Objetos encontrados – Marcos Eymar

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Objetos encontrados - Marcos EymarDespués de leer tantas recopilaciones de relatos, uno se ve en el brete, cuando inicia otra reseña de un libro de cuentos, de no caer en lo mil veces dicho. Y también corre el riesgo, cada vez que abre un nuevo libro, de leer lo mil veces dicho, de aburrirse con tanto cuentista imitador, con tanta ausencia de riesgo y personalidad. Un premio Tiflos, como es éste, hace mucho que dejo de tener garantías de presentar algo interesante; sin embargo, leyendo a Marcos Eymar me he llevado una grata sorpresa.

¿Es “Objetos encontrados” un libro diferente, innovador, genial? Sólo a ratos, no nos engañemos; hay pocos escritores que consigan mantener una línea clara y precisa a lo largo de varios relatos. Sin embargo, Eymar (con apenas 28 años) tiene cuentos que son auténticas joyas: ‘Los años basura’, por ejemplo, es una delicia del género breve, una pieza que funciona con una precisión absoluta y que, pese a un final previsible, mantiene una tensión narrativa cuidada y bella.

Casi todos los relatos se levantan merced a la relación que establece el autor entre los protagonistas y los objetos de su entorno; de hecho, la contraportada reza así: «el destino de los hombres imita el de las cosas»; algo que se aprecia, en efecto, en casi todas las piezas.

‘Las semillas extrañas’, relato que abre el volumen, traza un claro paralelismo entre la vida desnortada del joven doctorando protagonista y el quehacer del jardinero que observa día a día desde la ventana de la biblioteca en la que estudia. Y esa relación la establece el autor sabiamente, sin caer en evidencias chabacanas y puliendo el relato con pulcritud de artesano. Porque, mal que pese —todo hay que decirlo—, Marcos Eymar no es un gran escritor, un gran prosista. Trabaja la narración con pericia, con tesón, pero carece de esa frescura que pueden tener un Félix J. Palma, un Eloy Tizón o (por citar un pequeño descubrimiento) un José Eduardo Tornay; obviamente, y tratándose de un escritor, esto es un punto que afecta (y no para bien) a toda su creación. Con todo y con eso, y me repito, Eymar sale airoso de tamaña carencia, precisamente porque maneja con inteligencia los recursos que la narración pone a su alcance. (Algo, por cierto, que le honra: lejos de atentar contra el lenguaje tratando de parecer un literato que no es, lo utiliza a su favor sin caer en malabarismos catastróficos.)

Esto se puede ver con total claridad en un relato como ‘Gale’: una mujer casada, Julia, flirtea con un hombre que conoce en un congreso, aunque se separan sin haber tenido apenas tiempo de conocerse. Meses después, se citan en un hotelucho de Montreal, pero él no aparece; Julia prosigue el viaje laboral que la ha llevado a Canadá, pero una enfermedad infecciosa la corroe por sorpresa, sin siquiera tener idea de qué es o cómo puede haberse contagiado. De nuevo, tenemos un cuento «fácil» (por la evidente metáfora que ofrece) que, sin embargo, conmueve al trazar con mucho acierto y temple la progresiva caída en desgracia de la protagonista, que se debate en sus últimas líneas entre la comprensión de lo que le sucede y el terror que ello le inspira:

Julia trataba de abrir la puerta del coche, pero él la retenía, se ponía a escribir en su carne temblorosa con uñas y labios, y entonces ella gritaba, sus manos infectadas resbalaban por los cristales helados y, en la caída, se aferraban a la piel ardiente de Hugo, invadida palmo a palmo por el blanco de la enfermedad desconocida que borraba también el coche, la llanura, el mundo.

Otro estupendo relato es ‘La última vuelta’, que de nuevo pone en relación objetos y personas, y en el que la soledad del protagonista se impregna en cada palabra y penetra en el lector como un bisturí. Y es que, como ya hemos dicho, Eymar no será un artista de la palabra, pero consigue crear atmósferas y emociones con una sencillez asombrosa. En ‘Melanomas’, sin ir más lejos, lo que sería una historia sentimentaloide se convierte en un magistral ejercicio de memoria, de autoconocimiento; algo que requiere de mucha habilidad, desde luego. Y en ‘Cambio de dirección’ también se consigue mostrar el desarrollo interno de un protagonista que no parece conocerse en absoluto, y que comienza a comprenderse precisamente cuando se aleja de sí mismo.

Por supuesto, y como también comenté más arriba, algunos cuentos son fallidos: ‘Cinta roja’, por ejemplo, dada su previsibilidad y sus escasos recursos narrativos; o ‘Procreación’, que también cae en la trama ramplona. Sin embargo, y con sus defectos sobre la mesa (que los tiene), la lectura de “Objetos encontrados” es un placer y una diversión; es difícil encontrar una voz propia en medio de tanta morralla literaria, y Marcos Eymar lo ha logrado construyendo unos artefactos trabajados con habilidad, que atrapan por lo que cuentan y por cómo lo cuentan: sin estridencias, sin alharacas, pero con buen hacer y con maña. Y sólo por eso ya merecería la pena leerle, aunque les aseguro que van a pasar un buen rato con “Objetos encontrados” por muchos otros motivos.

1 Comentario

  1. […] reza así: «el destino de los hombres imita el de las cosas»; … articulo continua en unknown traido usted por […]

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