La armadura del capitalismo – Alejandro Teitelbaum

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A estas altura parece una obviedad decir que estamos a merced del capitalismo, pero lo cierto es que es así, y libros como La armadura del capitalismo nos muestran algunos de los entresijos que no podemos ver, pero que existen y hacen de nuestras vidas algo mucho más complicado de lo que podrían ser. Y, por si hubiese alguna duda acerca del carácter depredador y peligroso de las multinacionales que se estudian en este ensayo, valgan estas palabras de Percy Barnevik, un director ejecutivo de Asea Brown Boveri: «Yo definiría la mundialización como la libertad para mi grupo de invertir donde quiere, el tiempo que quiere, para producir lo que quiere, aprovisionándose y vendiendo donde quiere, teniendo que soportar el mínimo de obligaciones en materia de derecho laboral y de convenios sociales.»

Básicamente, lo que Alejandro Teitelbaum trata de poner de relieve en este libro es que las sociedades transnacionales, con el auspicio de los gobiernos, intentan someter el funcionamiento de la economía a su estrategia, que no es otra que maximizar sus beneficios «apropiándose por cualquier medio del fruto del trabajo, de los ahorros y de los conocimientos tradicionales y científicos de la sociedad humana». Para lograr ese propósito no dudan en ejercer todo el poder que tienen, que es mucho, en detrimento de cualquier clase de derecho social, incluso humano, que puedan considerar como obstáculo. Buena prueba de ello es el enorme negocio que se genera (que ellas mismas se esfuerzan por generar, con la inestimable aquiescencia de los gobiernos de turno —y olviden las siglas, porque cualquier gobierno está siempre de su parte, como pueden comprobar en Europa últimamente—) cuando acaece algún desastre natural o se pone en marcha un conflicto bélico: lo que Joseph Schumpeter denominó con cruel ironía «destrucción creativa», ya que se dan oportunidades de cambio económico que las empresas aprovechan con voracidad sin par.

Además, otro error extendido consiste en pensar que estas grandes corporaciones son creadoras de empleo y, por tanto, de riqueza para una mayoría de población. En realidad, casi todas las grandes corporaciones son empresas “fantasma” que concentran la actividad financiera y subcontratan o controlan la actividad productiva que realizan otras empresas más pequeñas; es decir, que lo único que hacen es apropiarse del valor creado por la economía real, generando dividendos para los accionistas. Con esa apropiación, además, se produce un empeoramientos de las condiciones de trabajo en las empresas subcontratadas y un reparto desigual entre el capital productivo y el capital financiero; por supuesto, en beneficio del segundo.

El poder político, que en teoría debería velar por el bienestar de la ciudadanía, sirve ahora a las grandes transnacionales, de manera que la mayor parte de la población queda desamparada ante los atropellos que se llevan a cabo de manera continua a lo largo y ancho del globo. No sólo los gobiernos nacionales, sino que las grandes instituciones internacionales, tales como la ONU, la Organización Mundial del Comercio, por no hablar del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional, están por completo al servicio de los intereses de un puñado de corporaciones que rigen los destinos del mundo con la mente puesta únicamente en los beneficios que pueden obtener. Un par de datos de muestra: en 2008, la reina Isabel II de Inglaterra, una de las mujeres más ricas del mundo, recibió 523.000 euros en concepto de subvención del Fondo Europeo para la Agricultura. Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas incorporó a su cúpula de toma de decisiones en el año 2000, mediante un acuerdo conocido como Global Compact, a 44 multinacionales (entre las que se encuentran Shell, Nike o Novartis, todas ellas conocidas por haber infringido derechos humanos, laborales o medioambientales) como representantes de la sociedad civil.

Este panorama desolador sirve al autor para aventurar unas cuantas propuestas legales para poder llevar a juicio o tratar de poner trabas a algunas medidas que estas empresas llevan a cabo en detrimento del bienestar general. El alegato final de Teitelbaum es bastante elocuente: cada persona debe comprender que «la solución no es individual, defendiendo su estatus de consumidor o tratando de alcanzarlo —el espejismo de la “movilidad social”—, sino que es colectiva, y que consiste en transformar radicalmente el sistema». Pongámonos a ello.

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