El precepto roto – Shimazaki Tōson

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El precepto roto - Shimazaki TōsonYa hemos hablado aquí de varios libros escritos tras la Restauración Meiji —la cual produjo en el Japón del siglo XIX un enorme vuelco tanto en lo social como en político— y que buscaron reflejar los conflictos fruto del choque entre las antiguas costumbres y creencias y las nuevas ideas fruto de la occidentalización forzada. Pero la historia que narra El precepto roto, de Shimazaki Tōson, es sin duda un ejemplo paradigmático de la convulsión de una sociedad donde la costumbre y la novedad se enfrentaban, atenazando entre ambas al individuo.

El precepto roto da cuenta de la lucha interna de un hombre que debe decidir entre hacer público un secreto para sentir su conciencia en paz, u ocultarlo para llevar una vida feliz. Ushimatsu Segawa es un joven profesor que pertenece a los eta, un grupo social proscrito en Japón (no podían ejercer determinadas profesiones, ni contraer matrimonio con gente no eta, entre otras cosas). Aunque tras la Restauración Meiji el gobierno reformista estipuló que los eta debían ser tratados a todos los efectos como ciudadanos comunes, el conjunto de la ciudadanía se mostró refractario a abandonar las prácticas discriminatorias.

En ese contexto, nuestro protagonista se divide entre la necesidad de dar un paso adelante y reconocer con orgullo sus orígenes, seguro como está de no ser peor que cualquiera de sus conciudadanos, o continuar ocultando su secreto y asegurarse así un futuro.  La idea de desvelar su identidad procede en parte de su admiración por un escritor eta que, habiendo proclamado su origen, pretende con su obra y su ejemplo normalizar la inclusión en la sociedad del grupo condenado.

Pero Ushimatsu Segawa está atado por el juramento hecho a su padre de no revelar jamás el secreto de su pertenencia a los eta. La vida de su padre, dedicada a conseguir que su hijo pudiera optar a un mejor destino, pesa sobre la conciencia del joven profesor, que se debate entre el respeto debido a su progenitor (uno de los pilares de la cultura y la sociedad japonesa) y su deseo de reafirmarse como sujeto independiente.

A través de ese conflicto, Shimazaki Tōson logra plantear en su novela esa toma de conciencia de uno mismo que toda una generación estaba viviendo en Japón a principios del siglo XX. Ese sentimiento de individualidad, de autonomía del pensamiento con respecto a las ideas del grupo y la familia, resultaba ajeno hasta el momento a la mentalidad nipona. Pero con su novela, el autor enseña también el reverso de la moneda: el desamparo al que puede conducir la emancipación, cuando hay que encontrar el propio camino al no servir ya los que la costumbre tenía reservados.

A pesar de lo interesante de ese planteamiento, a El precepto roto le falta en parte la capacidad de introspección en la mente humana que la literatura occidental había alcanzado sobradamente para ese momento. El autor plasma la lucha interna de Segawa a través de sus acciones (tumbarse sobre el tatami a meditar sobre su dilema), en vez expresar verbalmente las reflexiones de su protagonista. Esto no es necesariamente un demérito, pues hay que entender que la literatura japonesa de ese periodo experimentó y amalgamó las diferentes corrientes literarias europeas en un breve espacio de tiempo y trató de aplicarlas para dar cuenta de un momento convulso; antes al contrario, puede entenderse más bien como una característica curiosa de una literatura en estado de efervescencia, aunque resulte chocante para un lector occidental.

A cambio, Shimazaki Tōson, como representante del naturalismo japonés, nos regala en esta novela hermosísimas descripciones del medio rural nipón (algo extraño porque la mayoría de las novelas que conocemos se desarrollan en ambientes urbanos): montañas nevadas, pastizales, labores campestres, casas campesinas que encandilarán al lector amante de la cultura japonesa.

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