Mis venenos – Charles-Augustin Sainte-Beuve

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Mis venenos - Charles-Augustin Sainte-BeuveLos cuadernos de notas, o de apuntes, de literatos y pensadores casi siempre aportan algo extra a su lectura: una especie de interés subyacente al mismo texto, como si nos pudiésemos acercar más al hombre que al genio. En el caso de Sainte-Beuve, esto parece a priori muy interesante, ya que su faceta como crítico supera con creces a la de escritor, y el tener acceso al diario personal de un crítico es toda una aventura.

No obstante, lo que uno se ha encontrado en “Mis venenos” es un caudal de pensamientos e impresiones bastante deslavazados, que tienen destellos de genialidad en contadas ocasiones y que en gran medida resultan monótonos para un lector de un siglo después. Lo que sí prolifera en muchas anotaciones es el sentido común, cosa que es agradable de observar, pero que en sí mismo no aligera la lectura, que en determinados puntos se torna realmente aburrida. Se echa en falta, además, la incorporación de notas al texto para facilitar su comprensión, pues no hay que olvidar que el autor se refiere una y otra vez a escritores, políticos, filósofos y críticos de la primera mitad del siglo XIX, muchos de los cuales resultan desconocidos por completo para alguien de hoy en día.

Sainte-Beuve es conocido por incorporar la figura del escritor (como persona —y personaje—) a la crítica de su obra; quizá por ese motivo en estos venenos hay muchas anotaciones sobre artistas que el autor conoció y trató de primera mano: George Sand, Victor Hugo, Mérimée o Balzac. Sin embargo, no es en esos apuntes donde se encuentran los pasajes más interesantes, ya que el autor (como confiesa en el prólogo) utilizaba sus esbozos como desahogo, como simple forma de volcar al papel sus frustraciones, sus malos humores y sus desencantos. Por lo tanto, muchas de sus notas apenas aportan nada a las figuras de las que habla; si acaso, confirman datos de su carácter o su posición.

Balzac, hasta en sus mejores novelas, ha conservado siempre algo de la bajeza y, por así decir, de lo crápula de sus inicios.

Hugo altera todas las ideas que nos hacemos del poeta lírico. Acostumbramos a definir al poeta lírico como una cosa ligera […]. En lugar de esto, Hugo nos ofrece un pensamiento complicado, calculado, que manipula todas las cosas.

La Sra. Dudevant comete infamias, y escribe sublimidades. Se jacta de que nunca creerán lo que es, y que la frase, en definitiva, prevalecerá.

Precisamente ese tono de despecho y abandono es lo que arrebata el interés a estas confesiones. (No obstante, es posible que puedan tenerlo para los estudiosos de Sainte-Beuve, o del periodo histórico correspondiente.) Lejos de sacar a la luz detalles que puedan iluminar sus reflexiones, las notas apenas muestran el lado mezquino que, posiblemente, el autor no quería mostrar en sus escritos públicos; no por temor a las represalias o los comentarios, sino por tener un lugar donde arrojar sus excrecencias sin que tuvieran que hacerse públicas.

En el apartado ‘Anotaciones y pensamientos’ es en el que encontramos algunas opiniones que valen la pena. Sainte-Beuve, más allá de que su posición crítica sea o no compartida, era un buen conocedor de sus contemporáneos y estaba al tanto de lo que ocurría a su alrededor. Es sorprendente la validez que pueden tener hoy en día algunas de sus observaciones:

Un soberano que acaba de subir al trono, o mejor dicho, de usurparlo, está tan ansioso por fundir toda la fortuna de sus predecesores y acuñar cada moneda en circulación con su efigie, como son rápidos en general los críticos recientes en romper y acuñar de nuevo todos los juicios literarios de sus antecesores. Sus sucesores les pagarán con la misma moneda.

No obstante, en general el libro sabe a poco. Buena parte del texto es demasiado personal, demasiado concreto —temporal y geográficamente—, lo cual desgasta a un lector poco ducho en la materia. Sainte-Beuve dice al comienzo de la obra que ésta «no debiera caer más que en manos amigas», ya que el público no comprendería sus lucubraciones internas y le tomarían por un misántropo. Puede que el lector sea un poco más magnánimo de lo que Sainte-Beuve creía, pero está claro que, a no ser que sus manos sean amigas, “Mis venenos” es perfectamente prescindible.

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