Dissipatio humani generis – Guido Morselli

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La editorial Laetoli, en su colección Maestros del siglo XX, ha publicado media docena de títulos de lectura imprescindible; tan buen hacer, tan exquisita selección, puede explicar la demora entre la aparición de un título y el siguiente, que espolea los anhelos del lector. Para cerrar el año, nada mejor por tanto que una joya como Dissipatio humani generis, en la que Guido Morselli narra la odisea, de tipo más bien intelectual, del último hombre sobre la tierra tras la desaparición del género humano.

Escrita en el tono de una reflexión ininterrumpida, como un diario que el superviviente anotase en su memoria, la narración se centra en las causas, consecuencias y contingencias de lo que el narrador y protagonista pasa a llamar el Acontecimiento. Y precisamente el enfoque especulativo de la historia, que la aleja de la ciencia ficción para acercarla a la filosofía, es el máximo acierto de una obra sorprendente.

Morselli no deja de lado en la narración aspectos de índole pragmática: la búsqueda de otros supervivientes por parte del único, su abastecimiento en las cocinas de hoteles desiertos, su merodear por calles abandonadas; tampoco obvia, aunque no se detenga especialmente en ello, el estupor y el terror que embargan a un hombre que una mañana descubre que todos los seres humanos han desaparecido; pero sobre todo se centra en la cogitación de un hecho asombroso, abordándolo desde diferentes perspectivas. Y ese es precisamente el punto fuerte de Disspatio humani generis: que donde otros autores se hubieran ceñido a lo anecdótico, Guido Morselli deja patente que el ser humano, esa criatura inquieta, curiosa, casi siempre amante de lo metafísico, no podría evitar rendirse a la necesidad de especular.

De este modo, el superviviente se plantea en primer lugar el sentido del Acontecimiento como hecho que, en cuanto no tiene explicación, debe carecer consecuentemente de significado. Evidentemente, también juega a dar explicación al suceso, representándoselo como una sublimatio o dissipatio de toda la raza humana, que habría sufrido una suerte de angelización. Pero esta explicación lleva a un nuevo dilema: él, como único superviviente,  ¿ha sido elegido o excluido? ¿Disfruta ahora la humanidad en masa de algún tipo de beatitud, mientras él pena en la tierra; o han sido todos aniquilados de alguna manera, siendo él el único indultado?

Pero aún se abren más posibilidades, como la de haberse visto obligado a permanecer en la tierra abandonada como representante elegido al azar de la mediocridad humana. Morselli realiza una crítica —nada despiadada, antes comprensiva e incluso afectuosa—, de la sociedad y de las individualidades que la componen. Como ejemplo, el cenotafio que el superviviente levanta en honor a ellos: una pirámide de coches, aparatos de televisión, cajas de botellas de coca-cola y, coronándolo todo, el anuncio incitador de una playa paradisíaca a la que escapar. Un monumento que resulta una síntesis perfecta tanto de la realidad cotidiana como de los anhelos del hombre moderno. Una raza que el superviviente vuelve a sembrar simbólicamente, usando como semilla los calmantes encontrados en las mesillas de noche, para originar una nueva, más tranquila, menos pendenciera.

Dissipatio humani generis puede ser entendido como una suerte de testamento razonado por el heredero de una Humanidad que, por virtud o por vileza —como acertadamente expresa Morselli—, ha sido borrada de la faz de la tierra.

Lo desconocido pesa sobre mí, y estoy solo, sin escapatoria. No tengo ayuda ni consejo. ¿A quién pediré un exorcismo? La ciencia y la filosofía permanecen tal vez. En mí, sea en grado ínfimo o bien como atisbo. Pero no han previsto nada de lo que sucede y no saben nada. Soy yo quien sabe que, de algún modo, lo que sucede no es imaginable, va más allá.

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