Desobediencia civil y otros escritos – Henry D. Thoreau

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Desobediencia civil y otros escritos - Henry D. ThoreauEn estos tiempos que vivimos quizá es más necesario que nunca saber qué es la desobediencia civil y cuáles son los orígenes del concepto. Si bien estos se pueden rastrear muy atrás en la historia, no cabe duda de que Henry David Thoreau asentó el término con el ensayo del mismo nombre, con el cual quiso dejar clara su postura de rechazo ante la guerra que Estados Unidos entabló con México con el propósito (no declarado) de ampliar su territorio para mejorar su floreciente industria del algodón. Thoreau decidió no pagar impuestos para expresar así su opinión contraria ante lo que consideraba como una injusticia y una ilegalidad, decidiendo así desobedecer al gobierno sin recurrir a ningún tipo oposición violenta.

El precedente que sentó el pensador estadounidense fue sencillo, pero importante: poner en duda que la praxis de un gobierno, incluso aunque haya sido elegido democráticamente (lo cual ya entraña dudas…), haya de ser correcta per se. El propio autor lo explica:

El gobierno por sí mismo, que no es más que el medio elegido por el pueblo para ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de originar abusos y perjuicios antes de que el pueblo pueda intervenir.

De ahí que el interés de Thoreau sea justificar su actuación como hombre libre y responsable, no como ciudadano:

Yo creo que debiéramos ser hombres primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo.

En este punto la disertación del ensayista corre el riesgo de apuntar hacia un caótico estado de cosas; sin embargo, hay que recordar que estamos hablando de desobediencia civil: es decir, de un enfrentamiento contra determinadas leyes o reglas, no contra el conjunto del sistema. De hecho, Thoreau llama a la constitución en su ayuda cuando recurre al recurso a la revolución, que está recogido en las cartas fundacionales de algunos estados norteamericanos.

No obstante, descontento con el funcionamiento de ese sistema de representación, el autor arremete contra los representantes políticos, a los que acusa de preocuparse sólo de sus intereses y no valorar el bien común. Y también apunta al ciudadano que, por incuria e inacción, delega en esos representantes la responsabilidad que debe ejercer como ciudadano que pertenece a una comunidad.

Yo creo que el hombre respetable como tal ya se ha escabullido de su puesto y desespera de su país, cuando es su país el que tiene más razones para desesperar de él. Inmediatamente acepta a uno de los candidatos elegidos de ese modo como el único “disponible”, demostrando que es él quien está “disponible” para cualquier propósito del demagogo.

Por eso Thoreau insiste en la necesidad de una actuación: no violenta, pero sí enérgica. «Hay leyes injustas», afirma, «¿nos contentaremos con obedecerlas o intentaremos corregirlas y las obedeceremos hasta conseguirlo? ¿O las transgrediremos desde ahora mismo?» Es este punto el que sienta las bases para la definición de desobediencia civil: una oposición al sistema desde dentro, transgrediendo sus propias normas cuando el ciudadano entiende que éstas son eminentemente injustas.

De hecho, para el autor es casi una obligación el que las personas tengan una actitud crítica hacia sus gobiernos; y, por supuesto, que ejerzan su derecho a la protesta y a la oposición cuando lo consideren necesario.

Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría. Pero cuando se opone con todas sus fuerzas, es imparable. Si las alternativas son encerrar a los justos en prisión o renunciar a la guerra y a la esclavitud, el Estado no dudará cuál elegir. Si mil hombres dejaran de pagar sus impuestos este año, tal medida no sería violenta ni cruel, mientras que si los pagan, se capacita al Estado para cometer actos de violencia y derramar la sangre de los inocentes. Ésta es la definición de una revolución pacífica, si tal es posible.

La conclusión obvia del ensayo es que la autoridad del Estado no es tal si se ejerce en contra de la opinión del pueblo al que (supuestamente) representa. No hay mejores palabras para definirlo que las del propio Thoreau:

La autoridad del gobierno, aun aquella a la que estoy dispuesto a someterme […] es todavía muy impura. Para ser estrictamente justa habrá de contar con la aprobación y consenso de los gobernados. No puede ejercer más derecho sobre mi persona y propiedad que el que yo le conceda.

Una excelente y clarificadora lectura que hoy día es más necesaria que nunca.

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