La solución final – Michael Chabon

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La solución final - Michael ChabonMichael Chabon es uno de los más ínclitos representantes de la nueva generación (ya no tan nueva, eso sí) de narradores estadounidenses posmodernos que componen, entre otros, Foster Wallace, Eggers o Franzen. Ello se debe, sobre todo, al Pulitzer conseguido gracias a ese novelón espectacular que es «Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay»: por su extensión, por su ambición literaria y porque es una de las mejores grandes-novelas-americanas del siglo XX.

Chabon, no obstante, tiene un lado más «norteamericano»: local, previsible y ramplón, que se observa en algunas de sus otras obras, como en «Un mundo modelo«, por ejemplo. «La solución final» parte de una situación interesante, pero el autor no parece tener claro ni lo que quiere contar, ni de qué manera quiere resolverlo, por lo que en apenas cien páginas tenemos muchas expectativas, pero muy poca literatura.

La historia es, como digo, cuanto menos curiosa: a finales de la Segunda Guerra Mundial, un anciano detective (al que los críticos identifican como un Sherlock Holmes envejecido y vivo después de su supuesta muerte, aunque más parece que fuera un simple homenaje retorcido y satírico) es requerido por la policía para ayudar a encontrar al asesino de un hombre que trataba de robar un loro gris, propiedad de un niño germano mudo que vive en la casa del vicario local, que repite unas series de misteriosos números en alemán. Mediante sus peculiares técnicas deductivas tratará de averiguar el paradero del animal, aunque la realidad demostrará que el tiempo no pasa en balde, ni siquiera para un investigador de su categoría.

Parece evidente que, más que una novela homenaje al género detectivesco, «La solución final» es un relato deconstructivo acerca de la infalibilidad y la capacidad deductiva en un mundo que puede generar horrores tales como los campos de concentración. Porque el anciano —al que Chabon no siquiera dota de un nombre— comprende, al final de la historia, que sus habilidades no sirven de nada en una sociedad que le ha dejado atrás: no sólo técnicamente, sino por la absoluta falta de cordura que parece imperar. Quizá el mejor resumen de la novela sea uno de sus últimos párrafos:

La aplicación de la inteligencia creativa a un problema […] le había parecido siempre la ocupación esencial de los seres humanos […]. Y sin embargo siempre lo había atormentado […] el saber que había hombres, criptógrafos lunáticos, detectives locos, que malgastaban su inteligencia y su cordura en decodificar e interpretar los mensajes de las formaciones de las nubes, de las letras de la Biblia recombinadas, de las manchas de las alas de las mariposas. De la existencia de semejantes hombres se podía tal vez sacar la conclusión de que el sentido moraba únicamente en la mente del analista. De que eran los problemas irresolubles —las pistas falsas y los casos ya enfriados— los que reflejaban la verdadera naturaleza de las cosas. De que todo el significado y esquema aparente no tenía más sentido intrínseco que el parloteo de un loro gris africano.

Toda la trama, como suele ser habitual en el autor, está narrada de manera excelente, con un sentido del ritmo envidiable y con una prosa algo más barroca que de costumbre, con un mayor cuidado formal. Chabon es un buen contador de historias y este libro no es una excepción: su lectura es amena y las ciento y pico páginas se leen de una sentada.

¿Fallos? Que no es una buena novela. Que el autor juega con la inteligencia del lector, la despista y le ofrece, como postre, un final torticero: no por imprevisible o descuidado, sino por falto de imaginación. Que los personajes (el anciano protagonista, el niño alemán mudo o el policía joven e impresionable) no pasan de ser meros arquetipos carentes de hondura. Que el libro es entretenido, pero sus más de cien páginas parecen estar de más ante un desenlace semejante. Y es que si la conclusión natural de la trama es la que resume el extracto de arriba, ¿para qué necesitamos una novela que, más allá de cierta belleza formal, carece de enjundia? Quizá el problema estribe en que Chabon necesita de desarrollos más extensos, al estilo de «Las asombrosas aventuras…», para poder dar de sí como narrador; es evidente que en formatos largos consigue dotar de credibilidad tanto a las historias como a los personajes, cosa que no ocurre con los relatos o las novelas cortas.

En suma: una frivolidad de un narrador que debe estar acostumbrado a que cualquier cosa que salga de su pluma desate una avalancha de elogios y a que la crítica caiga rendida a sus pies. En esta ocasión, también, lo ha vuelto a conseguir. Pero no cuela.

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5 Comentarios

  1. Voy a comenzar esta novela, «la solución….» y lo cierto es que me estais desanimando.
    Refirieéndome a «Las asombrosas aventuras de Cavalier y Clay» está posiblemente entre las 5 mejores novelas que he leido.Su ritmo y originalidad no dejan indiferentes.
    Muy recomendable. He utilizado esta novela como regalo en más de una ocasión y las críticas siempre son excelentes.

  2. Después de la desluzida y sobrevalorada «Asombrosa historia de Kavalier y Clay» leí esta novela por mi amor a Holmes y lo que encontré me hace alejarme de Chabon a pasos agigantados.

  3. ¡Lo acabo de leer! Y tiene toda la razón. El lector se queda un poco despagado, pero la escritura es -como la muestra que reproduce- excelente.

    Avlasgar: Kavalier y Clay es imprescindible.

  4. La novela tiene ritmo, el estilo del autor me gusta, pero coincido plenamente en que empieza mejor de lo que acaba. Hay más artificio que contenido, más expectativas o intenciones que contenido final. Si la novela no fuese amena y si el número de páginas fuera mayor, la desilusión al comprobar la resolusión sería insuperable.

    De todas formas, me gusta el autor y buscaré a Kavalier y Clay, confiando en su opinión.

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