El sillón maldito – Gaston Leroux

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El sillón maldito - Gaston LerouxRecuerdo El misterio del cuarto amarillo y El perfume de la dama de negro como algunas de las lecturas que más me gustaron de mi adolescencia; así que ha supuesto todo un placer reencontrarse con Gaston Leroux con El sillón maldito. En él, Leroux plantea una novela de misterio con todo su sabor, pero también llena de un humorismo que hará las delicias del lector.

El primer misterio con el que se enfrenta el lector de El sillón maldito será, precisamente, desentrañar cuál es el misterio en torno al que gira la novela. Porque durante el primer capítulo únicamente se desvela el hecho de que existe una gran conmoción en la Academia Francesa: uno tras otro, dos académicos recién nombrados han muerto en el momento de su investidura por lo que los doctores han certificado como… muerte natural. Sólo un poco más adelante se indicará al lector que sobre el sillón vacante que los difuntos académicos iban a ocupar, pesa una maldición lanzada por un oscuro personaje: Eliphas de Saint-Elm de Taillebourg de La Nox. El personaje con tan singular nombre resulta ser un estudioso de las ciencias ocultas que aspiraba a ocupar el sillón que la muerte de Monseñor d’Abbeville dejara libre, y que advirtió que todo aquel que osara usurpar el que él consideraba su merecido sitio en la Academia estaba sentenciado de muerte.

El misterio está servido, aunque Hippolyte Patard, secretario perpetuo de la Academia se niegue a reconocerlo. Sin embargo, aún morirá un tercer académico, lo que dará lugar a que nadie se atreva a presentar su candidatura para ocupar el sillón maldito. En estas circunstancias, la Academia está dispuesta a hacer alguna concesión con respecto a los conocimientos de cualquier postulante que demuestre la valentía necesaria como para hacer caso omiso de la maldición. Y ahí entra en escena el señor Lalouette, un chamarilero, marchante de cuadros y vendedor de antigüedades que aspira al honor de ocupar el malhadado sillón a pesar de no saber leer.

Lalouette es un erudito y logra impresionar a los miembros de la Academia gracias a sus portentosos conocimientos, obtenidos gracias a memorizar el diccionario Larousse, que su esposa le lee a tal efecto. Lalouette es también un hombre con sentido común, que comprende que la Academia no puede hacer muchos remilgos a la única candidatura presentada en meses. Pero, sobre todo, Lalouette es un hombre práctico, que antes de poner su vida en juego (por muchas ganas que tenga de convertirse en académico), decide averiguar cuanto puede sobre la presunta maldición, el enigmático brujo Eliphas y las muertes de quienes antes que él quisieron ocupar el sillón maldito.

De esta manera, y con las correspondientes vueltas de tuerca que toda novela de misterio que se precie debe tener —ahora los indicios apuntan hacia un culpable, luego se demuestran equivocados, más adelante otro culpable empieza a perfilarse, para finalmente nada ser lo que parece—, Lalouette y el infatigable Hippolyte Patard avanzarán en la resolución del misterio que atenazaba a toda Francia y que tanto diversión ha procurado al agradecido lector.

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