Indigno de ser humano – Osamu Dazai

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Indigno de ser humano es, dentro de la literatura japonesa, una de las  novelas más relevantes del pasado siglo. Publicada en 1948, pocos meses antes del suicidio de Osamu Dazai, es una obra de tintes autobiográficos que describe el descenso a los infiernos de un hombre incapaz de avenirse a los usos de una sociedad hipócrita.

El cuerpo de la novela lo componen los cuadernos escritos en primera persona por Yozo, el protagonista, que rememora su existencia desde su infancia. La narración en primera persona, que se detiene en detalles en apariencia intrascendentes pero capaces de poner de manifiesto la psicología del personaje, permite seguir el deterioro de una personalidad hipersensible al contacto con la hipocresía de la sociedad. Sin embargo, la degradación de Yozo es consecuencia de su incapacidad para adaptarse a los dictados de la sociedad; y esa incapacidad es percibida por el protagonista como una falla suya que jamás podrá superar. La narración logra con sutileza hacer hincapié en ese sentimiento de sentirse responsable de no haber sido capaz de comportarse como un ser humano. «Mi vida ha estado llena de vergüenza» comienzan sus apuntes, «La verdad es que no tengo la más remota idea de lo que es vivir como un ser humano».

Desde temprana edad, el pequeño Yochan adivina que hay algo en él que le hace diferente de aquellos que le rodean, sean familiares, amigos o criados. La observación de las personas de su entorno pronto le lleva a descubrir que el egoísmo, la indiferencia y la conformidad son las cualidades de aquellos que por las noches son capaces de conciliar el sueño. Pero a Yozo le hace permanecer insomne la idea de que la maldad es una característica intrínseca del ser humano, una característica que le es necesaria para sobrevivir. La conciencia de esta realidad hace que el terror paralice al muchacho en sus intentos de establecer una relación sana con su entorno.

El muchacho se refugia en lo que él mismo denomina “bufonería”, para desde ella acercarse a las personas de su entorno. Desarrollando sus dotes histriónicas, Yochan levanta una barrera de humor entre su persona y la maldad de los seres humanos. Convencido de que mientras estén ocupados riéndose con él (o de él, el matiz resulta indiferente) no podrán hacerle daño, el narrador vive una vida de payaso a pesar del miedo indescriptible que le atenaza.

La tensión provocada por ese necesario fingimiento, por esa división entre la cara divertida que muestra al mundo y el terrible pánico que le atenaza, es el eje sobre el que pivota la novela; así como la explicación para la degradación que Yozo sufrirá cuando abandone su provincia de origen y el ambiente de la casa familiar —que él siempre ha juzgado opresivo—, para cursar estudios superiores en Tokio.

Allí conoce a Horiki, un joven mayor que él que le resulta atractivo por su vida licenciosa. Aunque Yozo comprende que, como del resto, le separa de Horiki su conciencia de la farsa del mundo, al menos éste vive en cierto modo, y gracias a su depravación, alejado de los convencionalismos de una sociedad podrida. De este modo, Yochan acepta a Horiki como un simple compañero de diversión que le descubrirá las delicias del libertinaje. Gracias al alcohol y las drogas, Yozo logra olvidar su terror a la gente y relacionarse con los demás de una manera más natural. Sin embargo, la realidad que descubrió ya en su niñez sigue latente en su interior, de modo que cada vez necesitará dosis más grandes de alcohol y morfina para hacer frente a ese pavor, hasta acabar en un sanatorio mental.

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