Camino nocturno – Ludwig Hohl

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Hace tiempo comenté aquí Escalada, un relato breve del suizo Ludwig Hohl. En él brillaban la escritura preciosista, que se detiene con morosidad en el detalle, a la par que la concisión, que presenta una imagen ante la retina del lector sin necesidad de recursos alambicados.

Las virtudes de Escalada recomendaban la lectura de este Camino nocturno que, por desgracia, no resulta tan delicioso como el primero. Camino nocturno recopila varios relatos de Hohl, escritos a lo largo de la década de los treinta del pasado siglo.  Es fácil adivinar en ellos la costumbre del autor de trabajar los textos con increíble meticulosidad, de modo que encontramos relatos como el que da título al volumen —un relato de apenas quince páginas—, cuya escritura se prorrogó a lo largo de cuatro años, entre 1931 y 1934. Aunque desde luego nada comparable a los casi cincuenta años que le llevo escribir Escalada.

Pero a pesar de ello, los relatos de Camino nocturno adolecen de una notoria falta de fuerza, o garra, llámenlo como prefieran. La escritura es correcta, sencilla y elegante, pero lo que se narra no es capaz de atrapar al lector. Empieza el volumen con tres relatos interesantes, «La hoja», «El erizo» y «El buscador», en donde se nos presenta la soledad del ser humano, su indefensión ante el destino y, en consecuencia, su tendencia a buscar talismanes que lo protejan del desamparo al que se sabe abocado.

Pero los siguientes relatos carecen en su mayoría de un asidero al que la atención del lector pueda aferrarse. Las historias no parecen tener un desarrollo coherente, lo que no es de por sí un demérito, pero tampoco tocan algún tema (mundano o profundo) de forma que pueda ser aprehendido; evidentemente, el resultado de unir ambas características da lugar a historias faltas de brío. Algunos cuentos se resuelven de forma un tanto brusca como «Laurisa, la esplendorosa»; otros parecen morir precisamente por su falta de vigor, desvaneciéndose poco a poco.

«Camino nocturno», es un ejemplo de esa tendencia a la divagación que sufren estos textos. En él brillan las descripciones de los parajes nocturnos iluminados por la luna a orillas del Danubio en una nevada noche invernal —en general, las descripciones de paisajes de Hohl son pequeñas joyas en sí mismas, y unas cuantas adornan estos relatos—. Pero poco más saca en claro el lector sobre los paseos del protagonista, que hace y deshace el camino hasta su posada en busca de un misterioso hombre al que ha entrevisto en la oscuridad.

Aunque un relato destaca entre los que componen Camino nocturno: «Tres viejas», el relato que cierra el volumen como un magistral broche capaz de hacernos cerrar el libro con buen sabor de boca. En él, Hohl demuestra poseer el mismo talento para describir personas que paisajes, presentando a tres ancianas habitantes de un pueblo de montaña en el que el narrador pasa una temporada. La vejez, e incluso la decrepitud y la senilidad, se entreveran con la sabiduría de quien está al final del camino y asume la muerte como una parte más de la vida. Las luces y las sombras de esa última etapa inevitable muestran su contraste en un relato meramente descriptivo, pero que da idea de la talla como observador de Ludwig Hohl.

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