Hablemos de langostas – David Foster Wallace

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Hablemos de langostas - David Foster WallaceAl igual que ocurriera con «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer«, David Foster Wallace repite la fórmula realidad + literatura para crear un libro que es mucho más que una recopilación de artículos. Y es que, aunque «Hablemos de langostas» no sea ficción pura, tiene muchas de esas características que han convertido a Wallace en uno de los escritores más vanguardistas de la narrativa actual: un estilo personal, una visión ácida —pero lúcida— de la sociedad y un sentido del humor tan corrosivo como desopilante.

Buena prueba de ello es el primero de los artículos del libro, escrito para la revista Premiere en 1998: ‘Gran hijo rojo’. Enviado a la entrega de los premios anuales de AVN (Adult Video News, la revista señera del mercado del porno norteamericano) para elaborar un reportaje, Foster Wallace narra el lisérgico y absurdo fin de semana en el que conocerá a directores ególatras que se pirran por los gonzos, asiste a ceremonias de premios que oscilan entre el glamour y el puro ridículo y sufre los encuentros con auténticos actores de la industria en los lavabos de un casino de Las Vegas.

‘Ciertamente el final de alguna cosa, o por lo menos eso es lo que a uno le da por pensar’ (hasta los títulos de las piezas, como se ve, son peculiarmente personales) refleja una faceta de Wallace desconocida por estos lares: la de reseñista. Y lo cierto es que plasma en pocas páginas las sensaciones que le provoca un libro, las reflexiones que le suscita y las conclusiones a las que todo ello le conduce. Decir que el autor abre nuevos caminos a la crítica sería erróneo; sin embargo, en esta pieza Wallace aporta toques de sentido común a la crítica más «seria» o canónica. Leer es una experiencia personal, y así nos lo muestra: si el protagonista de «Hacia el final del tiempo», de John Updike, le resulta un gilipollas… ¿por qué no decirlo claramente? Como más adelante argumentará (en ‘La autoridad y el uso del inglés americano’), la lectura —y la crítica, por ende— es un acto personal, y como tal sujeto a interpretaciones subjetivas. La vuelta de tuerca de DFW es aderezar esa interpretación con inteligencia, precisión y mala leche; y, además, arremetiendo contra una generación de ‘vacas sagradas’, como son Updike, Roth o Mailer.

‘Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka, de los cuales probablemente no he quitado bastante’ es un artículo muy breve, pero que nos muestra a un escritor inteligente, que conoce muy bien el territorio en el que se mueve y que puede aportar una interpretación precisa sobre Kafka sin caer en retóricas academicistas y con humor. Aquellos que creen que a los grandes escritores (aunque para gustos, colores) hay que enseñarlos en las aulas con seriedad (el artículo se basa en un discurso ante unos universitarios), pueden tomar buena nota del «método Wallace»: la risa también transmite conocimiento. Eso mismo podemos encontrar en otro de los artículos, ‘El Dostoievski de Joseph Frank’, en el que da cuenta de la monumental biografía que Frank escribió sobre el autor ruso y, de paso, ofrece una clase maestra sobre la narrativa de Dostoievski. Y, de paso, ofrece unas líneas sobre la pobreza intelectual e ideológica que domina la literatura contemporánea, con verdades tan contundentes como éstas:

Los viejos modernistas, entre otros logros, elevaron la estética al nivel de la ética —tal vez incluso de la metafísica— y todas las Novelas Serias después de Joyce suelen ser valoradas y estudiadas principalmente por su grado de innovación formal. Tal es el legado modernista que ahora damos por sentado como algo básico: el que la literatura «seria» ha de estar distanciada de la vida real.

‘La autoridad y el uso del inglés americano’ es un curioso pseudoensayo sobre un diccionario de inglés, excusa sobre la que DFW construye un artículo sobre la tendenciosidad de la lingüística y la necesidad de una Democracia del lenguaje. Y les aseguro que el hilar tan fino, pasando de hablar de los términos lingüísticos a las actitudes conservadoras, es un ejercicio de estilo tan asombroso como desternillante.

Una de las piezas más impresionantes del libro es ‘La vista desde la casa de la señora Thompson’, en la que DFW narra lo que ocurrió la mañana del 11 de septiembre en su localidad, Bloomington. Acostumbrados al horror de aquel día, es sorprendente que la historia se convierta en la asunción, a través de las transmisiones de televisión, de lo que está ocurriendo; Wallace es tan valiente como para escribir cosas como «…la repulsiva belleza de las imágenes repetidas del segundo avión al chocar contra la torre», o que la Torre Norte «caía igual que se cae una dama elegante». Las emociones que aquella jornada invadieron a medio mundo son convertidas en realidad: en miedo y en incomprensión, pero también en reflexión e inteligencia. Porque Wallace comprende —y así lo transmite al lector— que las personas que le rodean (sus vecinos, sus amigos) no tienen culpa de nada, son seres inocentes, incluso bondadosos; pero no así el hombre que apareció en televisión retransmitiendo un mensaje cuyas frases «sonaban idénticas casi hasta el plagio a las que había pronunciado […] Bruce Willis (interpretando, recuerden, a un chiflado de derechas) en Estado de sitio». Deborah Eisenberg ya consiguió reelaborar la Historia con «El ocaso de los superhéroes«, aunque de una forma ficcional; Wallace, pese a basarse en la narrativa de ficción, introduce una relectura del 11-S inédita: la de las personas de a pie, la de los americanos corrientes, y todo ello desde una perspectiva reflexiva, inteligente y tranquila.

Otras piezas del libro son menos enjundiosas en cuanto a los temas que tratan, como ‘Presentador’ (el día a día de las tertulias radiofónicas), ‘Cómo Tracy Austin me rompió el corazón’ (las reflexiones que le suscita la lectura de una pésima autobiografía de la tenista) o la que da título al libro (que habla sobre el festival de la langosta que se celebra cada año en Maine). Con todo, en todas se pueden encontrar perlas como las que hemos comentado, ya que la visión de Wallace sobre todo lo que le rodea —y en particular sobre lo que todos tomamos como normal o anodino— es penetrante y ácida. Si en «Algo supuestamente divertido…» la altura del conjunto estaba por debajo de su obra de ficción, hay que quitarse el sombrero por casi todos los artículos que figuran en «Hablemos de langostas». La lucidez de DFW al abordar cuestiones tan espinosas como las candidaturas presidenciales (en ‘Arriba, Simba’) o el 11-S es tal, que otras características de su estilo, como el vanguardismo formal (a veces muy confuso, como en las «notas» de ‘Presentador’) o el humor corrosivo, casi son lo de menos. Lo verdaderamente genial de Wallace es que, amén de ser buen escritor y de buscar formas de expresión nuevas, es un observador perspicaz e inteligente, y habla sobre la realidad sin tapujos, lanzando juicios, opiniones e ideas. Algo que no ocurre mucho en la narrativa contemporánea y que se agradece mucho.

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3 Comentarios

  1. […] Entre ellos una de las novelas de la trilogía Millenium y la colección de artículos de David Foster Wallace “Hablemos de langostas“. […]

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