La sonrisa de Buster Keaton – Juan Fernández Sánchez

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La sonrisa de Buster Keaton - Juan Fernández SánchezDicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno; y también que la sencillez es complicada de lograr. Venga esto a cuento porque Juan Fernández Sánchez ha conseguido en este libro de relatos alcanzar, en algunas ocasiones, esas dos metas. Y lo ha logrado sin estridencias, con una prosa elegante, si bien en ocasiones un poco alambicada (aun cuando el protagonista de uno de los cuentos dice una frase que resulta una cierta toma de postura por parte del autor: «el lirismo y la trascendencia me han parecido siempre el refugio de los que no tienen nada que decir pero no saben cómo callar.»), con unos relatos que nos muestran soledades muy reales, sonrisas que nunca veremos, pero que están ahí.

Dice el autor en el prólogo que escogió este título por ser el que impuso a su primera novela, rechazada en todas las editoriales a las que la envió. Con todo, ese título refleja muy bien la peculiar idiosincrasia de los protagonistas de los relatos: Buster Keaton, al parecer, firmó un contrato para no sonreír nunca en público, dada la fama de cómico imperturbable que ostentaba. Esa sonrisa hurtada a la gente es lo que tienen en común algunos personajes; otros, sin embargo, se quedan a medio camino, muchas veces por la impericia de Fernández Sánchez, que se lastra con elementos ajenos al desarrollo del cuento y concreta poco.

Lo cierto es que, con sus más y sus menos, los relatos de “La sonrisa de Buster Keaton” son tiernos, atacan la sensibilidad del lector y, en buena parte de las ocasiones, la conquistan con esa sencillez de la que hablaba más arriba, sin contar con personajes memorables, tramas ocurrentes o desenlaces sorprendentes. Y confieso, llegados a este punto, que cuando cerré el librito tras leer la última de las piezas lo primero que pensé es que me había gustado… aunque no sabía muy bien por qué. Probablemente, la respuesta es que el autor no busca un mazazo literario, un K.O. cortazariano que epate el lector y lo deje clavado en la butaca, sino un entretenimiento delicado que apela más a la emoción pacífica y tranquila.

Algo que puede apreciarse desde el primer relato, ‘Tocata y fuga’, una relación amor/indiferencia entre un padre y un hijo vista desde la perspectiva inocente, pero crítica, del segundo. También la soledad se refleja en el siguiente cuento, ‘El principio de los vasos comunicantes’, que describe el desencuentro cotidiano al que cualquiera podría verse abocado, y que se resuelve con una pirueta un tanto previsible, pero no por ello menos elocuente. Como decía, la previsibilidad de las historias es palpable, pero Fernández Sánchez maneja sus recursos con habilidad, y deja un regusto amargo en el lector, que termina el relato sabiendo lo que ha leído —esto es, de qué iba la trama, quién aparecía, qué ha ocurrido—, pero sintiéndose diferente: tal vez más triste, tal vez más solo, tal vez más… inseguro. Ejemplo perfecto de esa desazón es el personaje que narra ‘Yo (y El Corte Inglés)’: irónico, decidido, inteligente, pero también absurdo y casi irreal, solo frente a un mundo también absurdo, pero imparable en su marcha.

Otras piezas, sin embargo, no consiguen llegar a transmitir sensaciones tan evidentes, y se quedan en la mera descripción. ‘Bilbao, hora cero’ no logra recrear la atmósfera cenicienta y aventurera que se vislumbra entre sus líneas, porque el autor se queda a medio camino entre la sugerencia más leve y la absoluta representación. Algo que ocurre también en otros relatos, como ‘La memoria de las cosas’, ‘Martín, que nunca vio el mar’ o ‘La desmemoria’: precisamente aquéllos en los que Fernández Sánchez imposta un tono más solemne, intentando fraguar historias más «serias», aunque en otros la apuesta le salga bien (‘In extremis’).

Por ese motivo, los cuentos más aprovechables de este conjunto son los más desenfadados, los que apelan al humor y al sentimiento del que lee: el ya citado ‘Yo (y El Corte Inglés)’, ‘El don de la infelicidad’ —la mejor historia, en opinión de uno, que aúna cinismo, candidez y amargura por partes iguales, y con un resultado espléndido y divertido—, ‘Gatos’ o ‘Ponme algo de Mozart’. Relatos en los que la hondura se logra a base de sencillez e ironía, y en los que el autor da lo mejor de sí. Aunque Juan Fernández Sánchez no haya pergeñado una obra maestra, se vislumbran trazas de buen escritor, con oficio y ganas; “La sonrisa de Buster Keaton”, con ser un libro menor, no deja de tener algunos momentos muy recomendables.

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7 Comentarios

  1. Leí este libro después de leer una resenña en un blog que descubrí hace poco. De ese blog pasé al blog del autor y de allí a éste. Me decidí por ser un libro de relatos cortos y la verdad es que me enganchó tanto que lo leí de refilón. Ahora ya no puedo dejar escapar El canadiense, al parecer es mucho mejor por lo que he leído por la red.

  2. He leído el libro unas cuantas veces y en cada lectura he descubierto nuevos detalles que se me escaparon cuando lo leí por primera vez. Los recursos utilizados son infinitos y no hay ningun relato que te recuerde al anterior, cada uno tiene su propia luz. Es la mejor recomendación que me han ofrecido en mucho tiempo y ahora espero ansiosamente El Canadiense, novela de este mismo escritor que ha sido galardonada con el Coronado y que todavía no se ha publicado.

  3. Misión cumplida. He leído el libro y me ha gustado muchísimo.Creo que deberían recomendarlo como libro de lectura obligada en los institutos porque es uno de esos libros que nunca se te cae de las manos. Se lo he pasado a un compañero.Espero que le guste tanto como a mi.

  4. Fue mi profesor en el colegio y han pasado mas de 18 años… Recuerdo que le encantaba lo que hacía, y los demás lo sabíamos, aún lo sabemos.
    Lo leeré, seguro que me gustará.

  5. Me ha parecido muy interesante.Lo voy a leer. Creo que el autor es mi profesor de lengua, pero no estoy seguro porque estudio a distancia y no lo conozco. Esto me ha motivado para leerlo.

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