Las praderas del Cielo – John Steinbeck

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Las praderas del cielo - John Steinbeck“Las praderas del Cielo” fue la segunda novela publicada por John Steinbeck. Si bien no tiene la fuerza desgarradora de “Las uvas de la ira”, novela posterior que le valió un Pulitzer, en ella destaca la delicadeza con que se describe la unión indisoluble que enlaza a quienes cultivan la tierra con esa tierra que les da el sustento gracias a un trabajo que no conoce tregua y que obliga unas veces a bendecir, otras a maldecir, cada terrón sobre el que se suda.

“Las praderas del Cielo” es una colección de pequeños infortunios, menudas contrariedades y alguna mediana desgracia que, sin embargo, dejan un poso de serenidad, de alegría, un sentimiento de gozo por lo hermosa que sabe ser la vida, a pesar de muchas cosas.

El planteamiento de la obra es original: en una idílica localidad californiana, de nombre Las praderas del Cielo, existe una propiedad maldita según la creencia general. Un día sin embargo, un hombre con muy mala suerte la adquiere y se establece en ella, convirtiéndose en un próspero miembro de la comunidad. La explicación para tan asombroso hecho la proporciona un vecino mientras charla en el almacén de la localidad: la mala suerte de la propiedad y la mala suerte del nuevo propietario se han resguardado en alguna madriguera y de su coyunda han de nacer pequeñas desgracias que se extenderán por el valle de Las praderas del Cielo.

A partir de ahí cada capítulo cuenta la pequeña o mediana tragedia que distintos habitantes de Las praderas sufren. Amores contrariados, desasosiego repentino provocado por el mismo acto que antes era afición, una vida arruinada por una equivocación, la ruptura con una tradición, la pérdida de una esperanza, son algunas de las historias que se desgranan a lo largo de la novela.

La impresión, no obstante, no es de infelicidad, sino al contrario. Página tras página el lector asiste a la vida plácida, tranquila y rutinaria de una pequeña comunidad rural donde las estaciones se suceden y donde el ambiente general de plenitud sirve como bálsamo para esas pequeñas durezas de la vida. A esa impresión contribuye activamente la prosa sencilla y fresca de Steinbeck, que describe sin alharacas los momentos más delicados de la vida de unos personajes en los que nos podemos reconocer.

Porque cualquiera de las suertes contrarias que narra la novela podría acaecer a cualquiera, y cualquiera reaccionaría como los personajes lo hacen: asumiendo que en la vida no siempre se gana y que a veces hay que dar media vuelta y empezar de nuevo.

El final de la novela recuerda a ese suspiro que a veces se escapa cuando pensamos en lo que la vida es: una acumulación azarosa de alegrías y pesares a la que nadie quisiera renunciar. A vista de pájaro, unos viajeros contemplan el valle de Las praderas del Cielo desde una de las montañas que lo rodean y, con cierta melancolía, consideran que ése debe de ser un buen lugar para vivir. Pero el lector, que contempla el valle desde más arriba y que, como el diablo cojuelo, se ha introducido en muchas de sus casas, sabe que en realidad es un lugar para vivir como cualquier otro. Pues la vida, esa mezcolanza de dicha y miseria, es siempre igual en cualquier parte.

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