El arte de la distorsión – Juan Gabriel Vásquez

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El arte de la distorsión - Juan Gabriel VásquezEl arte de la distorsión es una colección de ensayos y artículos publicados en diferentes revistas y publicaciones. Lo que pone en común a todos ellos es su temática, centrada en la literatura y en las reflexiones de Juan Gabriel Vásquez sobre el arte de escribir. Algunos de ellos hacen algo de hincapié en la narrativa colombiana, de la que, como es lógico, el autor es buen conocedor; de hecho, el texto que da título a la obra lanza una inusual teoría: la posibilidad de leer Cien años de soledad como una suerte de novela histórica, una obra que distorsione la historia real y, de esta forma, y aun a pesar de alejarse de lo verídico, interprete de una manera nueva la realidad. «Los novelistas», dice Vásquez, «entendemos que la única forma de revelar el pasado es tratarlo como un producto narrativo, susceptible por lo tanto de ser recontado de cualquier forma.»

Cien años de soledad y su autor también son motivo de estudio en “Malentendidos alrededor de García Márquez” y “El tiro en el concierto: política y novela en Colombia”; a Juan Gabriel Vásquez le interesa superar la pesada losa que supone el boom a la hora de convertirse en escritor en Latinoamérica —y muy especial en su patria, claro está— y también explora las posibilidades de hacer una novela que pueda dar cuenta de la realidad y la historia de un país manteniendo un criterio de calidad y verosimilitud.

En otras piezas del libro el colombiano se detiene en la obra y/o la figura de algún autor: Julio Ramón Ribeyro en “Diario de un diario”, Philip Roth en “Las máscaras de Philip Roth” o W. G. Sebald en “La memoria de los dos Sebald”. Los análisis son someros; Vásquez se limita a iluminar algún detalle menor o a reflexionar sobre alguna faceta de la narrativa de esos escritores. Así, cuenta con una mezcla de ternura e inanidad la férrea determinación de Ribeyro por buscar su lugar dentro de una literatura (de nuevo el boom) con la que apenas sentía tener nexos, mientras pergeñaba una obra única que le depararía un lugar preeminente por derecho propio dentro del panorama narrativo.

A uno le ha llamado la atención el ensayo titulado “Apología de las tortugas”, en el que el autor incide en la manida idea de la importancia del relato breve y su marginación frente a su hermana mayor, la novela. Dejando de lado el hecho de que sea el enésimo texto de estas características, hay un par de ideas que no dejan de ser discutibles. Una es que «publicar cuentos nunca ha sido fácil», una afirmación que no estoy tan seguro de que responda a la realidad: puede que un público generalista prefiera la cacareada “facilidad” de la novela (trama en la que sumergirse, personajes en los que reconocerse…); pero si de lo que se trata es de ser algo selectos, el cuento goza, y ha gozado, de las mismas prerrogativas que la novela. Los lectores con criterio saben que la buena literatura no tiene nada que ver con la extensión ni con el género; tan grande es Guerra y paz como “Las ostras”.

Otra tesis es que Vásquez considera que el cuento está libre «de los complejos compromisos sociales que la novela echó sobre sus hombros en cierto malhadado día»; una afirmación que roza el descaro más burdo. El compromiso social no es propio de ningún género; tampoco es un elemento que obstaculice o enturbie el buen hacer literario. La novela puede ser un género más propicio para la denuncia, pero el relato, con su carácter impresionista, como Vásquez lo denomina, también puede dar cuenta de las complejidades sociales. Argüir que la mezcla entre arte y vida puede arruinar un texto es una bobada tan grandilocuente como manida. Los conspicuos prejuicios contra el género corto son ya tan repetidos que no se sostienen; quizá habría que empezar a hablar de lo que realmente importa: no se trata de ser buen escritor de cuentos o de novelas, sino de ser buen escritor, a secas. Me parece que todos los que claman contra la novela (y ojo, que Juan Gabriel Vásquez se ha atrevido con ambos géneros, aunque uno no ha leído más obras suyas y no puede juzgar) y elevan al relato a los altares máximos de la Madre Literatura olvidan que la gran narrativa se ha venido haciendo con genio y talento; quizá lo que sobra no es cantidad (de páginas), sino mediocridad.

Volviendo al libro que nos ocupa, El arte de la distorsión tiene algunas piezas de cierto interés, si bien el tono general oscila entre la reflexión inocente y el didactismo propio de los artículos destinados a publicaciones. Mucha cita, mucha referencia y mucha alusión a otros autores para dar algo de lustre a textos más bien ligeros, aun cuando dos o tres de ellos sean interesantes. Sólo para incondicionales o para equivocarse en una tarde de biblioteca.

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