Mala hierba – Pío Baroja

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Mala hierba - Pío BarojaPublicada en 1904, casi al mismo tiempo que “La busca“, “Mala hierba” continúa narrándonos las peripecias del joven Manuel en su lucha por la vida. Con el mismo estilo descarnado y tremendista, Pío Baroja nos retrata una sociedad de busconas, timadores y mendigos, aún más abandonada a su suerte si cabe que en la primera parte de la trilogía.

Al finalizar “La busca” el lector deja a Manuel viviendo en la calle después de abandonar su última colocación y familia adoptiva por causa de una pena de amor, pero dispuesto a no dejarse vencer por la adversidad:

Comprendía que eran las de los noctámbulos y las de los trabajadores vidas paralelas que no llegaba un momento a encontrarse. Para los unos, el placer, el vicio, y la noche; para los otros, el trabajo, la fatiga, el sol. Y pensaba también que él debía ser de éstos, de los que trabajan al sol, no de los que buscan el placer en la sombra.

Sin embargo, y pese a los propósitos de regeneración del protagonista, sólo el título de esta segunda parte ya permite hacerse una idea de la colección de personajes lúgubres y miserables que pueblan sus páginas.

Manuel acude a su amigo Roberto Hasting, el modelo de hombre de acción, en busca de ayuda. Pero aunque Roberto le aconseja que siga el ejemplo de su vida laboriosa y de esfuerzo continuo, Manuel sabe que en su interior no se encuentra la fuerza de voluntad que le haga enfrentarse a la inercia que arrastra su vida hacia el pozo de la miseria.

No obstante, Manuel encuentra colocación como aprendiz de tipógrafo en una imprenta, y durante un tiempo lleva una vida ordenada. Sin embargo, pronto se cansa de la vida de rutina y sujeción a cambio de un miserable jornal y se encuentra en la calle, dedicado otra vez a la busca.

Los asilos para pobres, la miseria vergonzante, la caridad selectiva o los abusos y arbitrariedades de las autoridades, representan la cotidianidad que Manuel observa con ojos cada vez más indiferentes. La pérdida de Cuba, tema característico de la generación del 98, aparece retratado en “Mala hierba” mediante las historias de algunos soldados que lucharon en la colonia y narran con crudeza el hambre, la rapiña y las masacres de una guerra sin heroísmos que no comprenden.

Las descripciones, escuetas pero contundentes, de un Madrid sucio, harapiento y miserable, de desmontes, arroyos sucios y corralas malolientes son, sin embargo, de una rara belleza y de un lirismo sobrecogedor.
Aunque en “Mala hierba” volvemos a encontrar a muchos de los personajes de “La busca”, cada nueva relación que traba Manuel le hace descender un escalón más hacia los bajos fondos de la sociedad madrileña. No obstante, Baroja hace una distinción moral entre los personajes acabados que pueblan la obra, situando a los mendigos y pedigüeños que aparecen en la primera mitad de la novela por encima de los timadores, chulos y prostitutas que se convierten en camaradas de Manuel a lo largo de la segunda, cuando se convierte en un hampón.

La conciencia de Manuel le dicta vagos esfuerzos, que jamás se convierten en acciones concretas, para zafarse de una vida que el joven juzga deshonrosa, cuando se ve rodeado de la mala hierba. El dinero ganado en el juego u obtenido de mujeres de la vida le produce cierto desasosiego que prontamente muere al pensar en que la otra opción es una vida gris de trabajo y miseria. No obstante Manuel continúa siendo un buen muchacho, con un fondo de sentimientos nobles y desinteresados, que al final de la novela vuelven a despertarse.

Tras un encontronazo con la justicia, Manuel decide buscar las fuerzas que lo aparten de una vida que puede llevarle a la perdición y en él se insinúa una conciencia social que será el tema central de la obra que cierra la trilogía: “Aurora roja“.

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5 Comentarios

  1. Mucho me temo que Pío Baroja lleva, en lo que a mí respecta, el camino opuesto a los escritores adictivos. Y lo digo porque las primeras impresiones favorables tras la lectura de “La busca” se han disuelto como azucarillo en agua una vez concluida “Mala hierba”.

    La segunda entrega de la aventura iniciática de Manuel Alcázar es floja, demasiado para animarte a seguir perseverando con la trilogía “La lucha por la vida”. Es cierto que, en ocasiones, el realismo psicológico se le puede atragantar a cualquiera, pero entre ello y los cuatro rasgos, – quizás incluso exagere en el cardinal utilizado -, con que Baroja liquida a sus protagonistas hay todo un abismo: “barbudo, flaco y negro”, “cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo”, “chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena y flaca, los ojos negros, huraños y brillantes”, – aquí se ha echado el resto, pero no esperemos otro exceso igual -.

    La realidad es una e incontrovertible, aunque nos empeñemos, cada vez más, en verla según el color del vidrio con que se mira, pero creo que los personajes que por ella pululan son siempre complejos y están sometidos a las inexplicables contradicciones propias del ser humano. Baroja se agarra muy bien a la esencia de la primera parte de la frase, por el resto de ella pasa de puntillas.

    Como dije al comentar “La busca”, la sencillez y claridad de su prosa, junto a la habilidad para recrear ambientes, son dos bazas importantes en la obra del escritor vasco aunque, en ocasiones, la parquedad de pinceladas en el dibujo de los personajes resulta la peor de las maneras para componer un cuadro convincente. Emile Zola es uno de mis escritores favoritos y sus excesos -, si alguien ha leído “El vientre de París” sabrá a qué me refiero -, pueden resultar sofocantes; Pío Baroja se sitúa en el polo opuesto, demasiado opuesto para mi gusto.

    Hay otro aspecto, apuntado ya en la primera novela de la trilogía, que vuelve a aflorar, para lo negativo, en la trama de “Mala hierba”. Me refiero a la línea narrativa de la obra, o mejor cabría decir a su desestructurado proceso de narración. Las andanzas de Manuel en su aprendizaje personal por los andurriales madrileños tienen más de viñetas de tebeo que de género literario entendido como tal; los capítulos se abren y se cierran en la más pura clave del folletín y el cuerpo narrativo pierde solidez, a la vez que atractivo. El carácter abierto de la novela, siendo un valor positivo per se, puede convertirse, si se abusa de él, en una de sus mayores rémoras.

    Por época, estilo y escenario no puedo sino sacar a colación a uno de mis escritores favoritos, Benito Pérez Galdós, y en el odioso proceso de comparación establecido entre los dos Pío Baroja resulta especialmente dañado.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

  2. Fantástica también la segunda parte de “La lucha por la vida”; no obstante, me quedo con la poesía (o antipoesía) emanada de la sordidez urbana y humana de “La busca”.
    Un saludo.

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