13 cuentos de fantasmas – Henry James

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En estos 13 cuentos de fantasmas no encontrarán, en verdad, apenas ningún elemento sobrenatural mostrado de forma explícita. Henry James era un maestro de la prosa, sin duda, pero también de la psicología narrativa; capaz de mostrar los dobleces de la psique con una sutileza extraordinaria y a través de un estilo tan elaborado como elegante.

En estas trece historias esa capacidad para la prospección en el alma humana se erige como principal elemento de cohesión. Escritas entre 1868 y 1908 y publicadas en diferentes revistas, todas ellas tienen en común esa exposición del ser humano como artífice de sus propios fantasmas: de sus propios miedos, deseos o frustraciones, si lo prefieren. En estos cuentos los verdaderos entes terroríficos suelen ser los propios personajes.

Muestra evidente de ello son los textos que juegan con el tema (clásico, sí, pero inagotable) del doble. “La vida privada”, por ejemplo, cuenta la historia de un escritor que se “desdobla” para escribir, como si sólo uno de sus yos tuviera el genio suficiente mientras que el otro se dedica a la vida social; por otro lado, otro de los personajes tiene tan poca entidad (no es poco más que un fatuo aristócrata) que no cobra corporeidad sino en el momento en el que alguien le mira y le apela. En “La esquina alegre” el asunto se aborda desde una perspectiva algo más oscura, ya que el protagonista se encontrará con un personaje que resultará ser el hombre que él mismo habría sido si su existencia hubiese transcurrido de otra forma.

James juega siempre (excepto en los dos primeros cuentos, “Romance de la ropa antigua” y “El alquiler espectral”, que hacen gala de una tradición gótica en lo que al terror y las apariciones se refiere) con la psicología de los personajes como motor de la acción. Como decía al comienzo, los fantasmas de estas historias casi nunca son reales; y cuando lo son su papel es meramente accesorio, como ocurre en “Lo que deba hacerse” (en el que un escritor debe realizar, a petición de su viuda, la biografía de un amigo fallecido, pero la intuición de que éste no lo desea lo domina) o “La tercera persona” (en el que dos solteronas se enfrentan debido a los supuestos deseos de un antepasado contrabandista que se les aparece en su antigua casa); lo fundamental para el autor es mostrar lo oscuro de la idiosincrasia y los temores o faltas que subyacen bajo comportamientos en apariencia inocentes. Quizá el mejor exponente lo encontramos en “Sir Edmund Orme”, relato en el que el protagonista, enamorado de una joven que no parece concederle demasiada atención, comienza a ver un fantasma que la acompaña en determinadas ocasiones; la madre de la chica le confiesa que ella le lleva viendo durante años y que se trata de un antiguo pretendiente suyo al que rechazó y que murió. Sólo cuando el protagonista insiste en sus peticiones y termina por vencer las reticencias de la muchacha la trama se resuelve de forma definitiva. La culpa, el pecado o la mentira son los desencadenantes de esos fantasmas que pasan por reales.

Por eso, no hay que buscar en estos 13 cuentos de fantasmas clásicas historias de terror que nos mantengan atentos con el misterio y nos seduzcan con el soplo del horror. James juega con sus lectores desde el principio, insinuando detalles, mostrando sólo aquellos aspectos que nos incitan a creer en algo, pero nunca somos capaces de confirmar la veracidad de esas impresiones. Lo oscuro, en realidad, se esconde dentro de los personajes, y por ese motivo nuestra confianza en la verosimilitud se resquebraja: no podemos estar seguros de nada, al igual que, en cierto modo, no podemos estar seguros de nosotros mismos. La maestría psicológica de Henry James alcanza en algunos relatos (“Vuelta de tuerca”, “Maud-Evelyn”) unas cotas difíciles de alcanzar. Cotas que deparan, se le aseguro, momentos de lectura de un placer incomparable.

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5 Comentarios

  1. Acabo de concluir la lectura de “13 cuentos de fantasmas” y debo decir que no me ha causado conmoción alguna. Me he encontrado justamente lo que esperaba, una prosa cuidada al servicio de un temario que, más que sumergirnos en el mundo de los fantasmas, nos muestra los demonios ocultos en el interior del ser humano. Y no es que los espectros y apariciones estén ausentes, pero su presencia no traspasa casi nunca el límite de lo inofensivo, y si lo hace es para mostrarse como un burdo engaño. No he encontrado ni arrastre de cadenas ni chirridos de puertas, como ya imaginaba los miedos en la literatura, al menos en lo que concierne a mi limitada experiencia, han quedado hace mucho tiempo olvidados; Poe, con su “Escarabajo de oro” o su “Tonel de amontillado”, despierta hoy poco más que una sonrisa en los labios de un lector acostumbrado a experiencias más espantosas. Para aterrorizarnos, se precisa de un atrezzo más radical, algo que la refinada pluma del autor angloamericano no puede concedernos.

    Henry James nos brinda otras cosas, estudios psicológicos profundos, reflexiones ingeniosas, observaciones certeras, pasiones contenidas,… Todo, siempre, con un único fin: la búsqueda de la belleza. En ello, vuelca todas sus capacidades, una prosa delicada, poética, obsesionada por la forma y con una capacidad de percepción extrema, siempre matizada por su indulgencia y comprensión. Podríamos decir, sin temor a engañarnos, que aquello que se convierte en continuo objeto de su análisis, la burguesía a la que él pertenecía, acaba dotando a su estilo de un toque eminentemente aristocrático.

