Barnaby Rudge – Charles Dickens

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Barnaby Rudge - Charles DickensAunque uno no ha leído mucho de Charles Dickens, sí que he quedado satisfecho con lo que ha caído en mis manos, en particular con «Los papeles póstumos del Club Pickwick«, una verdadera delicia y un ejemplo magnífico de cómo emplear el humor y la sátira en literatura.

«Barnaby Rudge», por desgracia, no tiene esas características; de hecho, casi se inclina hacia el lado opuesto, y hay páginas y páginas que se hacen pesadas, demasiado pesadas para un libro que tiene más de ochocientas. Un punto que arruina la lectura de cualquier novela, como comprenderán. El sentido del humor de Dickens, esos personajes desopilantes, histriónicos, característicos de algunas de sus novelas, no aparecen aquí más que en contadas ocasiones. Ni siquiera la construcción de la trama es tan trabajada y sólida como en «Historia de dos ciudades» o «Grandes esperanzas»; en «Barnaby Rudge» encontramos a un Dickens folletinesco, en el peor sentido del término.

Y es que este libro remeda las famosas novelas de aventuras/históricas características de principios del siglo XIX, al estilo de las de Walter Scott: multitud de personajes, héroes de indiscutible bondad y malvados sin ningún principio moral, romances entorpecidos por las circunstancias… En fin, todos los elementos propios de ese tipo de libros y que, aun cuando el autor los maneje con sabiduría, no terminan de cuajar y la historia se estanca a lo largo de las numerosas páginas. Sólo en contadas ocasiones, en las que el mejor Dickens aflora y pinta situaciones de una hondura conmovedora, o en las que asoman personajes muy característicos (la señora Miggs, por ejemplo, o el aprendiz Simon Tappertit), la novela remonta el vuelo y ofrece una tregua al mortal aburrimiento que aqueja al lector.

Y no es tanto que Dickens trate de construir una obra que escapa a su campo de acción habitual —y en el que, por otra parte, se defendía mejor y fraguó sus grandes libros—, sino que comete el error de caer en la utilización de todos los (malos) tópicos de la novela histórica, construyendo una trama repleta de personajes muy planos (con alguna contada excepción), con momentos en los que la tensión dramática se ve suspendida durante mucho, mucho tiempo. Obviamente, el que los caracteres sean tan prototípicos y la trama tan llena de altibajos sólo genera dejadez en el lector, que termina por desear que el libro acabe cuanto antes.

Ni siquiera la intención de mostrar las funestas consecuencias de una revolución incitada por el odio (Dickens narra una revuelta, incitada por el noble Lord George Gordon, contra los católicos ingleses) salva a «Barnaby Rudge» de su esterilidad narrativa. Hay momentos impresionantes, no obstante, especialmente cuando la turba se dedica a perseguir a los papistas londinenses y asistimos conmovidos a la furia que se desencadena entre la muchedumbre; el escritor consigue transmitir la sensación de euforia desquiciada que se produce, y también la impresión de que todos esas personas no son conscientes, en el fondo, de lo que están haciendo, mientras que ese George Gordon que les ha incitado a base de soflamas permanece en la sombra, a la espera de las consecuencias.

Se ha alabado la capacidad de creación de personajes de Dickens (algo que, en efecto, puede apreciarse en casi todas sus grandes novelas); en «Barnaby Rudge» casi no hay muestra de ello. El protagonista que da nombre a la obra no deja de ser una marioneta en manos de otros, y lo que debería ser su «funesto» destino no pasa de ser un conjunto de coincidencias que más parecen salidas de la pluma de algún dramaturgo de tercera división. En realidad, son algunos personajes secundarios los que consiguen levantar un tanto el interés del libro: Varden, el cerrajero, una figura imponente en su integridad; o el malvado Gashford, cuya personalidad intrigante está muy bien trazada.

Con todo, y como ya se habrá advertido, «Barnaby Rudge» es una novela tediosa y ‘muy poco Dickens’, si me lo permiten. Ninguna de sus grandes virtudes como escritor está presente, y el refrito de aventuras, historia y sentimentalismo no acaba de cuajar. Me gustaría pensar que la habilidad narrativa del inglés estaba tan por encima de lo que se propuso hacer, que no consiguió rebajarse hasta el nivel que ello exigía. Estoy a la espera de otras teorías.

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