Cuentos completos – Robert Louis Stevenson

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La imagen que uno tenía de Robert Louis Stevenson como escritor venía marcada por su marchamo de escritor para niños y adolescentes, por su isla del tesoro y su señor Hyde. Ya al leer sus reflexiones en El arte de escribir descubrí un autor inteligente, preocupado por los entresijos de su oficio y de una claridad de visión insólita. Ahora, con la lectura de estos Cuentos completos que tan bellamente ilustrados editó Mondadori (con magníficas obras de Alexander Jansson), me he topado con un escritor de raza, un auténtico contador de historias que hace que cualquiera que se sumerja en sus páginas recuerde la ilusión que representa una lectura apasionante.

El único demérito que se puede achacar a la mayor parte de estas narraciones es la falta de interés por parte del autor en presentar unos personajes de talla memorable; Stevenson se centra en la acción, en la trama, en el episodio sorprendente, y el resto de elementos del texto se tornan accesorios y sólo funcionan como complementos en pos de un objetivo claro: sorprender y emocionar al lector. De ahí que los cuentos en los que mejor se desenvuelve el escocés sean los de temática más oscura y fantástica, tales como «El Club de los Suicidas», «El diamante del rajá», «La Isla de las Voces» o «El ladrón de cadáveres». Con todo, lo cierto es que los protagonistas de algunos cuentos revisten una hondura que se basa más bien en el misterio que en la complejidad de su personalidad: buena muestra de ello es el —terrorífico— monólogo interior que se da en «Markheim» (una oscura fábula, en la línea de su archiconocido «El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde»), en «Will el del molino» (una hermosísima historia sobre nuestros deseos y la posibilidad —o no— de cumplirlos) o el doctor Desprez, protagonista de «El tesoro de Franchard», una creación simpática y con multitud de dobleces. En estos ejemplos se puede observar la maestría de un escritor que podía, cuando así lo consideraba necesario, crear personajes de una profundidad majestuosa.

Por otra parte, el don de Stevenson para la invención de historias y la originalidad se pone de manifiesto con especial luminosidad en sus «Cuentos de las noches en las islas»: narraciones ambientadas en las islas del Pacífico Sur y en las que la sensualidad se da la mano con una atmósfera exótica para servir de marco a tramas de comerciantes, marineros y nativos; alguno incluso está construido al estilo de los antiguos cuentos orales, transmitidos de generación en generación, como «El diablo de la botella». En general, todos ellos comparten un estilo desenfadado y pintoresco, no sólo por los protagonistas, sino por la curiosidad de unas tramas desusadas que relacionan la visión occidental y europeísta con la vida (completamente diferente, claro está) de los habitantes de aquellos parajes.

Como resumen, se puede decir que la mayoría de estos relatos sorprenden por su acabado: lejos de ser narraciones de entretenimiento (en el peor sentido de la palabra), el autor escocés se muestra como un escritor muy preciso, interesado por las tramas sólidas y por hacer del texto una aventura total, que no sólo embelese por su desarrollo sino que plantee preguntas al lector. Quizá por ello algunos de los finales, en un giro muy contemporáneo, quedan abiertos y apenas ofrecen posibilidades de interpretación concreta; es en estos relatos («Un sitio donde pasar la noche», «Los juerguistas» u «Olalla») donde asoma el Stevenson más maduro, más completo. Merece la pena leer estos Cuentos completos sólo por recorrer algunos de esos relatos que sorprenden por una profundidad alejada de lo trillado y rebosante de vitalidad.

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2 Comentarios

  1. Marcel Proust afirmó hace mucho tiempo que Stevenson era uno de los grandes escritores del siglo XIX, y creo que ha sido la élite burguesa seudo intelectual del siglo XX la que, tras introducirse en los campos del estudio de la experimentación vanguardista de los años 20 y 30 (Joyce, Wolff), ha desdeñado su importancia real y su influencia en la literatura de varias generaciones.
    De esa forma, algunos de los prejuicios que en su día se impusieron como argumentos, se mantienen hoy día hasta las páginas de esta crítica de arriba, como por ejemplo, que «El extraño caso del doctor jeckyll y mister hyde» sea una pieza «juvenil» (no entiendo que deba serlo, tanto como pueda ser considerado una obra para mayores de 60 años o menores de 5) o que el género de aventuras sea un género menor, o infantil.

    Esto, a mi juicio, se deriva de un hecho muy concreto: la literatura moderna y, sobre todo, la posmoderna ha fijado sus bases en el manejo de construcciones verbales que tienen al «yo» por encima del argumento; los monólogos interiores y las experiencias «vitales» han encerrado a las tramas de aventuras o acción en un campo de los clichés y los prejuicios. Hoy una novela de argumento debe ser histórica o seudo histórica para alcanzar el beneplácito de la crítica. Stevenson hizo lo que le dio la gana, y abarcó sin prejuicios numerosos géneros sin preocuparse de lo que luego, en el siguiente siglo, muchas personas iban a encapsular en géneros «mayores» y «menores». Un cuento de hombres lobo como Olalla merece una revisión profunda, a la vez que se debe reivindicar a uno de los autores más imaginativos, variados y singulares que dio la literatura de todas las épocas. Por si fuera poco, también se debe reivindicar su prosa elegante y su capacidad de manejar la sicología de sus personajes.

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