La máquina de languidecer – Ángel Olgoso

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La máquina de languidecer - Ángel OlgosoEn los comentarios de los dos libros de Ángel Olgoso que uno ha colgado en esta web ya se puede observar con claridad la fascinación que puede llegar a ejercer este escritor. Olgoso es un autor exquisito, concienzudo, amante de la literatura en toda su amplitud y cuyas obras son primorosas construcciones que reúnen lo mejor de la estilística más exigente y la fantasía más audaz.

La máquina de languidecer ahonda aún más en sus particulares temas y obsesiones; elementos que se han repetido a lo largo de otros libros suyos y que vuelven a asomar en estos cien microrrelatos. De hecho, si hay un detalle que puede citarse como demérito en esta obra es justamente ése: la repetición. Quizá sería mejor emplear el término «recurrencia», ya que, como he dicho, Ángel Olgoso explora con minuciosidad aspectos concretos que obsesionan a sus narradores de un modo u otro: la muerte, el extrañamiento, la trascendencia, el absurdo…

En esta ocasión, la multiplicidad de temas o motivos es muy grande; mientras que, por ejemplo, en Los demonios del lugar el terror servía de nexo para la mayoría de los relatos, en La máquina de languidecer la disparidad es absoluta. Hay microrrelatos que juegan con un cierto aire metafísico o reflexivo (“Empirismo”, “El proyecto”, “El emisario”, “El emperador ermitaño”), otros que se apoyan en la historia y en figuras mitológicas o clásicas (“Ulises”, “Cerco a la Bella Durmiente”), y otros muchos que utilizan el horror de lo cotidiano como motor de la acción (“Los ojos”, “Juicio”, “Hispania I”, “Hábitat”). La ironía siempre está presente en todos los textos, aunque de algunos se apropia por completo, como en el caso de “Un mélange mitológico” (divertidísimo ejercicio verbal en el que el autor casi se ríe de sí mismo) o “Los rivales” (en el que Cervantes y Shakespeare se baten en duelo a través de los tiempos).

Como en toda recopilación de relatos, hay algunos que están menos logrados, bien por la excesiva repetición de motivos temáticos o estilísticos, bien por la simple inanidad del asunto que plantean. Es el caso, por ejemplo, de “La expectativa” (con un tratamiento del tiempo bastante tosco), “Posibles enormidades latentes” (el extrañamiento de lo cotidiano que Olgoso ha representado quizá en demasiadas ocasiones —y de forma más brillante—) o “El último lector” (inocente aproximación a un tema también muy recurrente). Como es lógico, el riesgo de repetir algunas miradas o de caer en cierta inanidad a la hora de abordar un motivo decenas de veces abordado puede llegar a pasar factura.

No obstante, si hay algo que hace que Olgoso pueda sobreponerse a estos tropiezos es su talla como escritor. Su amor por la perfección, por el culteranismo de la prosa, es una característica que convierte cada uno de sus textos en una joya de la orfebrería literaria. No hay términos superfluos o ambiguos, no hay concesión alguna al lector: los microrrelatos ejercen su papel de disparos narrativos con precisión total. Noquean y seducen, embelesan y asombran, pero casi nunca dejan indiferente. Este es el motivo por el que incluso los textos menos logrados, aquellos en los que el autor pierde un poco el toque maestro, parecen encajar dentro de esa construcción vital (cabría decir work in progress) que es la literatura de Ángel Olgoso.

La originalidad de esta propuesta, que se viene desarrollando desde hace años, hace de este libro una pieza clave dentro del género del relato breve en España. Sin obedecer a modas repentinas ni a tendencias efímeras, Olgoso viene armando con sus exquisitas piezas literarias una obra de proporciones inabarcables, que posiblemente se convierta en un referente futuro y que, sin duda, constituye hogaño un hito en el que merece la pena detenerse.

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