Molinos de viento en Brooklyn – Prudencio de Pereda

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Molinos de viento en Brooklyn - Prudencio de PeredaPrudencio de Pereda era hijo de emigrantes españoles establecidos en Nueva York a principios del pasado siglo. En Molinos de viento en Brooklyn rememora su infancia y primera juventud en la década de los veinte como miembro de la colonia española.

Escrita en primera persona, esta sencilla novela destila ingenuidad. En parte porque Pereda trata de reflejar la inocencia con la que un niño experimenta su entorno, interpretando los hechos desde un conocimiento de la realidad parcial aunque casi siempre encantador. Pero también porque el autor se sirve de esa forma de narrar escueta, evidente y franca tan propia de los narradores estadounidenses de su generación.

Molinos de viento en Brooklyn tiene el interés del testimonio sobre un estilo de vida desconocido y ya desaparecido: el de los españoles que hicieron las Américas en el norte. Sus páginas permiten vislumbrar las existencias de esos españoles anónimos que embarcaron en busca del sueño americano, pero para vivirlo a su manera.

Prudencio de Pereda se centra en dos personajes de su infancia para representar a los españoles de Nueva York. Uno es su abuelo, el otro es Agapito, un amigo de la familia un tanto peculiar. Ambos son teverianos, es decir, vendedores de puros ambulantes. Pero mientras su abuelo es un honrado vendedor, Agapito vive de realizar pequeñas estafas. Sobre decir que Agapito es un hombre próspero, mientras el abuelo tiene en ocasiones dificultades para pagar el alquiler.

Molinos de viento en Brooklyn está dividida en dos partes, la primera dedicada a Agapito y su peculiar estilo de hacer negocios. Esta es tal vez la parte más interesante, porque se describen varias aventuras comerciales de Agapito, aventuras siempre de incierto final donde puede jugarse incluso la integridad física. Agapito logra sin embargo salir siempre con bien, aunque su manera de entender los negocios perjudique la fama del resto de españoles que se dedican al negocio de los puros.

Tal vez para compensar el carácter pícaro de Agapito, Pereda dedica la segunda parte del libro a su abuelo, un honrado trabajador que enseñará a su nieto la importancia de honrar la palabra dada, de la perseverancia, así como un cierto estoicismo ante las cualidades de la vida.

Ambos personajes tienen algo de arquetípico, algo de esa dicotomía que se nos achaca a los españoles: quijotescos pero pragmáticos, pícaros pero nobles. Sin embargo su carácter no es tan importante como la acción en la que se ven envueltos. La acción tiene importancia por sí misma, no es ningún caso una excusa para que los personajes pongan en juego su carácter.

De hecho, si un carácter importa es el del narrador, el propio Pereda. Un niño que crece entre dos culturas, tratando de honrar ambas. Sin embargo, pese a los intentos de los hijos de emigrantes por entender y conservar la cultura heredada de sus mayores, Molinos de viento en Brooklyn pone de manifiesto cómo las colonias de emigrantes crean una cultura propia y una manera de entender el mundo que amalgama costumbres, leyes e ideas de las dos culturas.

Como queda dicho, Molinos de viento en Brooklyn tiene más interés como documento cuasi histórico que como obra literaria. Como tal es correcta en su sencillez, como documento histórico (de esa intrahistoria de la que hablaba Unamuno) retiene entre sus páginas atisbos de un mundo que ya pasó.

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