La historia de mi mujer – Milán Füst

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2050

Insistir a estas alturas en el hecho obvio de que hay libros estupendos que pasan desapercibidos entre la avalancha de novedades y superventas en las librerías es casi una pérdida de tiempo; con todo, La historia de mi mujer es una de esas pequeñas joyas literarias que no despertarán muchos comentarios y a la que, sin embargo, merece la pena acercarse. Milán Füst escribió una historia de amor y celos de una complejidad sutil, pero extremadamente hermosa, y todo ello con un estilo que bebe de las fuentes del modernismo de principios del siglo XX.

La historia de mi mujer, como no podía ser de otro modo, cuenta las vicisitudes en primera persona de un capitán de barco holandés que se casa con una jovencita francesa de la que se encapricha casi por casualidad; la chica, desenfadada y jovial, entra como un huracán en la vida metódica y tranquila de Jakab, el narrador protagonista, y éste pronto empieza a sospechar que le es infiel durante sus frecuentes ausencias. El libro lo conforma su diario personal, que escribirá mucho tiempo después para tratar de explicarse a sí mismo las decisiones que tomó y el extraño rumbo que dio a su vida.

La novela habla, sobre todo, de los celos; en este sentido, los ecos de A la busca del tiempo perdido son más que evidentes, pero el libro de Füst toma unos derroteros bien diferentes. El narrador, Jakab, es mucho más autoconsciente de su historia, pues al fin y al cabo las notas que conforman el texto están tomadas como una suerte de discurso expiatorio; los hechos que narra, pasados por el tamiz de su mirada tremendamente subjetiva, son muy directos y, aunque se tome como interlocutor a sí mismo, lo cierto es que sitúa a un hipotético lector como objetivo de su discurso.

Esto hace que la historia tenga lo mejor del diario íntimo y también de la narración convencional. Jakab nos utiliza como excusa para comprenderse mejor, pero no renuncia a contar unos hechos de manera ficcional. De ahí que el estilo de Füst sea el logro más importante del libro, ya que el discurso del viejo capitán es caótico, contradictorio, dubitativo y feroz; elementos todos ellos que se aúnan para dotar al texto de un ritmo curioso y algo demencial: una especie de flujo de conciencia sujeto por las riendas de un sujeto que, pese a todo, no pierde de vista que su mente se dirige a un interlocutor real.

Esa intimidad, no obstante, es muy estrecha; los acontecimientos que rememora Jakab son muchas veces dolorosos, y el diario le ayuda no sólo a recordar, sino a situarlos en un contexto comprensible. Como él mismo dice, «no hice nada ni dije nada en el momento ni el lugar en que hubiera sido apropiado actuar o hablar»; por eso sus notas quizá sirvan «para suplir algo con ellas, puesto que he omitido tanto y de todo en mi vida». No obstante, no busca enmendar errores o subsanar olvidos: el narrador es consciente de que tomó unas decisiones bajo unas determinadas circunstancias y no trata de cambiar su visión del pasado, sino afrontarlo con sagacidad y comprender sus fallos. «¿[…] es que jamás vemos con claridad», se pregunta, «y todo no es sino una completa equivocación, le dé a mi vida las vueltas que le dé?» En esa cuestión se condensa el espíritu del libro: nuestros errores son inevitables, pero sus consecuencias se dilatan en el tiempo para seguir haciéndonos sufrir.

La historia de mi mujer es una novela de factura excelente, con un protagonista seductor, tierno y lleno de humanidad. Como les decía al comienzo, es un libro que puede pasar desapercibido, pero que tiene todos los elementos necesarios para conmover y divertir: inteligente, agudo y de una profundidad sutil, merece la pena buscarlo y leerlo. No se arrepentirán de la elección.

5 Comentarios

  1. Ya lo he terminado, y tengo que decir que he cambiado completamente de opinión. Estoy muy satisfecha con lo que he leído y me gustaría volver a leerlo ahora que conozco ahora el final. Cuando terminas el libro, entiendes el porqué del discurso narrativo caótico y todo cuadra. Creo que se deberían hacer dos lecturas de este libro: una primera sin saber y otra segunda conociendo qué ocurre. Sigo pensando que la traducción resulta un poco cargante en algunos momentos, lo cual no impide reconocer que en general está bien y que no es un libro fácil de traducir.

  2. Estoy leyéndome el libro. Tenía muchísimas ganas y grandes ilusiones, pero sintiéndolo mucho no me gusta ni la mitad que a vosotros. Me está costando leerlo. No me gusta cómo está escrito ni traducido, no entiendo que a Miguel le parezca “excelente” la traducción. Está llena de galicismos, “hubiera” por “habría” y otras cosas que cargan la lectura, ya de por sí menos ágil de lo que esperaba.

