Las tinieblas – Leonid Andréyev

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Leonid Andréyev - Las tinieblasUn hombre y una mujer. Un revolucionario y una prostituta. La pureza y la perdición. Lo ideal y lo soez. Dos antagonistas encerrados en una misma habitación, obligados por las circunstancias a repasar ante el otro su existencia, sus valores y sus creencias; esa es la situación que desarrolla Leonid Andréyev en Las tinieblas, un relato en el que se pone de manifiesto lo inseguro que está el hombre aún de aquello en lo que con más fervor cree.

Alexéi, un revolucionario al que persigue la policía se refugia en un burdel para pasar la noche. Encerrado con Liuba, una prostituta de aspecto inocente, en una habitación, pronto surgirán entre ellos los primeros encontronazos debido a la absoluta disparidad de sus caracteres. Virgen aún, el hombre no desea manchar su espíritu en vísperas de un importante acto terrorista que debe llevar a cabo en pro de la revolución. Por su parte, Liuba es incapaz de comprender que un hombre pase con ella la noche si no es para mantener relaciones sexuales.

Y ese es sólo el primer chispazo de discordia entre dos seres que han visto siempre el mundo desde distintas perspectivas. Porque mientras Alexéi representa la pureza, el ardor de la juventud puesto al servicio de un ideal al que se han sacrificado las pasiones, los afectos y hasta los lazos familiares, Liuba es aquella que se ha visto obligada a sacrificar su inocencia y cuanto podía haber en ella de elevado para sobrevivir.

Sin piedad, la mujer hará comprender al revolucionario que si él se ha podido preservar libre de culpa, entregado únicamente al sueño de hacer realidad sus aspiraciones de igualdad en la tierra, es gracias a los millones de seres que, como ella, viven inmersos en la miseria física y moral. La bajeza de la mayoría es la que permite elevarse a unos pocos sobre ellos, quienes inmediatamente creen tener el derecho a alardear ante los caídos de su superioridad. Una superioridad que exhiben con modestia, casi con pudor, intentando con cautela no ofender a aquellos por quienes luchan, pero que consideran inferiores en todos los aspectos.

Con el transcurrir de la noche, Liuba va convenciendo a Alexéi de la veracidad de sus pensamientos. Y persuadiéndole de que el único rescate que quienes son como ella aceptarán de quienes son como él es que se rebajen igualmente a la ignominia; que vivan en la inmoralidad para no puedan sentir jamás la tentación de, por su pureza, sentirse jueces o salvadores de los caídos.

Bebo a la salud de los ciegos de nacimiento. Saquémonos los ojos porque da vergüenza mirar a aquellos que no ven. Si nuestros ojos no pueden servirnos de linternas para iluminar las tinieblas de la vida, arranquémoslos y ¡viva la noche! Si todo el mundo no puede entrar en el paraíso, no lo quiero para mí. ¡Abajo la luz, vivan las tinieblas!

Alexéi accederá a mancharse, y sólo entonces comprenderá Liuba la grandeza de la vida austera y limpia que el revolucionario había llevado hasta esa noche, deseando unirse a él en esa lucha por devolver a los miserables a un estado de virtud. Sin embargo, el desenlace de Las tinieblas devolverá a cada uno de ellos al papel que había desempeñado hasta la fecha, interrumpiendo la escalada dramática en que se han visto envueltos ambos protagonistas. Sera la sociedad, que aguardaba ajena fuera de la habitación, quien devuelva a Liuba y Alexéi al lugar que les había asignado, pues para que existan héroes debe siempre haber villanos.

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