Los avispones – Peter Handke

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Los avispones, con cuya publicación en 1966 inauguró Peter Handke una de las carreras literarias más relevantes del panorama europeo actual, es una novela tan original como extraña. No es ciertamente una lectura difícil, pero sí capaz de desconcertar al lector. La historia se construye y deconstruye con cada frase, por lo que en ocasiones resulta difícil comprender hacia donde avanza.

El narrador, que salta de la primera a la tercera persona, describe la desaparición de su hermano —en cuya búsqueda el propio narrador quedo ciego— cuyo regreso, años después, el narrador parece estar esperando. Pero esta historia no acaba de perfilarse, se difumina en ocasiones para volver a concretarse, avanza y retrocede en un extraño juego. Y a pesar de ello, el ambiente familiar en que viven los hermanos, e incluso el ambiente social de la zona rural donde reside a familia, logran plasmarse de una manera eficaz.

Los avispones es una novela con un gran peso narrativo, a pesar de no seguir un desarrollo convencional. Es una obra que se construye delante del lector, puesto que el narrador parece cambiar de idea a cada frase. Las acciones son abordadas de múltiples maneras, como si en ese mismo momento el narrador dudase de cómo contar la historia, e incluso de qué historia contar.

Me imagino el andén. Le asigno un carro eléctrico. Borro la imagen del carro rodando y dejo el andén vacío. Me imagino la sala de espera y le añado el crujido del altavoz. Me imagino la puerta batiente de la sala de espera y los asientos que hay detrás de esa puerta. Dejo los bancos de la sala de espera también vacíos. Sin embargo, dejo los batientes de la puerta en movimiento. […]

Este especial modo de construir la historia se pone especialmente de manifiesto en la descripción de la espera del ciego, que aguarda el regreso de su hermano desaparecido años atrás. La sensación de espera es nítida, el personaje logra trasmitirla con claridad, sin embargo es imposible discernir si esa espera es real o imaginaria, si tiene fundamento en la realidad de la acción o es un trastorno imaginativo del invidente.

De hecho, la narración incluye fragmentos en que se describe el camino de regreso del hermano ausente: su noche en una estación, su espera al borde de la carretera a la espera de un vehículo que lo acerque a casa. Pero el lector no puede saber si esas escenas forman parte de la acción o simplemente son representaciones de la mente del ciego, quien va cambiando el devenir sobre la marcha: el hermano ya no espera junto a la carretera, llega en un autobús que se detiene en la plaza del pueblo. Y ese mismo regatear la acción se extiende por toda la narración, afectando a la historia entera. Porque también se describe la llegada del cadáver del hermano, traído por los vecinos, o el velatorio del cuerpo a cargo de las mujeres del pueblo.

De este modo, el único elemento seguro de la historia es la espera del ciego, que parece estar a oscuras, no tanto de lo circundante, como del auténtico acontecer de los hechos que pretende contar. Su ceguera es realmente la insania que le impide discernir si su hermano va a llegar, o si llegó hace años muerto y cubierto su cuerpo por un saco.

De este modo se conforma una novela, como anticipaba al comienzo, de una enorme originalidad y, a su vez, tremendamente extraña. Una novela nada difícil, pero sin duda desconcertante.

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2 Comentarios

  1. Hacía mucho tiempo, desde la guerra de los Balcanes, que me llamaba poderosamente la atención la figura de Peter Handke. Su fama de “enfant terrible” y de escritor maldito, siempre había despertado en mí, curiosidad y, por qué negarlo, hasta cierta simpatía. Que, cuando toda, o casi toda, la opinión pública sigue obediente a los cabestros mayores, – Javier Solana, por entonces secretario general de la OTAN, el primero de ellos, a la cabeza -, haya un personaje discordante, capaz de apartarse del rebaño para, por lo menos, preguntarse si no estaremos siendo todos engañados, merece mi respeto y admiración. Desde esa duda, que yo recuerde, únicamente Peter Handke y el cineasta bosnio Emir Kusturica adoptaron posiciones discordantes a las de los voceros, que proclamaban la necesidad, y hasta la bondad, de una “guerra humanitaria”, – así, tal cual, con ese cinismo, nos la vendieron los inventores de términos tan curiosos como “daños colaterales” -, que pusiera orden en un avispero, – y no es un guiño a la novela -, convenientemente sacudido por ellos mismos poco antes. El monstruo necesitaba nuevos mercados que llevarse a las fauces, y mejor muchos – Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Macedonia y Montenegro – y allegados, que uno – Serbia -, díscolo y alejado de su esfera de influencia.

    Desde entonces, y para no apartarme más del tema de los libros, tenía una cita con la obra de Handke. La publicación, en solodelibros, de la crítica sobre “Los avispones” me animó definitivamente a no posponer más ese viejo compromiso.

    Acabado el libro, continúo teniendo dudas sobre la opinión que me merece. La verdad, cuesta trabajo definirlo, y no se sabe muy bien a qué atenerse. Da la impresión que otro parecer no hará sino acumular más desconcierto, a los ya desconcertados comentarios – perdone, Sra. Castro, pero esa impresión me ha dado – de la reseña. De todas maneras, vamos a intentarlo.

    Digamos, para empezar, que la obra del escritor austríaco es, y no exagero, extraña y extravagante como muy pocas. Estamos, más bien, ante un libro de recuerdos y ensoñaciones que ante una obra de trama definida. Un libro, en el que los dos únicos hilos conductores de la historia son la desaparición – mejor, cabría decir huída – y la muerte, de dos de los hermanos del protagonista, Hans y Matthias. A partir de ahí, se acumulan en un tottum revolutum, todo tipo de experiencias, sensaciones y sueños, que desorientan y descolocan al lector, hasta hacerle confundir realidad y ficción. No sabemos nunca si el protagonista nos hace partícipes de sus alucinaciones o de una capacidad innata para visionar un futuro, que ya se aproxima. Un auténtico galimatías.

    Es indudable, cosa que no se puede escatimar al libro, la tremenda belleza y fuerza descriptiva lograda en algunos de sus capítulos. “La ocultación de la noticia” y “Los discursos del gendarme”, con su hermosa cascada de imágenes y movimiento, son un claro ejemplo de ello – hay muchos otros -. Pero si, como la reseña indica, estamos ante “una lectura no ciertamente difícil”, – afirmación que se presta a amplio debate -, lo que no se puede negar es lo complicado de su interpretación. Prueba de ello, son las distintas conclusiones extraídas tras la lectura:

    – La reseña afirma: “…le impide discernir si su hermano va a llegar, o si llegó hace años muerto y cubierto su cuerpo por un saco”.

    – Para mí, el único hecho irrefutable y real es el ahogamiento de Matthias, llevado a casa sobre un carro y cubierto por un saco. La eterna espera del protagonista, se centra en el otro hermano, Hans, fugado de casa a raíz del suceso, que provoca esa desgraciada muerte.

    Es sólo un ejemplo. Estoy seguro que una tercera lectura sería capaz de extraer deducciones completamente distintas a las aquí expuestas. Virtud o defecto de una obra, más cercana al experimento literario que a la novela al uso.

    Sea como fuere, y aunque no es lectura para mayorías, – abstenerse pues amantes de best-sellers -, no puede negarse su originalidad y su afán por descubrir nuevas formas narrativas de expresión. Otra cosa, es que esas intenciones calaran en el público de 1966. Casi cincuenta años después, siguen representando un ejercicio hermoso, pero arduo a la vez. Algo que, no nos engañemos, el lector medio no perdona.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

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