o una desangelada entrevista de trabajo se tornan, por la magia de un lenguaje desaforado, en escenas vitriólicas con artificios tipográficos, historias rayanas en ll pornográfico o incluso… ¡auténticos diablos!

En cierta forma, Cuando el diablo salió del baño entronca con la tradición de la novela satírica que arranca en el siglo XVIII con ilustres autores como Diderot, Voltaire o Sterne. La diferencia estriba en que Divry se centra en el aspecto formal de la obra, en epatar al lector con una prosa exuberante, mutable y esplendente; sin embargo, la historia que hay detrás queda arrumbada tras los fulgurantes fuegos de artificio ornamentales que construye a su alrededor. Es imposible saber dónde acaba la mofa y empieza la crueldad; cuándo la voz protagonista clama por su desgracia o expele trabalenguas postmodernos. Como lectores no podemos estar seguros en ningún momento de lo que se nos cuenta, ya que la autora no ha delimitado con exactitud el terreno en el que se mueve; parece que lo más fácil haya sido elaborar epigramas ingeniosos y caligramas humorísticos con el único objeto de ocultar la incapacidad de llevar una historia tan llena de aristas y sutiles detalles a buen puerto.

Cuando el diablo salió del baño tiene momentos realmente divertidos, es cierto, así como un par de escenas que revelan a una escritora comprometida con la realidad social de nuestro mundo. Sin embargo, el estilo elegido para dar forma a esta historia le ha jugado una mala pasada, hurtando cualquier atisbo de seriedad a su trama y ofreciendo solo una narración flamígera, pero vacua.

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