La casa del mirador ciego – Herbjørg Wassmo

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Publicada en 1981, La casa del mirador ciego es la primera parte de la Trilogía de Tora. En ella, Herbjørg Wassmo da cuenta de la vida en un pueblo noruego, años después de finalizada la ocupación alemana y la guerra, desde la perspectiva de Tora, una niña que está entrando en la pubertad.

La vida es difícil para los habitantes del pueblo, que Wassmo sitúa en un paraje al norte de Noruega. A las duras condiciones climáticas, se une la precariedad laboral de hombres y mujeres, que trampean en la pesca, las factorías de pescado y la cría de algunos animales.

Pero la vida es especialmente difícil para Tora. Fruto de la relación que mantuvo su madre durante la ocupación con un alemán muerto en la guerra, la niña lleva sobre sí el estigma del deshonor, que la convierte en el blanco de las burlas de la vecindad. Sin embargo, las mayores tribulaciones de Tora provienen de su hogar: de un lado, las obligadas ausencias de una madre que trae el sustento a casa, y su silencio inquebrantable sobre cualquier tema relacionado con el padre de Tora, pesan sobre ésta como una pesada losa; de otro lado, la niña se ve sometida a abusos sexuales por parte de su padrastro, un hombre violento que nada aporta a la vida familiar.

En este clima de pobreza, frío y miseria moral, la muchacha desarrolla sus propias armas para luchar con un entorno hostil, en el que apenas hay lugar para la felicidad. Pero observadora de todo cuanto sucede a su alrededor, Tora arranca respuestas a la vida, caminando hacia la madurez por un camino sembrado de espinas.

La psicología de la muchacha, y los cambios que en ella se producen, va siendo dibujada a retazos, pero con nitidez. De una forma sencilla se nos trasmite el terror de Tora a las manos que la aferran en las noches en que su madre trabaja. La idea de que eso le ocurre a ella merecidamente, tal vez por ser hija de un alemán. El sentimiento de soledad al que el silencio de su madre la condena. La vergüenza y extrañeza por los cambios que se producen en su cuerpo.

Pero el indudable acierto de Herbjørg Wassmo consiste en hacer crecer a Tora ante nuestros ojos. La niña atemorizada, abandonada a su suerte y con complejo de culpa de las primeras páginas, va poco a poco comprendiendo el porqué de las horribles circunstancias de su corta vida. Aprende a discernir a los verdaderos culpables (su padrastro), pero también a quienes como ella no son sino víctimas (su madre) y con ello se hace más fuerte. Ese cambio es paulatino, lo que contribuye a su verosimilitud, porque cada acontecimiento narrado va dejando su huella en el carácter de la niña. Tora no siempre avanza, en ocasiones retrocede y renacen los temores y la incomprensión. Pero cada vez ve más claro.

Se puede decir que La casa del mirador ciego es una novela de personajes femeninos. La enseñanza de Wassmo es que, allí donde la vida es dura, se hace doblemente dura para las mujeres. A las duras jornadas de trabajo, en condiciones aún más precarias que las de los hombres, se unen el cuidado de la casa y de los hijos, los embarazos, los maltratos, las vejaciones… Pero así como Tora va despertando de su existencia de pesadilla, otras mujeres van tomando poco a poco conciencia de sí mismas, de su valor y de su fuerza.

En resumen, un libro de una gran sencillez narrativa, pero absolutamente conmovedor. Nos deja a la espera de su segunda parte.

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