Los dueños del ritmo – José Eduardo Tornay

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Los dueños del ritmo - José Eduardo TornayYa dije de José Eduardo Tornay cuando comenté «Los observatorios» que tenía una escritura poderosa y que sus historias resultaban ingeniosas e interesantes. En «Los dueños del ritmo» el autor hace gala de un olfato muy fino para retratar unos escenarios actuales y patrios: urbanizaciones de alto copete, ciudades escindidas por su explosiva expansión industrial o barriadas marginales. Y también para los personajes: empresarios ahítos de fortuna, hijos comprados por el dinero de sus padres o mujeres satisfechas de su propia ambición.

Vicente Carrillo Fowler, el protagonista de la peripecia patética que es «Los dueños del ritmo», es un abogado sin compromisos morales que hace un recorrido descendente, en una sola tarde, por los recovecos oscuros que han ido dando forma a su vida. En su peculiar e íntimo descenso a los infiernos, Fowler pone de relieve —para el lector— de manera progresiva su mezquindad y su absoluta falta de escrúpulos. Chantajes, contubernios e infidelidades son sólo la punta del iceberg de la vida de un arribista que ha subido los escalones del éxito a fuerza de engaños y sonrisas.

El Seat Ritmo tras el que se parapeta durante su trayecto vespertino es el único eslabón que le ata con un pasado más sencillo, más humilde, de trabajos extenuantes y pisos de alquiler. No obstante el toque sentimental, uno de los puntos fuertes de esta novela corta que es «Los dueños del ritmo» es, precisamente, su falta de sensiblería, la nula concesión que Tornay hace a la emotividad de los recuerdos de su protagonista. Fowler es un personaje que, sin hacerse entrañable, sí consigue que el lector se identifique con él: con sus deseos, con sus perversiones y con sus motivaciones; pero, como ser humano, también le percibimos ruin, fulero y deshonesto. Las peripecias de esa tarde al volante de su viejo coche hacen (gracias al buen hacer del autor) que Fowler aparezca presentado en su totalidad, sin dobleces y sin secretos, ángel y demonio.

La buena mano de Tornay para describir entornos cotidianos dota al relato de una verosimilitud sorprendente. La urbanización de lujo en la que vive el protagonista es tan real como ese Cádiz innominado por el que se mueve; esas callejas serpenteantes donde se dan cita miserables hombres de negocios y prostitutas son tan creíbles como las barriadas donde se hacinan toreros caídos en desgracia o parados recalcitrantes. Es fácil caer en el tipismo más vulgar cuando se escribe sobre esos escenarios o esos personajes, pero Tornay no cae en el lugar común, no deja que su estilo se impregne de sentimentalismo alguno, o de descripciones tópicas; la honestidad es brutal tanto cuando muestra el escarceo del protagonista con un prostituta drogadicta, como cuando relata el estilo de vida adinerado que Fowler ha llegado a alcanzar. Sin concesiones, sin lágrimas y sin palmaditas: la realidad se palpa en cada escena de esta novelita, en cada palabra. Podemos conocerla o no, estar más al tanto o menos, pero está ahí, para cualquiera que quiera saborearla en toda su amargura.

Por lo demás, lo cierto es que «Los dueños del ritmo» gana conforme se van pasando páginas; es posible que sobren algunos incidentes menores que poco aportan al desarrollo de la acción, algunas disquisiciones que el protagonista se hace mientras conduce. Quizá unas páginas menos hubieran contribuido a crear una atmósfera más propicia para esa aventura que Fowler tiene en el transcurso de una sola tarde, ya que parece que la narración tiende más a la condensación y eso sólo provoca cierta dilación. Con todo, la obra es una buena muestra del talento de Tornay para manejar situaciones comunes y personajes reconocibles, para plasmar sobre el papel una realidad social que existe y que no por evidente es menos visible. Por su estilo característico y por su mirada cínica y profunda a nuestras miserias más contemporáneas, «Los dueños del ritmo» es un libro que merece la pena leer.

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1 Comentario

  1. Muy buena la novela, la acabo de leer. Muy dinámica la sucesión de escenas y, lo que usted dice, un estilo muy potente, sin fisuras, arriesgado y original.
    Yo, que conozco bien la zona de Cádiz en la que transcurre, compruebo que en realidad es todo como un cuadro de Dalí, distorsiona los paisajes hasta hacerlos poco reconocibles.
    Habrá que esperar si en la próxima se supera Tornay.

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