Retrato de una dama – Henry James

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Retrato de una dama - Henry JamesSi hace poco hablábamos de Los papeles de Aspern y decíamos que constituía un ejemplo bellísimo de construcción de personajes, se agotan los adjetivos para definir lo que Retrato de una dama constituye dentro de la obra de Henry James, en particular, y de la literatura universal. Una obra como esta es inagotable en todas sus vertientes, porque (como todos los grandes libros) su lectura no se limita al tiempo que uno emplea pasando las páginas, sino que se extiende después en el pensamiento.

El argumento, como muchos sabrán, es de una sencillez bastante equívoca: Isabel Archer, una joven norteamericana que ha perdido recientemente a su padre, es invitada por un tía a pasar unos meses viajando por Europa. Después de unas cuantas peripecias, acaba conociendo en Florencia a un compatriota exiliado, Gilbert Osmond, de una personalidad tan magnética que la mujer, pese a su férreo deseo de saborear el mundo y vivir experiencias, termina por casarse con él. Por supuesto, entreveradas con todo ello hay otras múltiples subtramas que introducen a unos cuantos personajes secundarios que son tan importantes como el de la propia protagonista.

El personaje de Isabel es, desde luego, el pilar fundamental de Retrato de una dama. Una mujer de compleja personalidad, con facetas oscuras y luminosas, con defectos evidentes y con una sensibilidad a flor de piel. Su intención al dejar Estados Unidos es formarse «una impresión general de la vida» para evitar cometer errores, aunque el posterior desarrollo de ciertas circunstancias hará que su actitud orgullosa le haga pagar un alto precio por sus desmanes. Lord Warburton, un noble inglés que la pide en matrimonio —al que rechaza por un anhelo indeterminado de saborear las experiencias que aún le quedan por vivir—, dice de ella que «sólo juzga por la externo y no le importa nada». En efecto, James construye el personaje de Isabel no desde la admiración, sino desde la rigurosidad: la joven se deja guiar por sus instintos, por sus pasiones, pero la mayor parte de las veces se equivoca y juzga de forma incorrecta a la gente con la que se relaciona. Su primo Ralph, que ejerce en cierto modo de conciencia para la joven (si bien nunca llega a tener éxito en su empeño), se lo expresa de forma contundente:

Tómate las cosas con más calma. No te preguntes tanto si esto o lo de más allá es bueno para ti. […] No te empeñes tanto en forjar tu carácter, es igual que tratar de abrir de golpe una rosa joven y prieta. Vive como más te agrade, y ya se encargará tu carácter de forjarse él solo.

Esa obsesión por formarse como persona acaba llevando a Isabel a una situación que considera inasumible: su matrimonio con Osmond, en principio muy deseado, se convertirá en una negación total de sí misma. Para el diletante exiliado representa una ofensa «el hecho de que ella tuviese una mente con ideas propias»; el anhelo de Osmond es en realidad deslumbrar a un mundo que aparenta desdeñar, adoptando una pose estudiada y falaz, y para ello no duda en casarse con Isabel por su dinero.

Uno de los puntos más interesantes de la novela es, de hecho, el narrar una historia tan manida como ésa haciendo que todos sus elementos (personajes, trama) aparezcan como novedosos gracias a la habilidad de James para capturar la psicología de sus creaciones y exponerlas al lector con sus inevitables claroscuros. Por ejemplo: Henrietta Stackpole, la mejor amiga de Isabel, se perfila como el prototipo de la nueva mujer estadounidense, decidida y obstinada, pero acabar por revelarse como un ser sensible y emocional.

El único detalle que desmerece un tanto la obra es la propensión al discurso del narrador, que en ocasiones ofrece parrafadas extensas que apenas aportan información al texto; no sólo eso, sino que tampoco sirven como interludios dramáticos, o embellecen la narración con esas maravillosas descripciones que puede llegar a dar la pluma de Henry James. El hecho de que se publicase en forma de serial en las revistas The Atlantic Monthly y Macmillan’s Magazine posiblemente hizo que algunos extractos necesitasen de retoques para su adecuada “comercialización”. No osbtante, el talento del autor es innegable y el ritmo de la obra consigue mantenerse a pesar de esos tropiezos. No cabe duda de que Retrato de una dama es un ejercicio narrativo de una perspicacia casi sin igual, con unos personajes de una entidad asombrosa y con una protagonista inolvidable. Una auténtica delicia.

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