Los observatorios – José Eduardo Tornay

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Los observatorios - José Eduardo TornayEs “Los observatorios” un conjunto de relatos que le ha suscitado a uno reacciones muy diferentes: en casi todas las piezas hay un detalle que no parecía encajar del todo, una pequeña grieta narrativa; y, sin embargo, la escritura de José Eduardo Tornay, con ser muy preciosista, tiene una fuerza interna poderosa, que arrastra al lector y consigue hacer olvidar los tropiezos en pro de un efecto total que es bastante impresionante.

El libro se compone de siete cuentos que comparten un denominador común: los protagonistas de los relatos siempre tienen un momento de lucidez, un instante en el que todo lo que les rodea pierde consistencia y se les revela algo -un secreto, un recuerdo, una visión- que cambia, en mayor o menor grado, su percepción de la vida. El cuento que mejor ilustra este aspecto es el que abre el libro, ‘Mesas de formica’, uno de los mejores de todo el volumen y en el que una pareja inicia una peregrinación a Santiago desde Algeciras (lugar de nacimiento de Tornay) mientras su relación se tambalea ostentosamente. Durante las horas de marcha bajo el sol, el marido hace memoria de sus años de juventud, de su fracasada relación conyugal, de su frustrante experiencia con una amante y del vacío que, en general, preside su existencia. Su propio vacío se revelará después de que abandone a su mujer en ese periplo y, tras una serie de lances, contemple desde el amparo de un contenedor de basura cómo ella, desfallecida y embarazada, ha de ser devuelta a casa por una ambulancia.

Es difícil resumir o explicar estos relatos, por el simple hecho de que tienen mucho más de poesía que de prosa; ‘Apariencias’ o ‘La urna de cristal’ (ambos con protagonistas solitarios y extraños, con comportamientos deliberadamente extremos) están dotados de una fuerza peculiar: el estilo del autor, con metáforas insólitas y fraseos desacostumbrados, rompe la monotonía narrativa para insuflar bríos a tramas que, de otra forma, podrían caer en la vulgaridad. En cierto sentido, recuerdo un poco a Félix J. Palma y sus primeros relatos, por lo curioso de algunos párrafos, por la fuerza del lenguaje que usa.

¿Es Tornay un mero artesano de la prosa? No. Sin embargo, algunos cuentos adolecen de falta de cohesión, de una tensión interna que los convierta en piezas estables. Se pueden ver, con mayor o menor claridad, los temas que el autor quiere abordar en ellos, pero alguna pirueta narrativa o argumental enturbia el resultado final, cuando no lo malogra por completo. Eso ocurre en ‘Guateque’, un cuento estilísticamente muy bello, muy trabajado, en el que se narra cómo se aferra una mujer a su soledad con uñas y dientes a través de la celebración de una fiesta en su jardín. El hecho de que la narración ponga el foco en personajes secundarios y se pierda en vericuetos que aportan poco o nada a la historia principal, acaba por resultar desconcertante. Lo mismo ocurre en ‘Noches de calor’, quizá el relato más flojo del libro, que muestra cómo se puede vivir con los miedos heredados de la niñez, y al que una estructura analéptica resta buena parte de la fuerza que podría tener.

Es una verdadera lástima que Tornay se enrede en estas peripecias formales, que restan credibilidad y solvencia a su labor como escritor que, insisto, es muy digna de ser tenida en cuenta. Su prosa es hermosa, elaborada sin llegar a ser recargada, con giros e imágenes muy curiosos y frescos, y aunque algunas historias no sean del todo redondas, las tramas son rotundas y bien resueltas. Valga como ejemplo el breve relato que cierra el libro, ‘Autolavado’, en el que un solitario narrador en primera persona desgrana su penosa existencia como empleado de gasolinera con un final que, alejándose del ansiado K.O. cortazariano, nos deja un agrio sabor de boca sin renunciar a la credibilidad.

A pesar de los tropiezos estructurales, José Eduardo Tornay tiene a su favor dos cosas: es un narrador con mucho temple y las historias que plantea resultan interesantes. En mitad de una fauna narradora que se perpetúa hasta el ridículo siguiendo los mismos modelos, y cuya máxima ambición literaria pasa por el uso de la sinécdoque o el sustillo final, el que un autor trabaje su prosa sin propósitos manieristas y trate de contar una historia es una actitud llena de mérito. A uno le han gustado los relatos de Tornay, su manera de narrarlos, y si encuentro algo más suyo, lo leeré con fruición; y recomiendo a cualquiera que lo haga.

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