Las frutas de la luna – Ángel Olgoso

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Las frutas de la luna - Ángel OlgosoComo siempre, leer los relatos de Ángel Olgoso es una experiencia inolvidable. El peculiar universo que el granadino crea en cada uno de sus textos tiene la habilidad de envolvernos en sus recovecos para conseguir que nuestra percepción se vea alterada y aceptemos sin dudar las extravagancias de las que somos partícipes. Pocos escritores tienen la facultad de lograr que el lector comulgue con sus creaciones fantásticas, pero sin duda Olgoso es uno de ellos. Dicho esto, también uno debe añadir que Las frutas de la luna es un libro muy estético, que se apoya en buena medida en el dominio de la prosa del autor, y que por esa misma razón no alcanza la genialidad de algunos otros libros anteriores, ya que el afán formal del escritor ensombrece las tramas, los personajes y los hechos que se narran.

Los veinte relatos que se recogen en Las frutas de la luna tienen, como siempre, una temática fantástica, si bien las tramas son bastante variadas. Así, tenemos cuentos que tratan el clásico tema del doble o doppelgänger, como en “Dybbuk”; relatos de corte mitológico o pseudo-histórico, como es el caso de “La torre de Hunan”, “Águila de sangre” o “Un cuenco de madera de ciprés, con agua, para recoger la luz de la luna”; textos imaginativos de corte fantástico, como “Contraviaje” o “La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos”; e incluso cuentos con cierta atmósfera de humor macabro, como ocurre en “Reliquias” o “Jueces del Valle de Josafat”. Obviamente, más allá de los detalles concretos de cada trama, el ambiente onírico o fantástico está presente en todos los textos.

No obstante, el afán de Olgoso por la prosa barroca y preciosista logra echar por tierra el buen fondo de algunos de los relatos. Pienso, por ejemplo, en “El síndrome de Lugrís”, un relato con un trasfondo espléndido (que toca temas que abarcan desde la locura hasta la más sincera amistad) pero que adolece de un estilo sobrecargado, reiterativo y que abusa de los coloquialismos dialectales. Este aspecto alcanza su culmen en el cuento que cierra el libro, “Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde”, un texto muy hermoso sobre la obra del pintor Caspar David Friedrich que, sin embargo, ostenta una prosa plagada de adejtivos, retruécanos y metáforas que acaban por dejar en un segundo plano la historia y enturbian la lectura. Está claro que la escritura de Ángel Olgoso basa buena parte de su fuerza en sus imágenes poéticas, desarrolladas con un estilo muy ornamental (lean, por ejemplo, el relato que abre el libro, “Contraviaje”, y entenderán este punto), pero en muchos de estos textos esa característica se torna demérito.

A pesar de ello, hay unas cuantas historias que bien merecen ser destacadas por su brillantez e imaginación: es el caso de la ya citada “Contraviaje”; las poéticas “Designaciones” o “Suero”; o también la maravillosa “Dibujé un pez de polvo”. En todas ellas el autor da muestras de su buen hacer, de su prodigiosa imaginación y de una escritura más contenida que permite acercarse mejor a su recóndito mundo de fantasía. Con sus fallos y sus errores, Las flores de la luna es un libro a tener en cuenta, sobre todo para los amantes del género fantástico.

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