  3. Resulta sorprendente encontrar personajes tan peculiares como el capitán Jakab Störr, pero más sorprendente es aún asistir a la animada cháchara que en confianza, como si se tratara de una tertulia de café, mantiene con el lector. Mientras avanzaba en la lectura del libro me parecía estar asistiendo a las confesiones de un amigo de toda la vida, charlatán compulsivo, que estuviera desgranando atropelladamente su azarosa vida.

    Milán Füst (autor totalmente desconocido para mí), consigue recrear a un personaje inolvidable, uno de aquellos que integras sin dudar en tu galería particular de “protagonistas inmortales”. El capitán Störr se presenta ante nosotros como un viejo lobo de mar curtido en mil tormentas, circunspecto, precavido, algo tristón y correcto hasta el exceso (“La vida depende de las formas” es uno de sus lemas favoritos), pero…… en tierra firme, sin saber por qué, se aturde ante “la confusión impenetrable y vertiginosa del mundo”, se encuentra vacío (en términos marinos, podríamos decir que pierde el rumbo) y muestra cierta tendencia al agobio y a la duda, especialmente cuando se ve inmerso de forma accidental en el complejo e incomprensible universo de las mujeres. Y es que su errática forma de ser, un atracón de moluscos y un “supuesto” psicoanalista lo arrastran a su mujer, Lizzy, una francesita alegre, infantil, descocada y un tanto frívola, que resulta ser la peor aspirina para sus dolores de cabeza.

    El monólogo de este singular interlocutor es agudo, delirante, excesivo, demoledor. Recuerda, como indica la contraportada del libro, al Céline de “El viaje al fin de la noche” pero no posee ni su amargura, ni (permítaseme la expresión) su mala leche; el único objetivo que el protagonista persigue en su relato es tratar de justificarse a sí mismo, de entender cómo el ser humano puede perseverar tanto en el error, y lo hace sin acritud, de forma hasta amable, tratando siempre de encontrar posibles razones a los engaños de su mujer (en un momento de extrema candidez llega incluso a preguntarse: “¿No jugará a las cartas esta señora? ¿Y en parte ese estado melancólico le viene de ahí, porque eventualmente está metida en deudas hasta el cuello y no se atreve a decírmelo?). En su auto-psicoanálisis lo intenta todo, se devana los sesos para comprender todas las reacciones de Lizzy, lágrimas, enfados, tristezas, en vano, el “enigma de la mujer” le resulta infranqueable, jamás se logra descifrarlo en su totalidad.

    Su única certeza (y no anda muy desencaminado) es que su mujer lo engaña, y él, una persona que antaño siempre había mantenido firmes convicciones respecto al género femenino (“No vale la pena hablar una palabra sobre ellas. Que uno ha de darles lo que quieran en cuanto a teatro o bombones, y después alegrarse de quitárselas de encima”), rompe con su estilo de holandés bien “atornillado” y se aboca a la procelosa senda de los celos fundados (añadiremos el adjetivo en descargo del patético y entrañable capitán Störr).

    La novela es una auténtica delicia, una pequeña joya literaria que se lee con una permanente sonrisa en el rostro; desde las primeras páginas, su estilo desenfadado y ocurrente tiene la capacidad de congraciarnos con el placer de la lectura, algo que, para nuestra desgracia, no es frecuente. Un libro, en definitiva, para colocar en un lugar muy visible de la biblioteca, poderle echar un ojo de vez en cuando siempre resultará placentero.

    Para finalizar, Sr. Molina, quisiera formular dos puntualizaciones a su reseña del libro.

    Sirva la primera para rescatar del olvido el nombre de la traductora, Teresa Ruiz Rosas, quien realiza lo que, en mi opinión, es un excelente trabajo, consiguiendo un texto limpio y de fácil lectura en una obra que el autor nutre permanentemente con modismos y frases de ingenio.

    La segunda, más que una puntualización, es la confirmación de un hecho que me abochorna (usted ya alude a él en el inicio de su comentario). ¿Por qué libros como éste, pasan sin pena ni gloria, sino desapercibidos, hoy en día?, ¿quién o quiénes son los culpables?, los editores, los críticos, los libreros, los lectores o tal vez todos. Me parece un auténtica vergüenza que obras como las de Ivo Andric, Alan Sillitoe, Elfriede Jelinek o Alfred Döblin (por citar algunos al azar) pasen inadvertidas y nos alimentemos prioritariamente de Pérez-Revertes, Marías, Austers, McCarthys y demás que, como avalanchas, nos sepultan al amparo de sus sillones académicos o al del ritmo marcado por Hollywood y sus modas.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

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