Los falsificadores de moneda – André Gide

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1903

Los falsificadores de moneda - André GideLos falsificadores de moneda es, sencillamente, una obra maestra. Son tantas sus virtudes que resulta difícil enumerarlas una a una; pero, al cerrar el libro, a uno le queda la certera sensación de haber disfrutado de una novela exquisita, perfecta: esa literatura con mayúsculas, perla rara, que tan esquiva resulta.

Basándose en dos sucesos aparecidos en los periódicos de la época -el suicidio de un muchacho ante sus compañeros de clase y la desarticulación de una banda de falsificadores de moneda adolescentes-, André Gide construye una novela laberíntica a la vez que precisa, que deja traslucir su conocimiento (teñido de fascinación) del mundo de los adolescentes y sus posibilidades como material de ficción.

Ciertamente, Los falsificadores de moneda presenta un retablo de figuras juveniles, mayoritariamente masculinas, que representan esos años dorados en los que cualidades opuestas pueden convivir en un mismo individuo sin aparente contradicción: la rebeldía y la sumisión, la castidad y el desenfreno, el temor y la osadía, el descreimiento y la fe. Tras esta galería de muchachos aparecen, como sombras, profesores, padres, amigos, jueces… los adultos que parecen tener vida solo en tanto se relacionan con ellos.

Pero las historias que Gide rescató de la sección de sucesos no son sino hilos que se tejen en una urdimbre donde, al concluir la novela, no queda un solo cabo suelto. En ese tejido se percibe igualmente un dibujo que alude a esos otros falsificadores de moneda a los que ya aludió Shakespeare en su Cimbelino: los padres de hijos ilegítimos (como el personaje de Vincent Molinier), y a esos mismos hijos, conscientes para siempre de su falso cuño, (como Bernard Profitendieu).

Sobre ese doble concepto, literario y literal, de la falsa moneda, André Gide construye una historia en la que la narración se fragmenta, descomponiéndose en anotaciones de diarios, cartas, y la voz de un narrador jocoso que en ocasiones se detiene para reprender a sus personajes, quienes parecen haber desarrollado durante el transcurrir de los hechos unas cualidades que escapan a sus previsiones o deseos.

Tal vez uno de los aspectos sobresalientes de Los falsificadores de moneda es el juego que el autor hace con sus personajes, juego al que el lector asiste absorto. La aparición de ninguno de ellos es casual, y todos juegan más de un papel en el devenir de la trama. A la vez, cada personaje está laboriosamente trabajado y, aunque a veces hayan escapado al control del narrador, como este se lamenta, cada uno de sus rasgos le colocan necesariamente en el lugar que debe ocupar en la historia.

Como un malabarista que mantiene en el aire varias pelotas, cuyo número va aumentando sin permitir que ninguna caiga, así André Gide sostiene sus personajes en un ejercicio de perfecta ejecución. Y es, a la vez, tejedor que maneja con inigualable destreza la lanzadera hasta convertir dos casos aislados publicados en un periódico en una única historia, diversa, conmovedora y apasionante.

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