Los penúltimos – Javier Montes

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2002

Los penúltimos - Javier Montes«Los penúltimos» tiene una portada muy sugerente, que anticipa de alguna forma lo que el lector va a hallar en su interior: la historia de una mujer, actriz, que se dedica a anestesiar a sus ligues de discoteca para pasar una noche de amor en su compañía, mientras duermen por efecto del sedante que ella les vierte en su bebida. A esta protagonista «no le interesaba nada el amor de las novelas», según leemos, y sabe que no es una actitud muy razonable, pero también sabe que «ser razonable en las cosas de amor era peligroso». Su vida cambiará, sin embargo, cuando conozca a Pedro en una de sus expediciones nocturnas: insatisfecho al no saber nada de ella, Pedro se dedicará a investigar su historia y a buscarla, a perseguirla, sin llegar a saber a ciencia cierta por qué lo hace y qué clase de fascinación ejerce sobre él esa actriz de innumerables nombres.

Javier Montes teje que con estas mimbres una historia de seducción y misterio, de secretos y deseos, de sombras y luces. Y quizás por estas dicotomías que pueblan la novela, lo cierto es que su lectura también avanza a ritmos asincrónicos: unas veces se desliza con una sutileza casi mágica, pero otras sólo progresa a trompicones. Puede que esto se deba a la fragilidad de su base, a esa fábula de amores encontrados y perdidos, de seres a los que una relación personal asusta más que nada en el mundo; ese hilo conductor es seductor, pero tenue y ligero, y hay pasajes (extensos algunos) a lo largo de «Los penúltimos» que adolecen de una vacuidad palmaria. El autor ha jugado con la sugerencia, con el recurso constante de la elipsis, para permitir que el lector entrevea los que sucede con sus personajes. Sin embargo, esa concesión no redunda en beneficio del libro, sino que evidencia la falta de fuerza del mismo: la novela descansa en la idea de lo no-dicho, de lo que no se ve, pero Montes no construye un armazón lo suficientemente sólido como para que el lector pueda emprender, por sí solo, la tarea de rematarlo. Lo tenue del argumento, de los personajes, de las situaciones, hace que la necesaria unión de todos los elementos brille por su ausencia.

La novela remonta al vuelo gracias, por un lado, a las dotes narrativas del autor, que, si bien en ocasiones se recrea en su prosa con una pomposidad desmedida, en general hace gala de un estilo vistoso y enérgico; y por otro, al papel que, ya avanzada la historia, juega Pedro. Es curioso que un personaje que, en principio, parecía diseñado para ofrecer un mero papel de comparsa, se haga con el control de la trama y llegue a convertirse en el verdadero protagonista del libro. Sin embargo, el desarrollo del texto hace que la protagonista pierda definición según se pasan las páginas: hechizado por su misterio al comienzo, el lector pronto pierde interés por una mujer que actúa guiada por unos propósitos entre infantiles y maniáticos, cuyos comportamientos parecen más bien fruto del azar que de unas decisiones conscientes. Pedro, por el contrario, se presenta envuelto en una bruma de indefinición, pero cobra carácter y nervio muy pronto: su papel de amante desnortado da pie al autor para definirlo por entero. Así, descubrimos que su vida se ha regido por la inconsistencia y la transitoriedad, y no es difícil ver en su obsesión por la actriz una etapa en su carrera en pos de lo inalcanzable.

Es posible que sin la creación de este personaje, «Los penúltimos» no pasase de ser una novela floja y de poco fuste, por más que la prosa de Javier Montes trate de convertir el plomo en oro. Incluso su ubicación geográfica, que se centra en Madrid, es tan endeble como fantasmal: la ciudad no llega a la categoría de escenario, sus rincones aparecen desdibujados e imprecisos, y se termina la lectura con la sensación de que la historia podría haber sucedido en cualquier otra parte con solo cambiar el nombre de algunas de las calles que se reflejan en su interior. Como decía, el autor coquetea con el recurso del silencio para que sea el lector el que complete la historia, los momentos y las acciones, pero esa indefinición es demasiado acusada para resultar atractiva.

«Los penúltimos», con todo, no es un mal libro, más que nada porque se percibe la maña de Montes para la narración, que sostiene —pese a las evidentes carencias de la trama— con vigor y destreza; no es fácil construir toda una novela en torno a una anécdota trivial y a un tema trillado hasta la saciedad, pero su capacidad como escritor da forma a ese vacío con una plasticidad muy hermosa. No recomendaría «Los penúltimos», desde luego, pero sí que habrá que estar atentos a los próximos trabajos de Javier Montes.

1 Comentario

  1. LOS PENULTIMOS, Es el primer libro que le de tí, no te conocia,pero, me ha sentado tan mal que no puedo dejar de hacerte esta critica, es una obra insipida, sin sentimientos, sin orden,sin argumento, elementos basico que un escrito tiene que dominar para crear una obra, desde luego, no volvere a leer nada mas tuyo y siento decirte que es el peor libro que he leido y he leido unos cuantos.

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