    Y son esas características, que constituyen un fuerte bagaje artístico, las que también lo traicionan en ocasiones. A veces, Henry James cuida tanto la forma que su prosa, pulida hasta el desgaste, se convierte en un juego intelectual engolado, algo fatuo pergeñado para adornar a una sociedad exclusiva y elitista; es en ese momento cuando su obra pierde naturalidad (cuesta creérsela), nos parece estar asistiendo a una representación en la que los actores recitan de memoria su papel. No vivimos lo leído, lo sentimos ajeno y nos resulta difícil ser cómplices del ardid planeado por el autor; el corolario es inmediato: se rompe la imprescindible comunión entre libro y lector. A partir de ese instante, navegamos por las páginas un poco a la deriva.

    “Nona Vincent” y “La vida privada”, dos de los relatos incluidos en la antología, son un buen paradigma de lo dicho. Asistimos en ellos a historias centradas en el mundo de la creación artística, un estreno teatral y el libreto de una obra sirven de excusa para que un conjunto de personajes melifluos y sofisticados luzcan su ocurrente ingenio. Todo muy inglés (en 1892, Henry James no era aún súbdito de la reina Victoria pero, por la idiosincrasia de sus criaturas, está claro que no le hubiera importado serlo de inmediato). Las presencias incorpóreas se reducen a fugaces apariciones o a leves desdoblamientos de personalidad, parece como si directamente negaran su asistencia a la función (ante semejante elenco de pedantes, es comprensible su gusto por la huída y el anonimato).

    Resultan mucho más convincentes relatos como “Romance de la ropa antigua”, “El alquiler espectral” o “Sir Edmund Orme”, donde los celos y el complejo de culpa son el leitmotiv de la narración. No aterrorizan, pero despiertan la permanente inquietud del lector.

    Y así, resaltando claros y oscuros en las narraciones recogidas por Valdemar, llegamos al famoso “Vuelta de tuerca” (la edición, con su consabida coletilla de “incluye”, ya se encarga de utilizarla convenientemente como reclamo de ventas). Es ésta, sin ningún quizás tal vez, la obra más conocida y reconocida del autor norteamericano y lo es, en mi opinión, con mucha razón. El relato se sustenta en la latente angustia de una institutriz por sus educandos (Miles y Flora, dos hermanos oscuros y angelicalmente extraños) y por lo que ella cree sus espectrales visiones; la ambigüedad de la historia, abierta desde un principio a diversas interpretaciones, contribuye en gran medida a la atmósfera de misterio de la que se rodea la narración: ¿Estamos ante dos criaturas víctimas de su inocencia?, ¿De dos monstruos inteligentes y manipuladores?, ¿De una institutriz reprimida y paranoica?… El único contrapunto apaciguador es el ama de llaves, Mrs. Grose, que aporta el pragmatismo y la moderación muchas veces propios de las naturalezas sencillas.

    Con todo, y a pesar de estos instantes de luz, en “13 cuentos de fantasmas” predomina más la narración insulsa, anodina (estoy pensando en “El gran lugar agradable”), destaca más el exceso estilístico que la sobriedad narrativa (posiblemente sea la pauta común de su producción literaria, no conozco mucho de Henry James y no puedo lógicamente afirmarlo con seguridad). Sea como fuere, y en base a los relatos leídos, si puedo decir que el tipo de creación planteada no me seduce lo más mínimo; no me gusta ni su prosa barroca ni su pedantería pomposa, creo que las historias llegan a lo más hondo del lector con otras armas más convincentes: la sencillez y la verdad. Lo demás, son arabescos que se pierden en el aire.

    Cordiales saludos a solodelibros

  2. «Vuelta de Tuerca». Creo que nunca he leido novela de fantasmas más sobrevalorada en mi vida. Igual el resto de relatos mejoran lo presente, pero si tengo que juzgar la producción fantástica de James por ese ejemplo (que al parecer es, ejem, el mejor), supongo que esta lectura bien me la puedo ahorrar.

    • Hola, Atlas. Creo que «Vuelta de tuerca» no se puede leer como un relato de fantasmas al uso. Si lo que buscas es narrativa fantástica clásica, James, desde luego, no es la mejor elección. Como digo en el comentario, sus relatos buscan la introspección, el retrato psicológico, y no la puesta en escena de una atmósfera de terror convencional. Todas las opciones son válidas, por supuesto.
      Un saludo.

      • Tal vez será por eso. Leí el libro hará diez o doce años; tendría yo doce o catorce años y lo que buscaba era lo que me ofrecía la contraportada… «la historia de fantasmas más terrorífica jamás contada». Recuerdo esa decepión muy vividamente, porque es una de las pocas veces que tras leer el análisis crítico que acompañaba a la novela y descubrir las intenciones del autor, me he quedado exactamente igual. Por lo general, aunque no me guste un libro, leyendo esa clase de ensayos y descubriendo las novelas desde otro prisma me hace aumentar, aunque sea ligeramente, mi apreciación por ellas. Pero con «Vuelta de Tuerca» no… después de leerla, y que me explicaran como la novela es una análisis de personajes y una metáfora del puritanismo sexual victoriano, mi reacción fue algo parecido a «¿Y que? Me sigue pareciendo una mala novela de fantasmas». Como digo, eso fue hace muchos años… tal vez, si la releyera ahora me gustaría más. Por ahora, respecto a historias de fantasmas, sigo preferiendo al «otro» James.

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