Memorias de un hombre de madera – Andrés Ibáñez

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Memorias de un hombre de madera - Andrés IbáñezMemorias de un hombre de madera ganó el IV Premio Tristana de Novela Fantástica, dato que no tendría mucho interés si no fuera porque este libro va más allá de la mera consideración de esa etiqueta (y sin menosprecio alguno para la literatura de ese género). La narrativa de Andrés Ibáñez es compleja, profunda y llena de matices: planos de lectura que se cruzan y que convierten cualquier texto en un tapiz colorista y vivo, un conjunto de visiones que van más allá de la mera escritura.

Característica ésta que se convierte en un eje fundamental del libro que nos ocupa. Y es que Memorias de un hombre de madera juguetea con algunos temas clásicos de la narrativa fantástica o de ciencia-ficción, como por ejemplo (no sigan leyendo si no quieren spoilers) la integración de una máquina cibernética con forma humana dentro de la sociedad. De hecho, Ibáñez utiliza esta premisa para armar su novela, haciendo de Esteban, su protagonista, un ente artificial que trata de adaptarse a su condición de humano.

Hasta ahí tendríamos la parte fantástica. Pero la novela da mucho más de sí, porque la historia lleva a Esteban a unirse a un grupo, los Buscadores de la Montaña, cuyas doctrinas y enseñanzas le llevan a plantearse su condición de artefacto robótico y a anhelar una verdadera personalidad. Las viejas ideas de Asimov asoman en ciertos puntos del texto, pero la escritura de Andrés Ibáñez se centra más en el aspecto espiritual de esa búsqueda que en sus posibles contradicciones en términos sociológicos.

Esteban no trata de convertirse en humano, siendo una máquina como es, sino que busca comprenderse como ser, como organismo vivo (aunque en su caso se trate de una mezcla entre biología y ciencia). La sospecha de sentirse observado por sus creadores le lleva a preguntarse si su vida es como parece o es sólo un artificio; y en ese cuestión se concentra la búsqueda de una identidad, la persecución anhelante de todo ser en pos del entendimiento de algo que es inaprensible.

Paso de la angustia más atormentada a la alegría más absurda. […] La sospecha de vivir engañado, la sospecha de que nada es lo que parece y que nadie de los que me rodean son quienes dicen ser. ¿Será así la vida de los seres humanos verdaderos? ¿Se pasarán todo el día ellos también intentando descubrir a su alrededor las señales de la impostura? ¿Aceptan ellos confiadamente su vida, o sienten alguna vez la sospecha de que no sea una vida de verdad?

Esa «vida de verdad» a la que alude Esteban no es ni más ni menos que la trascendencia, el alma, la eternidad. La lucha del protagonista por comprender su lugar en el mundo es una búsqueda interior, un camino hacia la serenidad. Frente a su ansia por encontrar una solución hallamos la posición de Sabino, su mejor amigo (humano), que sostiene que «la vida sólo se hace de verdad interesante cuando nos damos cuenta de que no vivimos en un mundo de apariencias»: es decir, que hay que abandonar todo anhelo de trascendencia y comprender que el mundo es tal y como lo vemos en realidad.

Inmerso en esta encrucijada metafísica, Esteban trata de que su vida como humano sea normal: quiere sentirse como un ser vivo cualquiera, aun cuando comprende que sus dudas son una parte inherente a esa condición. Es en este aspecto en el que Memorias de un hombre de madera se aleja más de la ciencia-ficción al uso, ya que Andrés Ibáñez ahonda en la reflexión de su protagonista con verdadera intensidad.

Con todo, quizá el aspecto más flojo del libro estriba en su vaporosidad, en la falta de una trama sólida que sirva como base para los argumentos psicológicos. No tanto por la importancia que pudiera revestir, sino por la estabilidad que otorgaría al conjunto, ya que la novela comienza con mucho empuje y se desinfla en su parte final, centrada como está en las reflexiones y digresiones del narrador-protagonista. Enmarcando el texto dentro de una trama bien urdida el resultado hubiera sido perfecto; de esta forma, el libro resulta interesante en cuanto a las tesis que propone, pero hace aguas como objeto narrativo. A pesar de ello, no hay duda de que Memorias de un hombre de madera es una novela que merece la pena leer: por el florido y hermoso estilo de Andrés Ibáñez, narrador de cepa, y por las honduras que nos ofrece, insólitas en el común de la literatura actual.

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